Cuentos de Aventura

Allegra y el Cubo Mágico: Un Viaje a un Mundo sin Colores

Lectura para 2 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Allegra era una niña muy especial de un añito. Tenía ojos grandes y curiosos que siempre querían descubrir cosas nuevas. Un día, mientras jugaba en su habitación, agarró un juguete que tenía forma de cubo. Era un cubo de colores brillantes, con dibujos de estrellas, lunas y flores. Allegra giró el cubo entre sus manos y, de repente, algo mágico sucedió: una puerta luminosa apareció en uno de sus lados. Papá y Mamá vieron la luz extraña y se acercaron rápido para ver qué pasaba.

“¿Quieres abrir el portal, Allegra?” preguntó Mamá sonriendo, mientras su mamá la ayudaba a empujar suavemente la puerta luminosa. Allegra aplaudió contenta y entró primero. Papá y Mamá la siguieron con cuidado. Al otro lado de esa puerta, no había más que un lugar lleno de silencio y un cielo muy gris. Era un pueblo, pero algo extraño ocurría: ¡no había colores en ningún lado! Las casitas, las flores, los árboles, hasta los pájaros eran grises. Todo estaba apagado y triste.

Papá tomó a Allegra de la mano y dijo: “Parece que este pueblo necesita nuestra ayuda.” Mamá asintió y juntos caminaron por la plaza del pueblo. En el centro había una fuente grande, pero estaba seca. No salía ni una gota de agua, y por eso, los colores se habían ido. Cerca de la fuente, varios aldeanos se acercaron a ellos. Eran personas pequeñas, como duendecillos amables, con cara de preocupación.

Una de las aldeanas, que se llamaba Tila, habló con voz suave: “Este es el pueblo de Colorrín. Aquí siempre hubo muchos colores, pero la fuente se rompió y se secó hace mucho tiempo. El agua de la fuente trae todos los colores al pueblo, y ahora todo está triste y gris.” Allegra miró a los aldeanos y luego al cubo mágico que tenía en la mano. Papá y Mamá sonrieron y dijeron: “Nosotros vamos a ayudarles a arreglar la fuente.”

Primero, buscaron con los aldeanos todas las piezas necesarias para reparar la fuente. Había piedras, ramas y hasta flores que parecían hechas de cristal. Allegra señalaba las flores con su dedito y reía feliz porque, aunque el pueblo estaba gris, ella sentía que algo bonito estaba a punto de suceder.

Papá y Mamá comenzaron a trabajar con los demás. Levantaron las piedras, colocaron las ramas y limpiaron la fuente con mucho cuidado. Allegra les pasaba pequeñas piedritas y sonreía cuando veía que poco a poco la fuente parecía más fuerte. Los aldeanos también ayudaban mucho, cantaban canciones suaves para animar a todos. Allegra aplaudía y daba saltitos de alegría.

Cuando terminaron de arreglar la fuente, Papá dijo: “Es hora de ver si funciona.” Mamá giró el cubo mágico que Allegra había llevado desde casa y el cubo comenzó a brillar. De la fuente salió primero una gotita de agua, y luego otra y otra. Poco a poco, el agua comenzó a llenar la fuente, y con ella, comenzaron a salir colores. Agua azul, verde, amarillo, rojo y todos los colores bailaban en el aire como mariposas.

Los aldeanos miraban sorprendidos y felices cómo el pueblo se transformaba. Las casitas grises comenzaron a pintarse con colores vivos; los árboles recuperaron sus hojas verdes, las flores brillaban con tonos rosas, amarillos y lilas, y los pájaros comenzaron a cantar con colores en sus plumas. Allegra reía y gritaba de felicidad, dando vueltas mientras los colores llenaban el aire.

Tila, la aldeana, abrazó a Allegra y dijo: “Gracias, pequeña Allegra. Has traído la alegría al pueblo de Colorrín.” Papá y Mamá se abrazaron con ella, contentos de haber vivido aquella aventura tan mágica. Allegra, aunque era pequeñita, había ayudado con algo muy grande.

Antes de que se fueran, los aldeanos les regalaron una pequeña flor de colores que nunca se marchita, para que siempre recordaran el día en que devolvieron la vida y la alegría al pueblo. Allegra la agarró fuerte y sonrió.

Papá, Mamá y Allegra caminaron de regreso al portal con la plaza llena de luz y color detrás de ellos. Al traspasar la puerta luminosa, volvieron a la habitación de Allegra, donde el cubo mágico seguía en su pequeña mesa. Mamá la abrazó y dijo: “Aunque el mundo a veces se vea apagado, con ayuda y amor siempre podemos ponerle color.”

Allegra se acurrucó en los brazos de Papá y Mamá y pensó en su aventura feliz. Ese día aprendió que, aunque sólo tiene un añito, su sonrisa y su valentía pueden cambiar el mundo. Y así, con el cubo mágico cerca y su familia al lado, Allegra se quedó dormida soñando con nuevos lugares llenos de luz y color.

El pueblo de Colorrín volvió a brillar y, gracias a una niña pequeña, el color nunca más se fue. Y en la habitación de Allegra, el cubo mágico espera nuevas aventuras. Porque cuando hay amor, cuidado y unión, ningún lugar se queda sin color.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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