Cuentos de Amor

Un helado de verano y un amor que dura para siempre en la heladería de los recuerdos

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Cayetano era un niño de once años que esperaba con ilusión las vacaciones de verano. Cada año, cuando terminaban las clases, se preparaba para pasar el tiempo jugando con sus amigos, nadando en la piscina y, sobre todo, disfrutando de los helados. Su heladería favorita estaba justo al final de la calle, en una pequeña tienda con colores alegres y un gran cartel que decía “La heladería de los sueños”. Este año, lo que él no sabía era que ese lugar se convertiría en el escenario de un verano muy especial.

El primer día que Cayetano fue a la heladería con su padre, notó algo diferente. Al entrar, vio una chica detrás del mostrador que parecía un poco nerviosa. Llevaba una camiseta blanca y un delantal rosa, con una sonrisa tímida que intentaba esconder esa inquietud. Esa era Alma, la chica que ese verano empezaba a trabajar allí por primera vez. Alma tenía doce años, vivía en el barrio y se había ofrecido para ayudar en la heladería durante las vacaciones, aunque no estaba segura de si hacerlo sería fácil porque tenía un poco de miedo de conocer gente nueva.

Cayetano se acercó al mostrador con la sonrisa grande, pero a la hora de pedir el helado, de repente las palabras se le escondieron. Quiso decir qué sabor quería, pero su voz se volvió pequeñita y temblorosa. Su padre, que estaba detrás, lo miró y le dio una mirada alentadora, mientras que Alma jugaba con sus dedos nerviosamente, tratando de no poner muy nervioso al chico.

—¿Quieres…? —dijo Alma, intentando ayudar—. ¿Quieres un helado de… de chocolate?

Cayetano asintió tímidamente. Por primera vez, el helado de chocolate le parecía aún más dulce, aunque no sabía muy bien por qué. Cuando Alma le entregó el cucurucho con una bola enorme, sus ojos se encontraron por un segundo y en ese instante sucedió algo que ni ellos comprendían del todo: una chispa se encendió, suave y cálida.

Al día siguiente, Cayetano volvió a la heladería acompañado de su hermano menor, Lucas. Lucas tenía nueve años y era todo energía, siempre haciendo preguntas y riendo sin parar. Cuando entraron, Alma inmediatamente saludó con una sonrisa un poco más segura. Había decidido que intentaría relajarse, aunque todavía sentía mariposas en el estómago. Cayetano se sentó frente al mostrador, mientras Lucas ya estaba decidido a elegir el helado más grande de todos, con todos los sabores que Alma pudiera combinar.

Esta vez, Cayetano no se quedó callado. Con algo más de confianza, pidió un helado de vainilla con trozos de fresa. Alma, feliz de poder ayudar sin timidez, le preparó el helado con mucha dedicación, riéndose con Lucas, que hablaba y hacía bromas sin parar. Entre las conversaciones, Alma y Cayetano pudieron intercambiar sus nombres, algo que el día anterior la timidez había impedido. Cayetano se dio cuenta de que le gustaba escuchar la voz de Alma, y ella, que solía ser tímida, empezó a sentirse más cómoda hablando con él.

El tercer día, Cayetano apareció solo. En su mano llevaba un pequeño papel. Cuando Alma lo vio entrar, le brillaron los ojos. Él se acercó esta vez sin la sombra de la timidez y, con una sonrisa nerviosa, preguntó:

—¿Puedo… puedo darte mi número? Para poder hablar contigo después del verano.

Alma sintió que su corazón daba un salto y, sin dudarlo, le entregó el suyo también. Fue un momento sencillo, normal para algunos, pero para ellos era como si el tiempo se hubiera detenido en aquella heladería llena de olores a nata y fresa.

Pasaron los días y las semanas, y aunque el verano avanzaba rápido, la amistad entre Cayetano y Alma creció con cada mensaje que se enviaban. Hablaban sobre sus películas favoritas, sus juegos preferidos, y soñaban con planes para cuando volviesen a verse. Ellos se convirtieron en cómplices de secretos, en confidentes de risas y en parte esencial del verano que tanto deseaban vivir.

El verano, sin embargo, es fugaz y pronto las hojas empezaron a caer y el calor del sol se volvió más suave. Pero la rutina de mensajes no desapareció, y ambos esperaban con emoción cada encuentro en la heladería, donde Alma seguía trabajando, y Cayetano siempre buscaba una excusa para visitarla.

Después de varios meses de charlas, risas y planes, decidieron quedar para salir por primera vez juntos. Esa tarde, se encontraron en el parque cercano a la heladería. Cayetano llevaba una mochila con un cuaderno de dibujos, porque sabía que a Alma le gustaba dibujar paisajes y animales. Alma, por su parte, llevaba una sonrisa que iluminaba todo el parque.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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