Cuentos de Amistad

La aventura del reloj perdido y la amistad que lo encontró

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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Había una vez en un pequeño pueblo llamado Villacuento, un grupo de cinco amigos inseparables que compartían aventuras y risas. Estaban Omar, un chico con una gran imaginación y un afán por inventar cosas; Gustavo, un amante de los deportes que siempre estaba listo para jugar un partido de fútbol; Gael, el más tranquilo del grupo, siempre tenía una solución sabia para cualquier problema; Gonzalo, el bromista, que hacía reír a todos cuando la situación se ponía tensa; y Gerardo, el nuevo en el pueblo, quien había llegado hacía poco y se esforzaba por encajar en el grupo.

Era un día soleado cuando decidieron explorar un viejo bosque que se encontraba al borde del pueblo. Habían escuchado historias sobre un misterioso reloj perdido que había pertenecido a un anciano que vivía en el bosque. Se decía que quien encontrara el reloj podría desear lo que quisiera, siempre y cuando el deseo no fuera egoísta.

Mientras andaban por el bosque, Omar iba contando la historia del reloj. «Dicen que el reloj tiene el poder de detener el tiempo, o incluso retrocederlo», decía emocionado. Con cada palabra, los ojos de Gerardo brillaban con curiosidad. «¿Y si lo encontramos? ¡Podríamos hacer que el tiempo se detenga para jugar todo el día!», exclamó con entusiasmo.

Gustavo, siempre pragmático, respondió: «Sí, pero primero tenemos que encontrarlo. Hay que prestar atención a las pistas que podamos encontrar». Así, comenzaron a caminar más rápido, tomando caminos que llevaban a lo más profundo del bosque. Los árboles eran altos y frondosos, haciendo que el lugar parezca un mundo mágico.

Después de un rato de búsqueda, Gael, que iba un poco retrasado, encontró algo curioso detrás de un arbusto. Se acercó y vio un viejo cofre cubierto de hojas y tierra. «¡Chicos, vengan! ¡Creo que he encontrado algo!» llamó con emoción. Los demás se apresuraron a su lado y, al ver el cofre, todos se sintieron intrigados.

«Gonzalo, ¿podrías ayudarme a abrirlo?», pidió Omar. Gonzalo, con su habilidad para los acertijos e ingenios, rápidamente comenzó a buscar una manera de abrir el cofre. Tras un rato de esfuerzo, lograron abrirlo y dentro encontraron un montón de objetos antiguos, pero lo que más les llamó la atención fue un reloj de bolsillo, cubierto de polvo y telarañas.

«¡Aquí está!», gritaron al unísono. El reloj, aunque un poco dañado, todavía parecía tener un brillo especial. «¿Qué hacemos ahora?», preguntó Gerardo. «Tal vez deberíamos llevarlo a casa y limpiarlo», sugirió Gustavo. «Sí, y luego podemos desear algo», agregó Omar con una sonrisa traviesa.

Sin embargo, a medida que caminaban de regreso, comenzaron a notar que el reloj emitía un suave brillo. Faltaban pocos pasos para salir del bosque cuando, de repente, una suave luz los rodeó, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontraron en un claro diferente. La luz se disipó, y ante ellos apareció una figura mágica, una anciana que parecía conocer el reloj muy bien.

«¡Hola, pequeños aventureros!», dijo la anciana con una voz dulce. «Soy Clara, la guardiana del reloj. Han encontrado algo muy especial, pero antes de que puedan usarlo, deben demostrar que su amistad es verdadera».

Los niños se miraron unos a otros, sorprendidos. «¿Cómo podemos demostrar eso?», preguntó Gael, intrigado. Clara sonrió. «Deberán enfrentar tres desafíos. Si logran superarlos juntos, el reloj será suyo, y podrán hacer un deseo sincero».

El grupo acordó enfrentar los desafíos, pues el deseo de tener un reloj que pudiera detener el tiempo era demasiado tentador. El primer desafío consistía en encontrar un objeto brillante en el bosque que simbolizara su amistad. Los cinco comenzaron su búsqueda, cada uno con su propio enfoque.

Omar sugirió que buscaran piedras brillantes, mientras que Gustavo pensó en recolectar flores. Gerardo, que había traído una pequeña brújula, propuso que buscaran algo que pudiera guiarlos. Mientras tanto, Gonzalo trataba de hacer reír al grupo con sus chistes para mantener el ánimo alto, y Gael observaba todo con calma, listo para ofrecer su ayuda.

Después de un rato, se reunieron en un claro. Omar había encontrado una piedra hermosa que brillaba al sol, justo al lado de un arroyo. Gustavo había recolectado unas flores amarillas que eran particularmente alegres. Gerardo había encontrado una pluma de pajarito que caía del árbol, y Gonzalo había recogido una moneda antigua que había encontrado en el camino. Gael, finalmente, se acercó y mostró un pequeño dibujo que había dibujado del grupo, simbolizando su unión.

Al ver todos esos objetos, Clara sonrió y dijo: «Cada uno ha traído algo único y especial. Ahora, les toca a ustedes decidir cuál representa mejor su amistad». Después de discutirlo unos minutos, decidieron que el dibujo de Gael plasmaba la esencia de su grupo, porque mostraba a todos juntos y felices.

«Bien hecho», exclamó Clara. «Han superado el primer desafío. Ahora, el segundo será demostrar que saben trabajar juntos. Deberán construir un puente con los materiales que encuentren en este bosque, y solo podrán usar sus manos».

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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