Durante las vacaciones de diciembre, la familia de Mamá Lupita y Papá Domingo decidió pasar unos días en Palenque, Chiapas, para vivir una experiencia diferente y especial. En lugar de quedarse en la ciudad con todos los aparatos electrónicos que acostumbraban usar, querían que sus hijas, Alicia y Guadalupe, aprendieran a convivir con la naturaleza y a disfrutar del tiempo con sus abuelos en el pueblo.
Al llegar a la casa de los abuelos, situada a las afueras de Palenque, rodeada por una selva verde, fresca y llena de sonidos de animales, las niñas sintieron una mezcla de emoción y un poco de curiosidad. Mamá Lupita les explicó que durante esos días no habría televisión, celulares ni videojuegos. En cambio, descubrirían la magia que esconde la naturaleza y cómo compartir momentos sencillos puede ser la aventura más increíble.
Desde la primera mañana, el despertar fue diferente. El canto de los pájaros era el reloj natural que las despertaba, y el aire fresco de la selva las invitaba a estirar sus brazos y respirar profundo. Guadalupe, que tenía once años, observaba con fascinación los árboles gigantes que parecían alcanzar el cielo, mientras Alicia, de nueve, se maravillaba al ver las mariposas de colores brillantes revoloteando entre las flores.
El abuelo, un hombre sabio y paciente, las esperaba para comenzar su primera aventura. “Hoy, las llevaré a conocer un lugar muy especial”, dijo con una sonrisa, “una antigua pirámide maya escondida entre toda esta selva que guarda muchas historias y secretos”. Las niñas sintieron que comenzaba la verdadera aventura.
Caminando por senderos estrechos, rodeados de helechos, lianas y el murmullo constante de la selva, el abuelo contaba cómo, hace muchos años, los ancestros habitaban este lugar y vivían en armonía con la naturaleza. Guadalupe caminaba atenta, tratando de imaginar cómo sería aquella época, mientras que Alicia tiraba pequeñas ramas para escuchar el sonido que hacían.
De repente, Papá Domingo, que había ido detrás para ayudar si era necesario, encontró una señal grabada en la corteza de un árbol. «Miren, aquí hay un símbolo que parece un jaguar, un animal sagrado para los mayas», dijo señalando con el dedo. El abuelo explicó que esos símbolos eran pistas que los antiguos dejaban para comunicarse y cuidar la selva.
Al llegar a la pirámide descubrieron que, a pesar del paso del tiempo, su estructura seguía imponente y misteriosa. Las niñas quisieron subir y explorar cada rincón, con la supervisión de sus padres y abuelos. En la cima, se podía ver la selva extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba. Era un lugar mágico, lleno de historias por contar y secretos por descubrir.
La tarde llegó rápido y con ella, la tarea de regresar antes de que oscureciera. En el camino de regreso, Mamá Lupita preparaba un pícnic con frutas frescas y pan que los abuelos habían horneado. Sentados en una pequeña área abierta, entre árboles y flores, disfrutaron de la comida mientras escuchaban los cuentos del abuelo sobre seres mágicos que protegían la selva.
Uno de sus relatos hablaba de una pequeña luciérnaga que, según la leyenda, ayudaba a los viajeros a encontrar el camino cuando se perdían. Guadalupe, intrigada, comenzó a buscar alguna luciérnaga a su alrededor, mientras el sol empezaba a esconderse y la oscuridad se hacía presente poco a poco.
Esa noche, antes de dormir, la abuela les enseñó a las niñas algunas canciones tradicionales y les habló de la importancia de respetar la naturaleza y a las personas mayores. Les dijo que la tecnología estaba muy bien, pero que nada reemplazaba el tiempo en familia y el contacto con el mundo que nos rodea.
A lo largo de esos días, las aventuras siguieron. En la mañana siguiente, exploraron un río cercano donde pudieron observar peces de colores y jugar con el agua, mientras el abuelo les enseñaba a leer los movimientos de las nubes y a entender el lenguaje de las aves. Mamá Lupita y Papá Domingo aprovecharon para cocinar en una fogata, compartiendo las tareas mientras contaban anécdotas familiares.
Sin pantallas ni dispositivos, Alicia y Guadalupe comenzaron a notar cosas que antes no les llamaban la atención: el olor a tierra mojada después de la lluvia, el sabor dulce de la miel que las abejas recolectaban en el jardín, la suavidad de las hojas y el misterio de los sonidos nocturnos.
Una tarde, Papá Domingo llevó a las niñas a conocer un pequeño cenote, una piscina natural de agua cristalina y fresca. Nadaron y rieron, sintiendo la libertad que solo la naturaleza puede dar. Guadalupe pensó que ese momento era como estar dentro de un cuento mágico, como los que les había contado el abuelo.
El tiempo pasó volando, y en cada día vivieron pequeñas aventuras que les enseñaron a apreciar lo que tenían sin necesitar de la tecnología. Las niñas entendieron que la naturaleza es una gran maestra, que ellos mismos forman parte de ella y que la convivencia con los abuelos era un tesoro lleno de amor y saberes antiguos.
El último día, Mamá Lupita preparó una gran cena con platillos típicos de la región, y la familia entera se reunió para celebrar la Navidad rodeados por el silencio y la paz de la selva. No hubo ruido de aparatos electrónicos, pero sí muchas risas, canciones y abrazos que calentaban el alma.
Antes de regresar a la ciudad, Alicia y Guadalupe prometieron regresar pronto a Palenque y seguir aprendiendo de sus abuelos y de la naturaleza, llevando en su corazón la magia de esas vacaciones de diciembre, donde encontraron que la verdadera aventura está en los momentos compartidos y en el respeto por el mundo que nos da vida.
Así, terminó esa maravillosa experiencia que les enseñó que, aunque el mundo moderno es fascinante, hay magia en la sencillez, en las raíces, y en el amor que une a una familia cuando se aleja del ruido para escuchar los latidos del bosque y del corazón.
Cuentos cortos que te pueden gustar
Bellas plumas brillan plácidamente bajo brisas plácidas produciendo placenteros placeres brutalmente plenos y profundamente brillantes siempre
La Gran Aventura del Barco Pirata
La Gran Aventura de Draco y Benja
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.