Cuentos de Amor

La pequeña luz que buscaba sombra para compartir

Lectura para 2 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

Puntuación:

0
(0)
 

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico
0
(0)

En una pequeña casa al borde del pueblo vivía una niña llamada Carla, con sus ojos grandes y brillantes que parecían guardar muchas estrellas. Carla tenía cuatro años y un corazón lleno de ganas de jugar, reír y compartir. Pero esos días, Carla se sentía muy triste porque en el parque donde solía ir, nadie quería ser su amiga. Cada vez que decía “Hola, ¿quieres jugar conmigo?”, los otros niños seguían su camino o jugaban con otros amigos. A veces, se sentaba en un banco con sus pequeñas manos en las rodillas y su carita se llenaba de lágrimas silenciosas.

Su mamá, Mamá Lucero, notaba que la luz de su hija estaba apagándose poco a poco. Ella también se sentía triste y preocupada. Mamá Lucero sabía que en el corazón de Carla había una pequeña luz llena de amor, pero esa luz necesitaba sombra para sentirse acompañada, para sentirse querida. Así que un día, después de prepararle su merienda favorita, se sentó a su lado y le preguntó con voz suave:

—Carla, ¿quieres contarme qué te pasa, mi amor?

Carla miró a su mamá con sus ojitos brillantes, pero llenos de tristeza, y dijo bajito:

—Mamá, nadie quiere jugar conmigo. Me siento sola y eso me duele.

Mamá Lucero abrazó muy fuerte a Carla y le dijo:

—Oh, mi pequeña luz, a veces las amistades tardan un poquito en llegar, pero eso no significa que no vales mucho. Tu luz es hermosa y un día encontrarás la sombra perfecta para compartirla.

Carla pensó en esas palabras y un destello pequeño volvió a encenderse en su corazón. Entonces, decidió que no se rendiría y que buscaría a su amiga o amigo especial.

Al día siguiente, Mamá Lucero acompañó a Carla al parque. Allí, había niños corriendo, saltando y jugando con sus juguetes. Carla se acercó a una niña que estaba sentada pintando con tizas de colores en el suelo.

—Hola, me llamo Carla, ¿quieres jugar? —preguntó con timidez.

La niña levantó la mirada y sonrió.

—¡Hola, Carla! Me llamo Sofía. ¿Quieres pintar conmigo?

Carla sentía que su luz empezaba a brillar de nuevo. Se sentó junto a Sofía y juntas comenzaron a dibujar flores, sol y mariposas de muchos colores. Mientras pintaban, Mamá Lucero las miraba y sonreía con el corazón tranquilo. Su pequeña luz por fin tenía una sombra para compartir.

Después de un rato, llegó al parque un niño llamado Mateo. Él estaba muy callado, parecía que estaba buscando algo, o a alguien. Mamá Lucero, con su corazón sensible, observó que Mateo parecía un poco solo también. Entonces, le dijo a Carla:

—Mi amor, quizás Mateo también quiera compartir su luz y encontrar una sombra amable.

Carla se levantó y se acercó a Mateo.

—Hola, soy Carla. ¿Quieres jugar con nosotros?

Mateo sonrió tímidamente y asintió.

Los tres niños comenzaron a pintar juntos, a contar historias de dibujos y a inventar juegos con la tiza y las flores del jardín. Mamá Lucero sintió que dentro de su hija había una luz más fuerte, que ya brillaba con alegría, calidez, amor y amistad. Y es que, cuando hay amor en el corazón, la luz crece mucho más cuando se comparte.

Cada día, Carla, Sofía y Mateo se veían en el parque y jugaban a inventar mundos mágicos donde todos podían ser amigos. Mamá Lucero escuchaba desde lejos su risa y sentía que su corazón latía tranquilo, porque veía que la tristeza de Carla había cambiado por una sonrisa infinita.

Una tarde, mientras el sol comenzaba a ocultarse, Carla le dijo a su mamá:

—Mamá, ahora sé que todos tienen luces que buscan sombras para brillar juntos. Yo creí que estaba sola, pero solo debía esperar y seguir intentando.

Mamá Lucero la abrazó con dulzura y le respondió:

—Así es, mi niña valiente. El amor y la amistad son como la luz y la sombra, se necesitan para crear momentos hermosos.

Desde ese día, Carla nunca más se sintió sola. Sabía que su luz siempre encontraba una sombra donde descansar y crecer. Y Mamá Lucero se quedó tranquila porque sabía que había ayudado a su hija a encontrar la sonrisa que nace del amor compartido.

La pequeña luz de Carla brillaba y su corazón se llenaba de esperanza y alegría, porque había aprendido que no importa cuántas veces uno se sienta solo, siempre hay alguien dispuesto a ser su amigo, solo hay que buscar y abrir el corazón para compartir.

Y así, en aquel pueblito pequeño, entre risas, juegos y colores, nació una amistad hermosa que iluminaba cada día el parque y sus corazones, porque cuando el amor se comparte, la luz nunca se apaga.

image_pdfDescargar Cuentoimage_printImprimir Cuento

¿Te ha gustado?

¡Haz clic para puntuarlo!

Comparte tu historia personalizada con tu familia o amigos

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico

Cuentos cortos que te pueden gustar

autor crea cuentos e1697060767625
logo creacuento negro

Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

Deja un comentario