En una calurosa primavera, la selva africana despertaba con sus sonidos y colores. Entre los árboles altos y las hojas que danzaban con la brisa, vivían cinco jirafas pequeñas que iban todos los días a la escuela. Ellas eran Esmeralda, Mona, Laura, Patri y otra jirafa que todos conocían, la profesora, a quien llamaban cariñosamente Profe.
Cada mañana, cuando el sol apenas asomaba, las cinco jirafas despertaban llenas de energía para ir a la escuela. Esa escuela estaba en un claro de la selva donde podían aprender muchas cosas, jugar con sus amigos y descubrir el mundo poco a poco. La escuela estaba llena de risas, de pasos alegres y de saludos cariñosos, aunque cada uno de ellos era diferente.
Un día, al llegar, todas las jirafas saludaron a la Profe con mucho entusiasmo. Primero chocaron sus patas, luego dieron besitos suaves en la mejilla, y otras se dieron abrazos tiernos. Cada una tenía una forma especial de decir «buenos días» que la hacía sentir única, pero igual de querida. Esmeralda, la pequeña jirafa de manchas doradas y cuello largo, saludó como siempre con un movimiento tranquilo y una sonrisa tímida. Sus amigos notaron que a ella le gustaban las cosas diferentes, cosas que a los demás no les llamaban tanto la atención. Ella disfrutaba más de observar el barro, tocar las hojas y escuchar atentamente los sonidos, a veces prefería estar sola mientras los demás jugaban a la pelota o al escondite.
La Profe miraba a todas sus alumnas con mucho cariño y comprendía que cada jirafa tenía sus ideas, gustos y maneras de aprender. Pero también veía que Esmeralda pasaba mucho tiempo sola porque sus intereses no eran los mismos que los de sus amigas. Eso a veces la hacía sentir triste y con ganas de jugar con los otros, aunque no sabía muy bien cómo hacerlo.
Mona, una jirafa alegre y siempre sonriente, notaba que Esmeralda jugaba a su manera, manchando sus patitas en el barro, y no entendía por qué no quería correr y saltar con las otras. Decidió entonces acercarse una mañana y preguntarle con una voz muy dulce:
—¿Quieres jugar conmigo al barro, Esmeralda?
Esmeralda levantó sus ojitos grandes y dijo con una sonrisa tímida:
—Sí… me gusta el barro. Es muy suave y me gusta sentirlo en mis patas.
Mona se sentó a su lado y juntas comenzaron a hacer dibujos con sus patitas en el barro llamado limo, formando círculos y figuras divertidas. Poco a poco, Laura y Patri se acercaron también, curiosas y deseando jugar algo nuevo.
—¡Qué divertido! —exclamó Patri, mientras tocaba el barro con sus pezuñas.
—¡Sí! —dijo Laura—. Es como hacer arte con la selva.
De repente, comenzaron a reír y a jugar juntas. Esmeralda ya no estaba sola. Sus amigas apreciaban lo que a ella le gustaba y la invitaban a compartir sus juegos, inventando nuevas maneras de divertirse todos juntos.
La Profe estaba muy feliz al ver que, aunque todas fueran diferentes, aprendían a estar unidas y a aceptar la forma de ser de cada una.
Un día, la Profe anunció algo muy emocionante:
—La próxima semana haremos una excursión por la selva. Visitaremos un lugar especial lleno de árboles grandes y frutos deliciosos. Será una aventura para aprender y divertirnos juntos.
Todas las jirafas se emocionaron mucho; les brillaban los ojos y se imaginaban los frutos dulces y los árboles enormes.
Pero Esmeralda apenas pensaba en otra cosa. Se preguntaba en silencio si ese lugar nuevo sería demasiado ruidoso o si podría encontrar un espacio tranquilo para disfrutarlo, porque a veces las cosas muy distintas o nuevas le daban un poco de miedo y ansiedad. No quería que los demás la vieran diferente o rara porque a ella le gustaba hacer las cosas a su manera.
Llegó el día de la excursión. Las cinco jirafas se despertaron muy temprano con ganas de descubrir el bosque. La selva estaba llena de sonidos: pájaros cantando, hojas moviéndose y el viento susurrando entre los árboles. La Profe guió el camino y les explicó muchas cosas interesantes, como el nombre de cada planta y qué animales vivían allí.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.