Era una fría mañana de diciembre cuando Ana y Jorge se levantaron con una gran sorpresa: ese día, por fin, llegaría a casa un cachorro muy especial. Martín, su hijo de cinco años, se despertó emocionado, pero también un poco nervioso. Sabía que pronto tendría un nuevo amigo, pero no estaba seguro de si le gustaría compartir la atención de sus papás. Ana y Jorge querían que Martín y el perro se llevaran bien, pues sabían que la Navidad era el momento más mágico del año para iniciar nuevas amistades.
Cuando el coche llegó a la puerta de la casa, Ana abrió la puerta justo a tiempo para ver salir a un pequeño cachorro de orejas grandes y ojos brillantes que parecía saltar de alegría. Patán, así se llamaba el perrito, movía su colita con tanta energía que parecía que iba a despegar como un avión. Tenía un pelaje suave y blanco con manchas marrones que hacían que todos en la familia se enamoraran de él al instante.
Martín se quedó parado un poco atrás, sin acercarse demasiado. Pensaba para sí mismo que ahora tendría que compartir a su mamá y a su papá con ¡un perro! “¿Y si no me quiere?”, pensó con un poco de miedo. Ana se acercó a Martín y le dijo con una sonrisa cálida: “Martín, Patán estará aquí para jugar contigo y ser tu amigo. Verás que juntos serán un equipo muy divertido.” Jorge tomó a Patán en sus brazos y lo dejó en el suelo para que Martín pudiera verlo.
El cachorro corrió hacia Martín y trató de lamerle las manos. Martín se rió, pero rápidamente dio un paso atrás. Patán ladró suave, como si quisiera decir: “¡Vamos, lánzame la pelota!” Sin embargo, Martín no sabía cómo reaccionar. En los siguientes días, Patán se volvió el centro de atención de Ana y Jorge. Lo alimentaban, lo cepillaban, y paseaban con él por el parque. Pero Martín se sentía olvidado y a veces se enojaba un poco.
Una tarde, después de la escuela, Ana se sentó con Martín en el sofá y le preguntó: “¿Quieres contarme cómo te sientes con Patán?” Martín frunció el ceño y dijo: “A veces siento que no importa tanto como antes. Patán se lleva toda la atención. Algunas veces me dan ganas de no jugar con él.” Ana lo abrazó fuerte y le explicó: “Entiendo que te sientas así, pero tu papá, Patán y yo, todos te queremos mucho. Patán no está aquí para quitarte nada, sino para sumar alegría a nuestra familia.” Martín se quedó pensando y decidió darle una oportunidad al cachorro.
Al día siguiente, Jorge le llevó a Martín una pelota de tenis para que se la enseñara a Patán. Al principio, el cachorro no entendía para qué servía, pero luego, con un poco de ayuda, empezó a perseguir la pelota. Martín lanzó la pelota y Patán la atrapó con entusiasmo. Esa noche, después de cenar, Martín le mostró a sus papás que Patán podía sentarse cuando él le decía “¡Siéntate!” y que incluso podía darle la pata si se lo pedía. Ana y Jorge aplaudieron contentos, pero Martín estaba especialmente feliz por ver que el perrito le obedecía.
Con el paso de los días, Patán y Martín comenzaron a hacer muchas cosas juntos. Iban al parque a correr, construían castillos de nieve y a veces, cuando hacía frío, se acurrucaban para leer cuentos. Patán parecía entender exactamente cuándo Martín estaba triste o feliz, y se acercaba a él para darle compañía.
Una mañana, mientras todos decoraban la casa para la Navidad, Martín tuvo una idea muy especial. Quiso enseñar a Patán a tirar del trineo ligero que tenía en el jardín. No fue fácil al principio, porque Patán era pequeño y la cuerda se enredaba, pero entre risas, paciencia y varios intentos, lograron hacerlo. Ana y Jorge los miraban desde la ventana con una sonrisa enorme, felices al ver cómo Martín y Patán se habían convertido en grandes compañeros.
En otra ocasión, Martín invitó a su amiga Lucía a casa para que conociera a Patán. Lucía tenía un gato llamado Copito, que siempre estaba un poco celoso con otros animales, pero cuando vio a Patán juguetón y cariñoso, hasta ella se animó a acercarse y acariciar al cachorro. Pronto, Patán se convirtió en el favorito de todos los niños del vecindario.
Una noche, poco antes de Navidad, la familia decidió sentarse junto al árbol, rodeados de luces y decoraciones brillantes. Martín abrazaba a Patán, que estaba tan tranquilo que parecía una bola de peluche. Jorge leyó un cuento sobre la amistad y la magia de aceptar a otros en el corazón. Ana añadió: “La Navidad es el momento perfecto para entender que el amor se multiplica, no se divide.”
Martín miró a Patán y le susurró: “Gracias por ser mi amigo.” Patán le lamió la cara en respuesta, y los dos se quedaron así, creciendo juntos en cariño y confianza.
Las semanas pasaron, y Patán ya no era solo un cachorro nuevo en la casa, sino parte de la familia. Martín aprendió que compartir no significa perder, sino ganar un amigo para siempre. Jorge y Ana estaban orgullosos, pues su deseo de navidad se había cumplido: tener en su hogar la alegría que solo una amistad verdadera puede traer.
Así, aquel invierno frío se volvió cálido gracias a un cachorro con colmillos pequeños y un corazón enorme que enseñó a todos que la amistad y el amor son los regalos más grandes que se pueden recibir.
Y desde entonces, cada vez que llegaba la Navidad, Martín y Patán recordaban juntos cómo un poco de paciencia, cariño y juegos divertidos pueden convertir a dos desconocidos en los mejores amigos del mundo, para siempre.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.