Había una vez, en un hermoso y mágico bosque, una mariposita llamada Valerick. Ella vivía felizmente entre las flores de colores brillantes, las hojas verdes que caían suavemente de los árboles y el sonido del viento que siempre parecía susurrar secretos mágicos. Valerick no era una mariposa común; su pelaje era de un color brillante y lleno de vida, reflejando todos los tonos del arco iris. Siempre estaba sonriente, y su risa era tan contagiosa que hacía que todos en el bosque se sintieran felices.
En el Bosque Mágico vivían muchos animales especiales. Había ardillas que bailaban de rama en rama, conejitos que saltaban por todo el lugar, y hadas que, con su magia, ayudaban a las plantas a crecer. Cada uno de los seres del bosque tenía un propósito y Valerick, como mariposita, era muy colaboradora. Ella siempre ayudaba a las pequeñas criaturas del bosque a volar, a encontrar su camino, o simplemente a sentirse acompañados. Era una amiga especial para todos.
Valerick vivía en un pequeño capullo que ella misma había tejido, colgado de una ramita cerca de un arroyo donde las aguas cantaban dulces melodías. Su casita era muy pequeña, pero a ella le encantaba porque siempre estaba rodeada de flores y de la naturaleza que tanto amaba. A pesar de ser tan pequeña, siempre tenía una gran sonrisa en su rostro y todo el bosque la adoraba.
Una noche, el cielo comenzó a oscurecerse. El viento soplaba fuerte y las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer sobre el Bosque Mágico. Todos los animales comenzaron a buscar refugio. Las ardillas subieron rápidamente a sus árboles, las hadas se refugiaron bajo los grandes hongos, y los conejos se escondieron en sus madrigueras. Pero Valerick no tenía a dónde ir, su pequeña casita no podía resistir el viento tan fuerte que comenzaba a soplar.
Decidió meterse dentro de su capullo, esperando que el viento no lo derrumbara. Sin embargo, el viento era tan fuerte que no tardó en tirar su casita al suelo, dejando a Valerick fuera, empapada por la lluvia. Ella, temblando de frío, comenzó a pedir auxilio.
— ¡Ayuda, por favor! — gritaba Valerick, mientras sus alas se mojaban y su cuerpo pequeño se agitaba por el viento. — ¡Alguien, por favor, ayúdame!
Pero la lluvia era tan fuerte que su voz se perdía entre los truenos y el sonido de las gotas cayendo. Nadie la escuchaba. Valerick comenzó a sentirse muy sola. A pesar de ser una mariposita tan alegre y generosa, en ese momento se sentía perdida y asustada.
De repente, una pequeña figura se acercó lentamente a donde Valerick estaba. Era una tortuga pequeña, que caminaba despacio, con su caparazón cubierto de gotas de lluvia. La tortuga, al ver a Valerick temblando y mojada, se acercó con mucha ternura y le dijo:
— No te preocupes, pequeña mariposa, yo te ayudaré.
La tortuga, que siempre había sido muy sabia y paciente, le indicó a Valerick que se subiera a su espalda. Aunque Valerick dudaba un poco, la tortuga le ofreció su hombro con una sonrisa amable.
— Sube, te llevaré a un lugar donde estarás a salvo.
Valerick, confiando en la tortuga, subió a su caparazón y se acurrucó allí, mientras la tortuga caminaba lentamente hacia una gran roca cerca de un árbol. El viento seguía soplando fuerte, pero la tortuga estaba tranquila, como si la lluvia y el viento no pudieran detenerla. Se resguardaron bajo la gran roca, donde Valerick pudo calentarse y descansar un poco.
— Gracias, gracias, tortuga, — dijo Valerick, aún temblando, pero sintiéndose un poco más segura. — Si no hubieras llegado, no sé qué habría hecho.
La tortuga sonrió con dulzura.
— No tienes que agradecerme. Todos en el bosque debemos ayudarnos los unos a los otros. Cuando un amigo necesita ayuda, es cuando más debemos estar allí.
La tormenta pasó lentamente, y el cielo comenzó a despejarse. Cuando la lluvia cesó por completo, Valerick y la tortuga salieron de su refugio. Valerick miró a su alrededor y vio cómo el bosque se estaba calmando. Los animales empezaban a salir de sus refugios, y las hadas volaban nuevamente entre las flores.
De repente, los amigos de Valerick se acercaron. Las ardillas, los conejos, las hadas y muchos otros animales llegaron al lugar, preocupados por ella. Al ver a Valerick, todos exclamaron con alegría.
— ¡Valerick, estás a salvo! — dijo una de las ardillas, abrazándola con entusiasmo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.