Cuentos de Animales

Conejos en el Campo: Un Juego de Cuentos para Pequeños Exploradores

Lectura para 2 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Había una vez un hermoso campo verde, lleno de flores de muchos colores. En este campo vivía un conejito llamado Conejo. Conejo era un pequeño animalito muy curioso y siempre estaba listo para explorar nuevas aventuras. Tenía grandes orejas y una colita esponjosa, y siempre saltaba de aquí para allá, feliz y lleno de energía.

Conejo tenía muchos amigos en el campo. Uno de ellos era Rana, una rana que saltaba de charco en charco y siempre estaba cantando alegres canciones. Le encantaba croar por las mañanas y contar historias sobre su vida en el agua. Otro de sus amigos era Zorro. Zorro era un poco travieso, siempre estaba buscando nuevas maneras de jugar y hacer reír a sus amigos. También estaba Ardilla, una ardillita rápida y ágil que le gustaba recolectar nueces y jugar en los árboles. Y no podía faltar Iguana, una iguana tranquila que disfrutaba de tomar el sol sobre las piedras calientes.

Un día, mientras Conejo saltaba por el campo, vio a sus amigos reunidos en un círculo. Al acercarse, escuchó que estaban hablando sobre un juego muy divertido que querían hacer. «¡Hola, amigos! ¿De qué se trata ese juego?», preguntó Conejo emocionado.

«¡Queremos jugar a contar cosas!» exclamó Rana. «Cada uno de nosotros podrá encontrar y contar un objeto que esté en el campo. ¡Así aprenderemos a contar y a trabajar en equipo!»

«¡Me encanta la idea!», dijo Zorro, moviendo su cola de lado a lado. «Podemos ver quién encuentra más objetos y contarlos juntos.»

Ardilla, que estaba recogiendo una nuez, saltó y dijo: «¡Sí! Yo ya estoy pensando en qué puede ser. Tal vez encuentre nueces, ¡o quizás flores!».

Iguana, que estaba descansando en una piedra al sol, asintió. «Podemos jugar al buscar y contar. Será muy divertido. Yo buscaré hojas».

Conejo sonrió. «Entonces, ¿todos vamos a encontrar cosas y a contar? ¡Seremos un gran equipo!», dijo animado, listo para unirse a la búsqueda.

Y así, cada uno se puso en marcha. Conejo decidió saltar primero hacia el claro donde crecía un montón de flores. Allí había muchas flores de diferentes colores: rojas, amarillas, moradas y blancas. Conejo se agachó y comenzó a contar las flores.

«Una, dos, tres… ¡cuatro, cinco, seis! ¡Hay seis flores en este claro!». Conejo estaba tan emocionado de haber contado seis flores que decidió hacer un pequeño ramo y llevarlo a sus amigos. «¡Miren lo que encontré!», gritó mientras saltaba hacia el círculo donde estaban sus amigos.

Rana estaba brincando en su charco, mientras contaba los saltos que daba. «Uno, dos, tres, cuatro, cinco… ¡Seis saltos! ¡Hoy he dado seis saltos en el charco!», dijo feliz.

Zorro fue a buscar algo escondido entre los arbustos. «Voy a ver qué puedo encontrar», dijo. Después de un rato, apareció con unas hojas verdes. «¡Miren lo que encontré!», exclamó. «¡He contado tres hojas!» y las mostró. «Una, dos, tres».

Ardilla estaba todavía buscando nueces entre las ramas de los árboles. «Yo tengo una, dos… ¡tres nueces!», gritó, agitando sus nueces en el aire. «Voy a guardarlas en mi escondite, donde tengo muchas más».

Mientras tanto, Iguana encontró un lugar soleado y decidió contar las piedras alrededor de ella. «Una, dos, tres piedras… ¡y cuatro! ¡He encontrado cuatro piedras!», dijo con una sonrisa.

Conejo, Rana, Zorro, Ardilla e Iguana estaban encantados con lo que habían encontrado. Se reunieron para compartir lo que habían contado.

Conejo dijo: «He encontrado seis flores».

«Yo he dado seis saltos», dijo Rana, feliz.

«Yo encontré tres hojas», mencionó Zorro mientras movía su cola con entusiasmo.

«Yo tengo tres nueces», exclamó Ardilla con orgullo.

«Y yo conté cuatro piedras», terminó Iguana, disfrutando del cálido sol.

Ahora, todos estaban reunidos, emocionados con sus hallazgos. Entonces Conejo tuvo una idea. «¡Vamos a sumarlo todo! ¿Cuántos contamos en total?».

«Seis flores y seis saltos hacen…», empezó a contar Conejo, «¡doce!».

«Y tres hojas… y tres nueces… ¡serían dieciocho en total!», añadió Ardilla.

«Sí!», exclamó Rana. «Y cuatro piedras harían veintidós!».

Ellos se reían y estaban muy contentos. Su juego de contar estaba siendo un éxito. Pero mientras ellos contaban y se reían, un pequeño viento comenzó a soplar.

El viento estaba trayendo algo especial. De repente, vieron algo brillante que caía del cielo. ¡Era un hermoso papel dorado! Conejo lo miró sorprendido. «¿Qué será eso?», preguntó.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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