Cuentos de Amistad

Un Bosque de Amistad y Juego: La Aventura de Toto y Lila en un Mar de Flores

Lectura para 4 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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En un bosque lleno de flores de muchos colores, donde el sol brillaba cálido y las mariposas danzaban entre los árboles, vivía Toto, un perrito pequeño y juguetón. Toto tenía manchas marrones y blancas, unas orejas suaves que siempre se movían cuando escuchaba algo, y una cola que nunca dejaba de moverse cuando estaba feliz. Toto corría de un lado a otro, explorando cada rincón del bosque, persiguiendo hojas que caían y saltando sobre las piedras del sendero. Le encantaba jugar, saltar y descubrir cosas nuevas.

Muy cerca de Toto, en una pequeña madriguera junto a un arbusto de flores lilas, vivía Lila, una conejita blanca de ojos brillantes y largas orejas que se movían cuando saltaba. A Lila le encantaba saltar alto y rápido por el bosque, brincar sobre los troncos caídos y oler cada flor que encontraba en su camino. Lila y Toto se veían muchas veces, pero no siempre jugaban juntos, pues cada uno disfrutaba a veces de su propio juego.

Un día, mientras Toto estaba en un claro rodeado de margaritas y tulipanes, una pelota roja y brillante rodó a toda velocidad hasta caer dentro de un arbusto alto y espeso. Toto quiso ir tras ella, pero el arbusto era tan alto que la pelota quedó atrapada entre las ramas. Toto intentó meter la pata para alcanzar la pelota, pero no pudo. Intentó saltar y empujar con su nariz, pero la pelota seguía fuera de su alcance. Toto intentó e intentó, pero no lograba sacarla.

Al ver esto, Lila se acercó saltando con agilidad. Cuando vio a Toto esforzándose, ella preguntó con una sonrisa dulce:

—¿Quieres ayuda, Toto?

Toto, un poco triste, respondió:

—Sí… pero pensé que preferías jugar sola.

Lila miró a Toto con ojos cariñosos y contestó:

—Los amigos nunca se dejan solos. Cuando uno necesita ayuda, el otro siempre está ahí.

Lila se preparó, dio un gran salto y con sus patitas delanteras empujó la pelota hacia abajo. La pelota cayó rodando justo hasta las patas de Toto. Él saltó de alegría y dijo:

—¡Lo lograste!

Lila sonrió y respondió:

—Lo logramos juntos.

Desde ese día, Toto y Lila comenzaron a jugar juntos en el bosque lleno de flores. Por las mañanas, corrían entre los altos girasoles y se escondían detrás de los arbustos con flores azules y moradas. A veces, Toto corría muy rápido persiguiendo una hoja que el viento movía, mientras Lila saltaba tratando de alcanzarla. Otras veces, Lila enseñaba a Toto a saltar como ella, y Toto le enseñaba a Lila a oler las flores sin miedo.

Un día, mientras exploraban cerca del río que atravesaba el bosque, encontraron a otros dos nuevos amigos. Uno era Pipo, un pajarito amarillo que estaba aprendiendo a volar. Pipo estaba un poco asustado, porque no podía subir muy alto y tenía miedo de caer. El otro era Mimi, una ratoncita gris que vivía en un pequeño agujero al pie de un árbol. Mimi era muy tímida y no le gustaba salir mucho, pero cuando vio jugar a Toto y Lila, quiso unirse a ellos.

Toto y Lila sonrieron y se acercaron a Pipo y Mimi.

—¿Quieren jugar con nosotros? —preguntó Toto, moviendo la cola emocionado.

—Sí, me encantaría —dijo Pipo con su vocecita chirriante.

—Y yo también —agregó Mimi un poco tímida, pero con una sonrisa en el rostro.

Así, los cuatro empezaron a jugar juntos. Toto ayudaba a Pipo a planear bajito desde las ramas, mientras Lila animaba a Mimi a saltar un poco más lejos de su agujero. Poco a poco, Mimi fue perdiendo el miedo y empezó a saltar entre las flores con una sonrisa enorme. Pipo, con la ayuda de sus amigos, logró volar un poco más alto cada día, hasta que pudo volar sobre ellos durante sus juegos.

Un día, Toto encontró una cuerda vieja entre las ramas caídas y tuvo una idea.

—¿Jugamos a saltar la cuerda? —preguntó entusiasmado.

Lila, Pipo y Mimi se entusiasmaron también. Juntos, comenzaron a saltar la cuerda que Toto movía con sus patas. Mimi aprendió rápido a saltar y reía, Pipo cantaba su canción mientras intentaba no chocar contra la cuerda, y Lila saltaba con tanta alegría que parecía volar. Toto nunca dejaba de mover la cuerda y animar a sus amigos.

En otro momento, Lila propuso una carrera:

—¡Vamos a ver quién salta más lejos!

Todos estuvieron de acuerdo y empezaron a preparar el lugar para la carrera. Mimi se esforzó mucho, y aunque no saltaba tan lejos como Lila, estaba contenta porque lo intentaba. Pipo aplaudía con sus alas desde una rama y Toto corría al lado de Mimi para darle ánimo. Al final, todos rieron y celebraron sin importar quién ganara, porque lo que valía era jugar y estar juntos.

El bosque se llenaba de risas, saltos, ladridos, píos y pequeños pasos. Los amigos descubrieron que cuando estaban juntos, todo era más divertido y fácil. Si uno estaba triste, los otros le hacían compañía y lo animaban. Si alguien no podía hacer algo solo, los demás ayudaban sin dudarlo.

Un día, mientras jugaban cerca del arbusto alto donde Toto había perdido la pelota, Lila dijo:

—¿Ven? Si no hubiéramos jugado juntos, esa pelota no habría sido nuestra otra vez.

Toto asintió y añadió:

—Es verdad. La amistad es compartir, ayudarse y divertirse acompañados.

Pipo trinó feliz y Mimi sonrió con sus dientes pequeñitos. Todos sabían que juntos eran increíbles, que podían aprender, reír y descubrir cosas maravillosas.

Desde aquel día, Toto, Lila, Pipo y Mimi jugaban, reían y se ayudaban siempre. Una vez se toparon con un pequeño arroyo y construyeron barquitos con hojas; otras veces recogían flores para hacer coronas y ponérselas en la cabeza. Cada día era una aventura nueva, y cada aventura era más bonita porque la compartían.

Así, en aquel bosque lleno de flores, entre ladridos, saltitos, píos y risitas, se volvieron amigos para siempre.

Y aprendieron que no hay nada más bonito que tener amigos cerca para jugar, para ayudar y para vivir felices juntos. Porque la verdadera amistad es eso: estar juntos, respetarse y cuidar siempre uno del otro.

Y colorín colorado, este bosque de amistad y juego nunca será olvidado.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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