En un pequeño pueblo lleno de colores, vivían dos amigos inseparables: Emiliano y Lucía. Emiliano era un niño curioso, siempre explorando cada rincón del bosque que rodeaba el pueblo. Tenía el cabello rizado y una sonrisa amplia que iluminaba su rostro. Lucía, por otro lado, era una niña creativa, con una imaginación desbordante y una gran pasión por el arte. Le encantaba pintar flores y paisajes, y siempre llevaba consigo su cuaderno de dibujo.
Un hermoso día de primavera, Emiliano y Lucía decidieron adentrarse más en el bosque de lo habitual. Estaban emocionados, pues habían oído hablar de un lugar mágico donde las flores cantaban y los animales hablaban. Mientras caminaban, el aroma de las flores silvestres llenaba el aire y las mariposas danzaban alrededor de ellos.
—¡Mira esas mariposas, Emiliano! —exclamó Lucía, mirando al cielo.
—¡Sí! —respondió Emiliano—. ¡Las mariposas son como pequeñas joyas voladoras!
Siguieron caminando, riendo y disfrutando de la hermosa mañana. De repente, escucharon un suave susurro que venía de detrás de unos arbustos. Curiosos, se acercaron para investigar.
—¿Quién está ahí? —preguntó Emiliano, asomándose detrás de las hojas.
Para su sorpresa, se encontraron con un pequeño gato de pelaje suave y blanco, que parecía estar atrapado en unas ramas.
—¡Oh, no! —dijo Lucía, asustada—. ¡Pobre gatito!
—Vamos a ayudarlo, Lucía —dijo Emiliano con determinación.
Lucía tuvo una idea. Sacó su cuaderno de dibujo y dibujó un pequeño plano de cómo podrían liberar al gatito sin lastimarlo. Juntos, siguieron el esquema de Lucía y, con mucho cuidado, lograron liberar al pequeño felino.
—¡Lo hicimos! —gritó Emiliano, saltando de alegría.
El gato, agradecido, se sacudió y miró a los dos niños con ojos brillantes. Luego, se acercó y frotó su cabeza contra las piernas de Emiliano.
—¿Cómo te llamas, pequeño amigo? —preguntó Emiliano.
El gato maulló y, aunque no habló, Lucía tuvo la sensación de que quería un nombre especial.
—¡Lo llamaremos «Nieve»! —propuso Lucía, pensando en su bello pelaje blanco.
A partir de ese momento, Nieve se unió a las aventuras de Emiliano y Lucía. Juntos exploraron el bosque, jugando y riendo. Un día, mientras estaban en un claro rodeado de árboles altos, Emiliano tuvo una idea brillante.
—¿Qué te parece si hacemos una fiesta para celebrar nuestra nueva amistad? —sugirió.
—¡Es una idea fantástica! —respondió Lucía, llenándose de emoción—. Podríamos invitar a todos los animales del bosque.
Así que, luego de chequear que Nieve estaba listo para la fiesta, comenzaron a planificar. Lucía se encargó de hacer las invitaciones con sus dibujos. Hizo coloridos carteles llenos de flores, mariposas y, por supuesto, un pequeño dibujo de Nieve.
—¡Ven a nuestra fiesta en el claro! —decía el cartel—. ¡Habrá juegos, música y muchas sorpresas!
El día de la fiesta llegó, y el claro se llenó de risas y música. Los animales empezaron a llegar: conejo, zorros, ardillas y hasta un búho sabio. Emiliano y Lucía habían preparado juegos, una mesa llena de frutas frescas y un rincón especial donde Lucía pintó un mural gigantesco que mostraba a todos los animales y a ellos mismos, celebrando juntos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.