Cuentos de Amor

Corazones en Floración Temprana

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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María siempre había pensado que el amor era algo muy extraño, algo que solo veías en las películas o en los cuentos de hadas. Tenía once años, estaba en quinto grado, y para ella, el amor era algo que todavía no llegaba a su vida. Prefería pasar su tiempo dibujando, jugando con su perrito Coco o leyendo aventuras fantásticas de héroes y heroínas. Pero una mañana, cuando el sol apenas empezaba a iluminar su habitación, algo cambió.

Justo al llegar a la escuela, María vio a Sofía, su mejor amiga desde que estaban en primero, charlando con dos chicos nuevos. Uno de ellos se llamaba John y el otro Noah. María los había visto unos días antes, pero nunca había hablado con ellos. Sofía sonreía y parecía muy feliz, y eso llamó la atención de María. ¿Podría ser esa la señal de que el amor estaba más cerca de lo que pensaba?

Mientras avanzaba el día, María observaba a todos con más atención. John era alto y tenía una sonrisa que iluminaba el aula, mientras que Noah era más callado, pero siempre estaba atento, como si guardase un secreto que solo unos pocos podían descubrir. María comenzó a sentir algo extraño en su pecho, una mezcla entre curiosidad y nerviosismo. ¿Podría eso ser amor?

Al recreo, Sofía se acercó corriendo a María. —¡Tienes que conocer a John y a Noah! Dijo con entusiasmo. —Ven, te los presento.

María sintió un pequeño nudo en la garganta. Era la oportunidad perfecta para hacer nuevos amigos, pero también sentía miedo de sentirse ridícula, o peor, que sus sentimientos se hicieran evidentes. Pero decidió que valía la pena intentarlo.

—Hola —saludó María, con una sonrisa tímida.

John le devolvió la sonrisa y le dio la mano de forma amistosa. Noah solo asintió, pero sus ojos brillaron con gentileza. Sofía les contó que María era una gran artista, y hablando de eso se rompió un poco el hielo.

Con el paso de los días, María, Sofía, John y Noah comenzaron a pasar más tiempo juntos. Hicieron un pequeño grupo y compartían sus sueños, sus miedos y, sobre todo, reían mucho. María descubrió que John adoraba pintar y que Noah amaba escribir historias. Ella les mostró algunos de sus dibujos, y ellos la animaron a seguir creando. Era la primera vez que sentía que alguien valoraba tanto su arte.

Pero con esa cercanía también vinieron sentimientos nuevos y confusos. María se dio cuenta de que le gustaba John. Le gustaba su forma de sonreír, cómo se preocupaba por los demás y cómo siempre tenía una palabra amable para ella y para Sofía. Sin embargo, en alguna parte de su corazón, María también sentía algo especial por Noah. No era un sentimiento tan fuerte como por John, pero era una conexión profunda, como si Noah entendiera su mundo sin necesidad de muchas palabras.

Sofía observaba todo esto con curiosidad. Ella misma comenzó a sentirse un poco distinta cuando estaba con María. De alguna manera, sus tardes juntos, sus confidencias y risas le hacían sentir algo que no entendía del todo, pero sabía que era importante. Sofía no sabía si lo que sentía se parecía al amor que veía en las películas o si era solo una amistad muy fuerte, pero estaba segura de que nunca había sentido algo igual.

Un día, durante una excursión al campo organizada por la escuela, los cuatro se encontraron caminando juntos en medio de un campo de flores silvestres. El sol brillaba, y una suave brisa movía las hojas de los árboles. La naturaleza parecía perfecta para guardar secretos y contar historias al oído.

María llevaba consigo un cuaderno de dibujo y decidió sentarse sobre una roca para dibujar aquel paisaje tan hermoso. John se acercó y comenzó a pintar también, sacando un pequeño set de acuarelas que siempre llevaba en su mochila. Noah prefirió sacar su libreta de cuentos y empezó a escribir, inspirándose en todo lo que veía. Sofía, sin saber muy bien qué hacer, simplemente los observaba, contenta de estar allí con ellos.

Fue en ese momento cuando un pensamiento cruzó la mente de María: ¿Qué era ese sentimiento que le aceleraba el corazón cuando veía a John? ¿Y qué era aquella cálida tranquilidad que sentía al lado de Noah? ¿Por qué Sofía le hacía cosquillas en el alma con solo mirarla?

A medida que el día avanzaba, ellos compartieron historias, canciones y juegos. En un momento, Sofía tomó la mano de María, sorprendiendo a todos. Nadie dijo nada, pero en la mirada de cada uno hubo algo nuevo y diferente, un brillo que nunca antes habían notado.

—¿Han notado que nosotros somos cuatro, pero hay algo especial en nuestro grupo? —preguntó Sofía tímidamente, mientras aún sostenía la mano de María.

John sonrió y dijo: —Creo que lo que hay aquí es más que amistad. Algo está floreciendo, como cuando las flores empiezan a abrir sus pétalos después de la lluvia.

Noah asintió. —Sí, siento lo mismo. Es como si este grupo fuera un jardín donde cada uno de nosotros es una flor diferente, pero todas crecen juntas y se ayudan para ser más bonitas.

María miró a Sofía y luego a los chicos. Sus palabras tenían sentido. Sentía que en esos días había descubierto algo muy especial, un amor diferente, uno que no tenía prisa ni miedo, sino que crecía poco a poco, con libertad y respeto.

—Creo que esto es lo que llaman el amor en la adolescencia —dijo María con una sonrisa—. No solo es enamorarse, también es cuidar de los amigos, compartir momentos, y aceptar cómo somos cada uno.

—Sí —añadió Sofía—. Y lo mejor es que podemos ser nosotros mismos, sin tener que esconder lo que sentimos o pensar.

Los cuatro prometieron entonces que su amistad sería un lugar seguro. Un lugar donde podrían amarse y aceptarse, sin importar cómo cambiasen sus sentimientos. Sabían que tendrían retos, que puede que sus emociones se confundieran o que quisieran cosas diferentes, pero también sabían que el amor era sobre eso: crecer juntos, con paciencia y cariño.

Pasaron las semanas y cada uno siguió descubriendo cosas nuevas sobre sí mismo y sobre los demás. María aprendió que no tenía que elegir entre John o Noah, que podía sentir cariño por ambos de una manera especial. John aprendió a ser más atento con sus propias emociones y a compartirlas, mientras que Noah encontró en la escritura una forma de expresar su corazón y entender lo que le sucedía. Sofía, por su parte, comprendió que el amor podía ser amistad y más, y que el corazón puede amar de muchas maneras.

Una tarde, María decidió invitar a sus amigos a su casa para mostrarles un mural que había comenzado a pintar. Era una gran pared en el jardín, y ella la había llenado de flores, colores y figuras que representaban su grupo. Allí aparecían cuatro flores diferentes, cada una con un color único, pero unidas por raíces fuertes y profundas.

—Este mural —les dijo mirando a cada uno— es nuestro jardín secreto. Aquí pueden ver cómo nuestras diferencias nos hacen especiales y cómo juntos crecemos más fuertes.

John sonrió y tocó con cuidado una de las flores pintadas. —Es la mejor obra de arte que he visto, María.

Noah escribió una pequeña frase en una hoja que luego le entregó: “Amar es aceptar, cuidar y dejar que florezca lo verdadero”.

Sofía abrazó a María y dijo: —Gracias por ser mi amiga y por enseñarme que el amor puede ser muchas cosas, todas hermosas.

Esa noche, cuando María se acostó, pensó en todo lo que había vivido ese año. Nunca imaginó que el amor podía ser tan simple y profundo a la vez. No se trataba solo de enamorarse, sino de entender, aceptar y cuidar a quienes queremos. Y sobre todo, aprendió que el amor puede sorprendernos a cualquier edad, como una flor que comienza a abrirse sin prisa, mostrando un color brillante y lleno de vida.

Así, María, Sofía, John y Noah siguieron creciendo juntos, descubriendo cada día el maravilloso mundo del amor y la amistad, guardando en sus corazones ese jardín secreto que nadie más podía ver, un lugar donde los corazones jóvenes podían florecer libres y felices.

Y la lección que aprendieron y que siempre los acompañó fue que el amor verdadero no tiene prisa, respeta cada sentimiento, y se alimenta con la sinceridad, la comprensión y el deseo de ver feliz a quienes amamos. Porque los corazones en floración temprana merecen tiempo, cuidado y mucha alegría para crecer fuertes y hermosos, tal como ellos.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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