Era un soleado día de verano y el parque estaba lleno de niños jugando y disfrutando del buen tiempo. Ana, una niña de diez años con cabello castaño y ojos brillantes, llevaba puesta su pulsera favorita. Era una pulsera especial, un regalo de su abuela, adornada con pequeños colgantes que representaban momentos felices de su vida.
Ana estaba corriendo hacia los columpios cuando se dio cuenta de que su pulsera ya no estaba en su muñeca. Con el corazón acelerado y las lágrimas comenzando a brotar de sus ojos, empezó a buscarla desesperadamente en el césped.
Luis, un niño de la misma edad que Ana y con quien ella solía jugar en el parque, la vio desde lejos. Luis tenía el cabello negro y una gran sonrisa que siempre contagiaba a los demás. Al ver a Ana tan angustiada, corrió hacia ella para ver qué sucedía.
—¿Qué pasa, Ana? —preguntó Luis, con una voz llena de preocupación.
—Perdí mi pulsera, la que me dio mi abuela —respondió Ana, tratando de no llorar—. Estaba corriendo hacia los columpios y de repente ya no la tenía.
Luis sabía lo mucho que esa pulsera significaba para Ana. Decidió ayudarla sin pensarlo dos veces.
—No te preocupes, Ana. Vamos a encontrarla juntos. Empezaremos por revisar cada rincón del parque —dijo Luis, tratando de tranquilizarla.
Ambos comenzaron a buscar con mucho cuidado. Revisaron alrededor de los bancos, cerca de los arbustos y hasta en la fuente de agua. Ana y Luis se pusieron de rodillas en el césped, levantando hojas y pequeños montones de tierra en busca de la pulsera. La búsqueda se hizo más intensa cuando el sol comenzó a bajar, creando largas sombras en el parque.
Después de un buen rato, Ana se sentó en el borde del arenero, agotada y desanimada. Luis no estaba dispuesto a rendirse. Se levantó y se dirigió hacia los columpios, recordando que Ana había mencionado que corría hacia allí cuando perdió la pulsera. Se inclinó y miró cuidadosamente alrededor de las hamacas.
—¡Ana, ven aquí! —gritó Luis, con entusiasmo en su voz.
Ana corrió hacia él, su corazón latiendo con esperanza. Luis estaba arrodillado, señalando algo brillante entre la hierba y la arena bajo las hamacas. Ana se inclinó y, efectivamente, ahí estaba su pulsera. La recogió con manos temblorosas y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.
—¡La encontraste! —exclamó Ana, abrazando a Luis con gratitud—. ¡Gracias, Luis! No sé qué haría sin ti.
Luis sonrió, contento de haber podido ayudar a su amiga.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.