Había una vez, en un reino muy lejano, rodeado de montañas altas y bosques verdes, un joven príncipe llamado Cristian. El príncipe Cristian vivía en un gran castillo, lleno de torres y ventanas desde donde se podía ver todo el valle. A pesar de tener todo lo que un niño podría desear –juguetes, amigos en la corte y un hermoso jardín lleno de flores–, Cristian se sentía muy solo. No porque no tuviera compañía, sino porque en su corazón faltaba algo muy especial: alguien que entendiera sus pensamientos y compartiera sus sueños.
Cristian pasaba los días caminando por los largos pasillos del castillo o sentado junto al río, mirando cómo el agua corría tranquila y soñando con encontrar a una amiga con quien pudiera hablar sin temor a ser juzgado. En el reino de Cristal, donde vivía, se decía que había una princesa llamada Nicol, que vivía en un castillo no muy lejos, al otro lado del bosque encantado. La princesa Nicol era conocida por su sonrisa brillante y su corazón bondadoso, siempre ayudaba a los animales y cuidaba de sus amigos con mucho cariño. Sin embargo, igual que Cristian, se sentía algo sola, pues nunca había encontrado a alguien con quien compartir su alegría y también sus tristezas.
Un día, mientras caminaba por el mercado del reino, Cristian escuchó un rumor que le llenó de esperanza. Decían que en el corazón del bosque encantado, durante la noche de luna llena, se encontraría con la princesa Nicol, pues ella también solía visitar un antiguo pozo mágico para pedir deseos. Sin pensarlo dos veces, el príncipe decidió que esa noche, al caer el sol, iría al bosque para buscar a la princesa y, quizás, encontrar en ella una amiga especial.
El día pasó muy lento para Cristian, y cuando el sol comenzó a ocultarse, se puso su capa azul y salió del castillo con cuidado, rumbo al bosque. El bosque encantado era un lugar lleno de árboles altos y flores que brillaban suavemente bajo la luz de la luna. Mientras caminaba, escuchó cantar a un búho y vio a algunas luciérnagas que parecían acompañarlo en su camino. Cristian sentía que el bosque tenía vida propia, como si quisiera ayudarlo a cumplir su deseo.
Después de un rato, llegó al antiguo pozo mágico. Era un pozo cubierto por flores de colores y alrededor del cual había piedras que formaban un círculo perfecto. Cristian se acercó y, con mucho cuidado, dejó caer una moneda y pidió en voz baja: “Que pueda encontrar a alguien que ilumine mi vida y me saque de la soledad”.
No mucho después, escuchó pasos suaves que se acercaban. Giró la cabeza y vio a una joven que caminaba hacia el pozo con una luz que parecía venir de su sonrisa. Era la princesa Nicol. Ella llevaba una corona sencilla y un vestido azul claro, y sus ojos brillaban como estrellas. Al ver a Cristian, Nicol le sonrió tímidamente y preguntó: “¿También viniste a pedir un deseo?”.
Cristian asintió y juntos se sentaron junto al pozo, comenzando a hablar sobre sus sueños y miedos. Poco a poco, descubrieron que tenían muchas cosas en común: a los dos les encantaba leer cuentos de aventuras, amaban la naturaleza, y soñaban con un mundo lleno de paz y alegría. Pero lo más importante, ya no se sintieron solos.
Mientras hablaban, de entre los arbustos apareció un pequeño animalito que los miraba curioso. Era un zorro con un pelaje dorado que parecía brillar bajo la luz de la luna. El zorro se acercó a ellos y sin miedo comenzó a juguetear entre sus pies. “¿Cómo te llamas?” preguntó Nicol. El zorro movió la cola feliz y decidió quedarse con ellos, pues ese bosque encantado era su hogar, pero en ese momento se convirtió también en el amigo que los uniría aún más.
Cristian y Nicol, acompañados por el zorro dorado, comenzaron a explorar el bosque juntos cada día. Iban de aventura en aventura, ayudando a los animales que vivían allí y aprendiendo lecciones sobre la amistad, el coraje y el amor verdadero. El zorro era muy inteligente y los guiaba entre los caminos del bosque, mostrándoles lugares secretos donde las flores cantaban y los árboles contaban historias de tiempos muy antiguos.
Una tarde, mientras jugaban a esconderse entre los arbustos, encontraron un claro donde crecía un árbol enorme, con ramas tan altas que tocaban casi el cielo. El árbol estaba cubierto de flores que desprendían una luz suave y cálida. El zorro saltó hacia el árbol y comenzó a olfatear unas raíces plateadas que sobresalían de la tierra.
Nicol se acercó y tocó el tronco del árbol, y de repente el árbol habló con una voz dulce y suave: “Queridos niños, veo en ustedes un corazón lleno de bondad y amor verdadero. Este árbol es el Árbol de la Amistad, y su luz protegerá para siempre la amistad que han encontrado, una amistad que ilumina las vidas y elimina la soledad”.
Cristian y Nicol se miraron y entendieron que la magia del árbol era el reflejo de lo que había nacido entre ellos. No era un amor solo romántico, sino un amor profundo y verdadero, aquel que enseña a ser mejores, a compartir, y a cuidar del otro. En ese momento juraron que siempre estarían juntos, apoyándose en todo momento, y también cuidarían del zorro que los había unido.
Pasaron los meses, y la vida en el reino de Cristal nunca fue igual. Cuando Cristián regresaba a su castillo, ya no caminaba solo ni miraba el horizonte con tristeza, porque sabía que Nicol y el zorro estaban allí, esperándolo para nuevas aventuras y confidencias. Por su parte, Nicol sentía que había encontrado no solo un amigo, sino alguien con quien compartir cada día y hacer que su mundo brillara más.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.