Cuentos de Amistad

Detrás de la pantalla, un reflejo de humanidad

Lectura para 10 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Nydia, Jean, Lou Ann y Marcos eran cuatro amigos inseparables que vivían en un pequeño pueblo rodeado de montañas y ríos cristalinos. A pesar de que cada uno tenía diferentes personalidades, eso no les impedía disfrutar de su tiempo juntos. Nydia era la soñadora, siempre hablando de aventuras fantásticas y de mundos lejanos. Jean era el más práctico, siempre encontraba soluciones a los problemas que surgían. Lou Ann era la bromista del grupo, siempre tenía un chiste a la mano para hacer reír a todos. Marcos, por otro lado, era el más reflexivo, siempre profundizando en lo que significaba la amistad y la vida.

Una tarde, mientras se encontraban en el parque jugando a su favorito juego, decidieron hacer algo diferente. Lou Ann propuso que hicieran una búsqueda del tesoro. “¡Imaginemos que somos piratas en busca de un tesoro escondido!”, sugirió con entusiasmo. La idea emocionó a todos, así que juntos decidieron preparar una lista de pistas que los llevarían a un “tesoro” escondido en su pueblo.

La primera pista la escondieron detrás de una gran roca cerca del lago. Cuando llegaron allí, Nydia fue la primera en leer la pista: “En este lugar de agua clara, hay un secreto por hallar. Busca donde las flores más bellas saben brillar”. Después de pensar un rato, Jean recordó un jardín que había cerca de la biblioteca del pueblo. “¡Vamos allí!”, exclamó.

Rápidamente se dirigieron al jardín, donde aquellas hermosas flores danzaban con el viento. Entre risas y juegos, encontraron la siguiente pista escondida entre los pétalos de una flor amarilla. Esta decía: “El siguiente paso es hacia el árbol más viejo, donde las ardillas juegan y se forman un revuelo”. Marcos, que siempre observaba a su alrededor, guiñó un ojo hacia un enorme roble que había visto cuando llegaron al jardín.

Al llegar al árbol, se dieron cuenta de que no había una pista visible. Así que se pusieron a buscar por todos lados. Mientras tanto, Lou Ann comenzó a hacer sonidos de ardillas, lo que hizo que los demás se rieran mucho. Después de un rato de buscar, encontraron una pequeña caja escondida dentro de un hueco en el tronco del árbol. “¡Veamos qué hay adentro!”, dijo Nydia mientras la abría con cuidado.

Dentro había un mapa que los llevaba a la colina más alta del pueblo. Sin pensar dos veces, decidieron seguir el mapa. Mientras caminaban hacia la colina, los cuatro amigos conversaban sobre lo que significaba la amistad para cada uno de ellos. Marcos expresó que la amistad era como un viaje, a veces lleno de obstáculos, pero siempre valioso si se compartía. Jean añadió que ser amigos significaba apoyarse los unos a los otros en los momentos difíciles. Lou Ann, entre risas, comentó que una buena amistad también necesita un poco de humor para hacer los días más brillantes. Y Nydia compartió su perspectiva, diciendo que la amistad debía cuidarse como un jardín: regándola con amor y atención.

Al llegar a la cima de la colina, sintieron el viento fresco y una sensación de logro. Desde allí podían ver todo el pueblo. Nydia, que siempre había tenido un espíritu soñador, sugirió que mientras buscaban el tesoro, también buscaran un lugar perfecto para hacer un picnic y celebrar su amistad. Todos estuvieron de acuerdo, así que se sentaron a comer algunos bocadillos que habían llevado.

Mientras comían, comenzaron a discutir sobre quién sería el responsable de la próxima aventura, y cómo se las arreglarían para que fuera aún más emocionante. Fue entonces cuando de repente, un nuevo personaje apareció en la escena. Era Mérida, una niña nueva en el pueblo que había llegado con su familia hacía poco. La había estado observando mientras jugaban y, sintiéndose un poco sola, se decidió a acercarse.

“Hola, soy Mérida. ¿Puedo unirme a ustedes?”, preguntó tímidamente. Los cuatro amigos se miraron entre sí, sonrientes, y Nydia fue la primera en invitarla: “¡Por supuesto! Estamos buscando un tesoro y sería genial tenerte con nosotros”.

Mérida sonrió, y sin dudarlo, se sentó con ellos. A medida que compartían su comida, comenzaron a contarle sobre su búsqueda del tesoro, las pistas que ya habían resuelto y cómo cada uno de ellos veía la amistad. Mérida, emocionada, compartió que siempre había querido tener amigos con quienes vivir aventuras.

Tras el picnic, decidieron que era hora de continuar la búsqueda. Con Mérida ahora en el grupo, la energía era aún más grande. La siguiente pista en el mapa los guiaba a la cueva de una montaña cercana. Sin perder la oportunidad, comenzaron a caminar hacia la cueva, contando historias y riendo en el camino. Ya no fue solo un viaje de cuatro, sino de cinco, uniendo así a Mérida a su círculo de amistad.

Cuando llegaron a la cueva, notaron que el lugar era algo oscuro, pero no les asustó. Con una linterna que había traído Jean, comenzaron a explorar. Después de varios minutos de recorrer el interior, encontraron un cofre grande y polvoriento. Con emoción, abrieron el cofre y dentro encontraron monedas de chocolate y un par de libros con historias de aventuras.

“¡Este es nuestro tesoro!”, gritó Lou Ann mientras todos reían y saltaban de alegría. No eran joyas brillantes, pero para ellos, el verdadero tesoro era la aventura y las risas compartidas. Con Mérida como parte del grupo, se dieron cuenta de que la amistad se hacía más rica cuando se compartía con otros.

Al final del día, regresaron a casa, satisfechos por la búsqueda y felices por haber hecho una nueva amiga. Nydia, al mirar las estrellas que comenzaban a aparecer, reflexionó: “Recuerda, no importa cuán lejos busquemos, el verdadero tesoro en nuestra vida está en las amistades que hacemos”.

En ese momento, todos estuvieron de acuerdo. La verdadera riqueza no eran las riquezas materiales o los tesoros ocultos, sino las risas, las aventuras y los lazos que se entrelazan entre las personas. Y así, se prometieron nunca dejar de valorar la amistad, pues era el viaje más hermoso que podían compartir juntos.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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