Había una vez, en un bosque muy bonito, un colibrí que se llamaba El Colibrí Presumido. Él era pequeño, con plumas que brillaban mucho al sol, de colores verdes y azules que parecían un arcoíris. A El Colibrí Presumido le encantaba volar rápido, muy rápido. Cuando salía del nido, se movía en el aire con tanta rapidez que todos los animalitos lo miraban sorprendidos.
El Colibrí Presumido siempre decía a todos: “¡Miren qué rápido vuelo! Nadie puede volar tan deprisa como yo. Soy el más veloz de todo el bosque”. Y lo decía con mucha alegría, pero también con un poco de orgullo. Le gustaba que todos lo vieran volar y le contaran lo rápido que era.
Cerca del lugar donde volaba El Colibrí Presumido, había un árbol muy diferente. Era un árbol grande y muy sabio. Lo llamaban El Sabio Árbol. Tenía hojas verdes y brillantes, y sus raíces estaban muy profundas y fuertes dentro de la tierra. El Sabio Árbol no podía moverse ni volar, porque era un árbol, pero le gustaba mucho mirar todo lo que pasaba a su alrededor. Él veía a los animalitos correr, volar y jugar cerca de él. A veces sentía el viento en sus hojas y disfrutaba el sol que lo calentaba durante el día.
El Sabio Árbol hablaba poco y siempre estaba tranquilo. Le gustaba ver todo con calma. Mientras El Colibrí Presumido volaba rápido de un lado a otro sin descanso, el Sabio Árbol se quedaba quieto, mirando, escuchando y aprendiendo.
Un día, El Colibrí Presumido se acercó volando muy rápido hasta la rama donde estaba El Sabio Árbol. Parecía que quería contarle algo. “¡Hola, Sabio Árbol! Hoy he volado aún más rápido que ayer. ¡Mira qué bien vuelo! ¿Quieres que te enseñe cuán rápido puedo mover mis alas?” dijo el colibrí con una sonrisa muy feliz.
El Sabio Árbol lo miró con sus hojas moviéndose suavemente y respondíó con voz tranquila: “Hola, Colibrí. Veo que estás muy contento con tu vuelo. Es bueno ser rápido y poder moverse de un lado a otro, pero también es bueno aprender a disfrutar con calma todo lo que pasa a nuestro alrededor.”
Pero El Colibrí Presumido no entendía muy bien. “¿Disfrutar con calma? ¿Qué quiere decir eso? Yo puedo volar muy rápido para ver muchas flores diferentes. Eso me gusta mucho, porque siento la alegría del aire y el color de las flores muy rápido.”
El Sabio Árbol le sonrió con sus ramas, y le dijo: “Sí, eso es muy bueno, Colibrí. Pero a veces, cuando vuelas tan rápido, te pierdes de ver detalles importantes que están cerca, en silencio, sin despertarse del viento. Hay cosas que solo se pueden ver y sentir si uno está quieto y observa con paciencia.”
El Colibrí Presumido se quedó en silencio por un momento, pensando si eso era verdad. Después, decidió quedarse un rato en la rama para escuchar al Sabio Árbol.
“¿Qué cosas puedo ver si me quedo quieto?” preguntó con curiosidad.
“Podrás ver cómo las hojas bailan con el viento, cómo los insectos trabajan sin hacer ruido, cómo las hormigas planean su camino y cómo los rayos del sol hacen dibujos en la tierra,” explicó el Sabio Árbol.
El Colibrí Presumido bajó de la rama y trató de sentarse en una hoja cerca del árbol. Al principio, no le gustó mucho estar quieto, porque estaba acostumbrado a volar rápido y saltar de flor en flor. Pero poco a poco empezó a notar esas pequeñas cosas que el Sabio Árbol le había contado.
Primero, vio que una mariposa se movía despacito entre las flores, mostrando sus alas de muchos colores. Luego, escuchó el sonido suave de los grillos cantando en las hojas. Más tarde, observó cómo una hormiga llevaba una hojita hacia su casa, trabajando con tranquilidad y sin prisa.
El Colibrí Presumido comenzó a entender que había muchas cosas bonitas que pasaban con calma a su alrededor, y que no necesitaba ir tan rápido para disfrutarlas.
Después de un rato, el viento sopló suave y movió las hojas del Sabio Árbol. Era como si el árbol estuviera cantando una canción para el colibrí. El Colibrí Presumido sintió una paz muy grande en su corazón. Se dio cuenta de que el valor de ser rápido no era mayor que el valor de ser paciente y observar.
Desde entonces, El Colibrí Presumido aprendió que podía volar muy rápido para conocer muchos lugares y flores, pero también podía parar un momento, sentarse en una rama y mirar el bosque con calma, disfrutando de los sonidos, los colores y las pequeñas cosas.
El Sabio Árbol y El Colibrí Presumido se hicieron muy buenos amigos. Ahora compartían momentos de alegría volando o simplemente mirando el mundo juntos.
El Colibrí ya no se sentía solo orgulloso de su rapidez, sino también feliz por haber aprendido a disfrutar del tiempo y la paciencia gracias a El Sabio Árbol. Y el Sabio Árbol se alegraba de tener al colibrí como amigo, que llenaba el bosque con su energía y sus risas.
Así, en aquel bosque bonito, unos y otros aprendieron que tanto la rapidez como la calma tienen cosas hermosas para enseñar, y que lo mejor es saber cuándo volar y cuándo detenerse para disfrutar.
Y colorín colorado, este cuento ha terminado.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.