Cuentos de Aventura

Aventura en la Selva Emocionante: Un Encuentro Mágico con la Naturaleza

Lectura para 10 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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María y José eran una pareja llena de entusiasmo y amor por la naturaleza. Junto a sus tres hijos, Jesús, Cristina y Andrés, habían planeado una aventura inolvidable: viajar a la selva para descubrir la maravilla de los animales y los secretos de la naturaleza. Desde hacía semanas, los niños no dejaban de imaginar los increíbles animales que podrían ver y las aventuras que vivirían.

Una mañana soleada, la familia partió en una lancha que los esperaba en el muelle del pueblo. Era una embarcación pequeña pero firme, perfecta para atravesar los ríos serpenteantes que llevaban directo al corazón de la selva. María y José ayudaron a subir a los niños, asegurándose de que llevaban puestos los chalecos salvavidas. Jesús, el mayor de los hermanos, no podía dejar de mirar el agua cristalina que se movía rápidamente bajo la lancha; Cristina, la más pequeña, tomó la mano de su papá con una mezcla de emoción y un poquito de nerviosismo; y Andrés, el mediano, apuntaba con sus dedos hacia los árboles altos y frondosos que parecían tocar el cielo.

A medida que avanzaban por el río, el sonido de la ciudad quedó atrás, reemplazado por el canto de cientos de pájaros y el murmullo del agua. María señaló una pareja de guacamayas que, con sus plumas coloridas, volaban entre las copas de los árboles. Jesús no tardó en sacar sus binoculares para observar mejor y Andrés intentaba imitar los cantos de los pájaros, causando risas entre todos. La lancha atravesaba curvas, y en cada una, la emoción crecía un poco más.

Al cabo de una hora, llegaron a una parte ancha del río, donde la lancha se detuvo suavemente junto a una orilla cubierta de raíces enormes y hojas verdes. José explicó que allí sería su campamento y que tenían todo el día para explorar. Los niños bajaron con energía, listos para descubrir cada rincón de la selva.

María preparó una mochila con bocadillos y agua mientras José mostraba a los niños cómo caminar sin hacer mucho ruido para no asustar a los animales. Jesús tomó la iniciativa, caminando con cuidado entre los troncos caídos y las flores brillantes. Cristina descansaba a veces, maravillada con el tamaño de las hojas y las coloridas mariposas que volaban a su alrededor. Andrés encontró una rama larga y la usaba como si fuera una espada para defenderse de monstruos invisibles.

De repente, un ruido llamó la atención de todos. Cerca de un árbol enorme, pudieron observar un pequeño grupo de monos juguetones. Saltaban de rama en rama, haciendo caras divertidas y susurrando entre ellos. María aprovechó para explicar que los monos son muy inteligentes y que en la selva todos los seres vivos dependen unos de otros para vivir. Jesús intentó hacer la misma cara que uno de los monos, provocando una gran carcajada en su familia.

Después de caminar un poco más, llegaron al río que corría suave junto a su campamento. Jesús y Andrés no dudaron en sacar sus sandalias y mojar sus pies en el agua fresca. Cristina, aunque un poco tímida, decidió seguirlos y pronto estaba chapoteando alegremente. Mientras jugaban en el agua, algo llamó su atención: una sombra lenta y tranquila se acercaba desde abajo.

Se agachó curiosa y para su sorpresa encontró una tortuga nadando con tranquilidad entre las plantas acuáticas. Cristina, fascinada, se acercó despacio para no asustarla. La tortuga tenía un caparazón reluciente y ojos pequeños que parecían mirarla directamente. María y José observaron desde la orilla, sonriendo al ver la conexión especial entre su hija y ese noble animal.

Cristina le puso un nombre de inmediato: Tula. Decidió que Tula sería su amiga durante toda la aventura. La tortuga, con movimientos calmados, parecía aceptar la compañía de la niña. Jesús y Andrés también se acercaron para ver a Tula y aprender más sobre ella. José explicó que las tortugas son muy importantes para el equilibrio del río, ya que ayudan a mantener limpia el agua y el fondo donde viven otros peces y plantas. María aprovechó para contarles que había que cuidar mucho de la naturaleza y que debían respetar a todos los animales, grandes o pequeños.

El sol comenzó a ponerse, pintando el cielo con colores naranja y rosa. La familia recogió sus cosas para regresar a la lancha, pero antes de partir, Jesús encontró una huella grande en la tierra húmeda. Parecía la huella de un jaguar, un animal que por su tamaño y sigilo es uno de los más respetados en la selva. José les comentó que era probable que el jaguar hubiera pasado por allí durante la noche, y eso ayudó a que los niños entendieran cuán importante es el respeto y la precaución cuando uno está en un lugar tan vivo y lleno de magia.

Durante el regreso en lancha, la familia habló sobre todo lo que habían visto y lo que les había enseñado el día. Cristina no dejaba de pensar en Tula y soñaba despierta con cuidarla y visitarla otra vez. Jesús prometió escribir un diario para contar cada detalle de la aventura, y Andrés planeaba aprender a identificar más animales y plantas. María y José estaban felices porque veían en sus hijos no solo ilusión por la aventura, sino también amor y respeto por la naturaleza.

Al llegar al pueblo, la familia se despidió con la esperanza de volver pronto a aquella tierra llena de vida y secretos. Aquel viaje a la selva no solo los había conectado con la naturaleza, sino también entre ellos, al compartir momentos únicos que jamás olvidarían.

De esta manera, María, José, Jesús, Cristina y Andrés aprendieron que la selva es un lugar lleno de maravillas y lecciones. Cada animal, cada planta, cada sonido cuenta una historia y contribuye a mantener el equilibrio en un mundo que debemos cuidar con cariño y respeto. Y aunque su aventura terminó, el recuerdo de Tula, la tortuga amiga, y de todos los animales observados, quedó grabado en sus corazones para siempre, recordándoles que la naturaleza es un tesoro mágico que merece ser protegido.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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