Había una vez, en un hermoso bosque lleno de árboles altos y flores coloridas, vivían dos grandes amigos: Mel, el oso, y Fer, el elefante. Mel y Fer eran muy buenos amigos, pero siempre estaban tristes. Su tristeza se debía a que sus hijos, Juan y Barb, vivían en un país muy lejano.
Juan, el pequeño león, y Barb, la panda juguetona, eran los hijos de Mel y Fer. Aunque Mel y Fer amaban mucho a sus hijos, se sentían muy solos sin ellos. Juan y Barb habían tenido que mudarse a otro país para aprender cosas nuevas y hacer nuevos amigos. Mel y Fer comprendían que esto era importante, pero los extrañaban mucho.
Cada mañana, Mel y Fer se encontraban en su lugar favorito del bosque, un claro donde los rayos del sol pasaban a través de las hojas de los árboles y hacían brillar las flores. Se sentaban juntos y hablaban sobre sus recuerdos felices con Juan y Barb. Mel recordaba cómo Juan solía correr por el bosque, persiguiendo mariposas y riendo con su pequeño rugido. Fer recordaba cómo Barb siempre encontraba los lugares más altos para trepar y jugar a las escondidas.
Un día, mientras Mel y Fer estaban sentados en su claro favorito, escucharon un ruido entre los arbustos. De repente, aparecieron Juan y Barb, corriendo hacia ellos con grandes sonrisas. «¡Papá Mel! ¡Papá Fer!» gritaron los pequeños mientras se abrazaban a sus padres. Mel y Fer no podían creer lo que veían. Sus hijos estaban de regreso, aunque solo fuera por una visita.
Juan y Barb habían planeado una sorpresa para sus papás. Querían mostrarles todo lo que habían aprendido y contarles sobre sus nuevas aventuras. Juan empezó a contar cómo había aprendido a rugir más fuerte y a cazar mariposas aún más rápido. Barb, por su parte, mostró a Mel y Fer cómo había aprendido a trepar los árboles más altos y a encontrar los mejores escondites.
Mel y Fer estaban muy felices de ver a sus hijos y escucharlos hablar sobre sus nuevas habilidades. Pasaron todo el día juntos, jugando y explorando el bosque. Juan enseñó a su papá Mel a correr detrás de las mariposas, y Barb enseñó a su papá Fer a trepar árboles. Aunque Mel y Fer no eran tan rápidos ni tan ágiles como sus hijos, se divirtieron mucho y rieron como no lo habían hecho en mucho tiempo.
Al caer la noche, Juan y Barb se sentaron junto a Mel y Fer alrededor de una fogata. Las estrellas brillaban en el cielo y el sonido de los grillos llenaba el aire. «Papá Mel, Papá Fer,» dijo Juan, «sabemos que nos extrañan mucho, pero siempre estamos pensando en ustedes y en el hermoso bosque.»
«Sí,» agregó Barb, «y cada vez que aprendemos algo nuevo, imaginamos cómo sería enseñárselos a ustedes. Aunque estemos lejos, siempre llevamos con nosotros todo lo que nos enseñaron.»
Mel y Fer sintieron sus corazones llenarse de alegría. Sabían que sus hijos los amaban y que, aunque estaban lejos, siempre estarían conectados por el amor y los recuerdos compartidos. Mel y Fer también aprendieron una lección importante: aunque la distancia puede ser difícil, el amor y la conexión familiar siempre encontrarán la manera de mantenernos unidos.
Al día siguiente, Juan y Barb tuvieron que regresar a su nuevo hogar, pero antes de irse, hicieron una promesa. «Volveremos a visitarlos muy pronto,» dijo Juan con un rugido feliz. «Y cuando lo hagamos, tendremos aún más aventuras y cosas nuevas que contarles,» añadió Barb, trepando a los hombros de Fer para darle un gran abrazo.
Mel y Fer vieron a sus hijos partir con lágrimas de alegría en los ojos. Aunque sabían que los extrañarían, también sabían que Juan y Barb estaban felices y aprendiendo muchas cosas nuevas. Y eso era lo más importante.
Desde ese día, Mel y Fer siguieron yendo a su claro favorito del bosque. Pero ya no se sentían tan tristes, porque sabían que sus hijos estaban bien y que algún día volverían a estar juntos. Además, cada vez que veían una mariposa o un árbol alto, recordaban los momentos felices que habían compartido y sentían que Juan y Barb estaban con ellos, de alguna manera, en espíritu.
Así, Mel y Fer aprendieron a vivir con la distancia y a valorar cada visita y cada nuevo recuerdo que podían crear juntos. Y el bosque, antes lleno de tristeza, ahora estaba lleno de esperanza y amor. Y colorín colorado, este cuento ha terminado.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.