Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes y suaves ríos, una familia que vivía en una acogedora casita de madera. La familia estaba compuesta por Mamá Esther, Papá Andrés y su hija Paola, una niña de once años llena de curiosidad y entusiasmo. Paola tenía un corazón aventurero y siempre fantaseaba con explorar lugares inexplorados. Un día, mientras paseaba por el jardín de su casa, se dio cuenta de que las flores estaban más brillantes que nunca.
“¡Mamá! ¡Papá! ¡Vean las flores! Están iluminadas como si tuvieran su propia luz”, gritó Paola mientras corría hacia sus padres. Mamá Esther, con su amoroso carácter y dedicación al jardín, se acercó rápidamente.
“Es verdad, Paola. Nunca había visto algo así”, dijo Mamá Esther, sorprendida. Papá Andrés, que se encontraba arreglando una vieja silla en la terraza, se asomó para ver qué estaba sucediendo.
“Tal vez sea una señal, una señal de que hay algo mágico en el aire”, comentó Papá Andrés, sonriendo con complicidad. Paola miró a su alrededor y vio que al fondo del jardín, casi escondida detrás de un seto, había una pequeña puerta de madera que nunca antes había notado. Su corazón empezó a latir más rápido.
“Mamá, Papá, ¡hay una puerta! ¿Podemos abrirla?” preguntó Paola, sus ojos brillaban con emoción.
“¿Qué crees que haya detrás de ella?” preguntó Papá Andrés, mientras se acercaba junto a Mamá Esther. “No lo sé, pero tenemos que averiguarlo”, dijo Paola, sintiendo que la aventura la estaba llamando.
La familia se acercó a la puerta y la abrió lentamente. Al cruzarla, se encontraron en un jardín encantado, lleno de flores que brillaban con una luz dorada. Todo parecía resplandecer con colores que Paola nunca había visto: rosas azules, girasoles morados y violetas plateados. En el centro del jardín había una fuente que emanaba agua cristalina, y entre las flores, un pequeño ser, que parecía un hada de juguete, volaba de un lado a otro.
“¡Hola! Bienvenidos al Jardín de los Sueños”, dijo el hada, con una voz suave como el susurro del viento. “Soy Venus, la guardiana de este jardín mágico. ¿Están listos para una aventura?”
“¡Sí!” exclamó Paola, sin dudarlo. Mamá Esther y Papá Andrés intercambiaron miradas, un poco preocupados, pero también emocionados por la extraña situación.
“Venus, ¿qué tipo de aventura?” preguntó Mamá Esther, tratando de entender mejor la situación.
“Hay un tesoro escondido en este jardín, pero para encontrarlo, deben resolver tres acertijos”, explicó Venus, danzando alegremente en el aire. “Si logran resolverlos, el tesoro será suyo. Pero tengan cuidado, porque el jardín está protegido por un guardián llamado El Sombra, un antiguo espíritu que no quiere que nadie encuentre el tesoro.”
Paola sintió un escalofrío recorrer su espalda. “¿El Sombra? ¿Qué le pasará a quien intente encontrar el tesoro?” preguntó, con un poco de temor.
“El Sombra no es malo, simplemente es cauteloso. Aunque parece imponente, en realidad, solo quiere proteger el jardín. Si demuestran que tienen buenos corazones y son valientes, él no les hará daño”, explicó Venus.
“¿Qué opinan, familia? ¿Listos para la aventura?” preguntó Papá Andrés, y sin pensarlo mucho, todos asintieron. Con una mezcla de emoción y nerviosismo, se adentraron más en el jardín, guiados por Venus.
El primer acertijo llegó pronto. Frente a un árbol gigante con hojas brillantes, Venus se detuvo y dijo: “Este es el primer reto. Deben adivinar la respuesta a este acertijo. Escuchen bien: ‘En la cima del cielo brilla, a veces de día y otras de noche, parece un ojo que todo lo mira. ¿Qué es?’”
Paola se quedó pensando con el ceño fruncido. A su alrededor, Mamá Esther y Papá Andrés comenzaron a murmurar ideas. “¿Puede ser una estrella?” dijo Mamá Esther. “No, eso sólo brilla en la noche”, contestó Paola. Papá Andrés, con la mano en la barbilla, pensó un momento más.
“¡Ya lo tengo! ¡Es el sol!” exclamó él.
“¡Correcto!” gritó Venus, aplaudiendo con sus brillantes alas. “Han superado la primera prueba. Ahora vamos por el segundo acertijo”.
El segundo acertijo los llevó a un banco de piedra cubierto de flores. Venus, radiante como un sol, les dijo: “Este acertijo es un poco más difícil: ‘No tiene boca pero habla. No tiene oídos pero escucha. No tiene vida pero le da vida a todo. ¿Qué es?’”
“Eso es un poco complicado”, murmuró Mamá Esther. Pero mientras pensaba, Paola se iluminó.
“¡Una planta! ¡Las plantas pueden hablar a través de los colores y el crecimiento!”, dijo Paola con entusiasmo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.