Era un sábado soleado cuando Damián, Samira, Laura, Jessica y Pablo decidieron reunirse para explorar el Bosque Encantado que había cerca de su pueblo. Los cinco eran grandes amigos y les encantaba pasar las tardes juntos, inventando aventuras y descubriendo lugares nuevos. Antes de salir, los chicos empacaron algo de comida, linternas y una brújula, porque aunque el bosque parecía tranquilo, todos sabían que era muy fácil perderse entre sus árboles gigantes y senderos serpenteantes.
Mientras caminaban por un sendero cubierto de hojas secas y ramas, entre risas y charlas, encontraron a un nuevo amigo en su camino: un perrito pequeño y pardo que parecía haber salido de la nada. Tenía la nariz sucia y estaba con una mirada triste, pero movía la cola al verlos. Laura, que amaba los animales, se acercó despacio y le ofreció un poco de galletas que llevaba en su mochila. El perro, que luego llamaron Trébol, se unió felizmente al grupo, bastante inquieto y alegre. Los niños estaban encantados con su nueva compañía, pues parecía que el perrito también era un aventurero.
Con Trébol a su lado, siguieron adentrándose más en el bosque. No tardaron en llegar a un claro donde había un viejo árbol gigante, con ramas que parecían tocar el cielo. Allí, Jessica notó algo extraño: una figura pequeña y encapuchada detrás del tronco, observándolos. Era Federico, un niño del pueblo que siempre se quedaba solo y tenía fama de ser un poco “malvado” o al menos eso decían los rumores. Federico no era realmente malo, solo estaba triste porque sentía que nadie quería ser su amigo.
Damián, valiente y curioso, fue el primero en acercarse a Federico. “¿Qué haces aquí solo? ¿Quieres unirte a nuestra aventura?”, preguntó con una sonrisa. Federico los miró desconfiado, pero al ver la sinceridad en sus ojos y al perrito que movía la cola contento, decidió juntarse a ellos. Así, el grupo de cinco se convirtió en seis, y Federico, algo tímido, empezó a sentir que tal vez podría tener amigos verdaderos.
Mientras seguían el camino, la atmósfera cambió. Las hojas crujían bajo sus pies de manera extraña, y el viento comenzó a susurrar mensajes que nadie lograba entender muy bien. Samira, que siempre había sido sensible a las cosas misteriosas, sintió una sombra que parecía seguirlos. Pablo, el más observador, dijo que notaba que los árboles parecían esconder algo entre sus ramas, y Laura aseguró que alguien –o algo– los estaba vigilando.
De repente, un extraño brillo verde apareció entre los arbustos y una voz grave y susurrante se escuchó. “La amistad no siempre vence la oscuridad… ¿o sí?”, dijo la voz, proveniente de una figura oscura que empezó a materializarse frente a ellos. Era el Mal de Federico, una especie de sombra que surgía de la tristeza y el enojo acumulado en su corazón. Federico miró asustado, sin entender qué estaba pasando, mientras sus amigos se ponían en círculo para protegerlo.
Jessica tomó la mano de Federico y le dijo firme, “No estás solo. La amistad es más fuerte que cualquier mal que haya dentro de ti.” Trébol ladró con fuerza hacia la sombra, como queriendo alejarla con su valentía. La sombra empezó a crecer y a invadir el círculo, pero cada vez que uno de los amigos decía algo positivo sobre Federico o recordaba un buen momento juntos, esa sombra se debilitaba.
Damián habló al grupo, “Recuerden, el Mal de Federico no es real, es solo una parte de sus miedos y tristezas. Nosotros podemos ayudarlo a calmarse.” Entonces, uno a uno comenzaron a contar historias divertidas y alegres que habían vivido con Federico en el pasado, como aquella vez que él les mostró un atajo secreto en el bosque, o cuando les ayudó a buscar a Trébol después de que se perdió la primera vez.
El Mal de Federico se encogió y se debilitó, mientras el ambiente se tornaba más cálido y los rayos del sol atravesaban entre las copas de los árboles como si todo volviera a la vida. Federico, con lágrimas de alivio, admitió que nunca había pensado que alguien quisiera estar con él de verdad. “Gracias por no rendirse conmigo”, dijo con voz temblorosa, sintiendo por primera vez que la amistad podía ser un refugio seguro.
En ese momento, Pablo sacó su brújula y dijo, “Es hora de regresar, pero ahora todos juntos.” Caminaron hacia la salida del bosque, con Trébol corriendo delante y la sombra oscura ya desaparecida para siempre. La aventura les enseñó a todos una gran lección: que cada persona tiene momentos oscuros que pueden ser vencidos con apoyo y cariño de los amigos.
Cuentos cortos que te pueden gustar
Tres Hermanos y Tres Pajaritos: Un Coro de Amor y Colores
La amistad de Mia y León
Un Día en la Guardería con Dante y Kian
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.