En la ciudad de Colores Vivos, donde los edificios parecían pintados con los tonos más brillantes del arcoíris, se encontraba una pequeña oficina conocida como «El Refugio de los Números». Aquí trabajaban Mateo, Lucia, Mariana y Paco, cuatro amigos que compartían tanto risas como responsabilidades.
Mateo era el más joven y siempre estaba lleno de energía; era alto y delgado, con cabello negro corto que siempre mantenía impecable. Lucia, con su larga cabellera roja y rizos que danzaban al ritmo de sus movimientos, era la creativa del grupo. Mariana, la más organizada, llevaba gafas y tenía un cabello rubio corto que reflejaba su personalidad práctica y directa. Por último, estaba Paco, cuyo semblante alegre y calvo brillaba como un faro de buen humor.
Era fin de mes, y el aire estaba cargado de tensión. Todos los empleados de «El Refugio de los Números» se preparaban para el gran cierre mensual, una época del mes donde el tiempo parecía correr más rápido que de costumbre. La tarea era clara: debían presentar a sus jefes un resumen completo de todas las ventas y compras realizadas por la empresa durante el mes. Aunque sonaba sencillo, había un desafío considerable: Mateo y Paco, a quienes les faltaba formación formal en contabilidad, enfrentaban grandes dificultades para comprender algunos de los procesos necesarios.
«¿Cómo se supone que hagamos esto?» suspiró Mateo, mirando los montones de facturas y documentos esparcidos sobre su escritorio.
«No te preocupes, Mateo, lo resolveremos juntos. Siempre lo hacemos,» respondió Lucia con una sonrisa tranquilizadora.
Mariana, al escuchar la preocupación en la voz de Mateo, se acercó con su laptop bajo el brazo. «Vamos a dividir las tareas. Yo puedo encargarme de organizar las facturas y generar los informes preliminares. Lucia, ¿podrías ayudar a verificar que todas las cifras sean correctas?»
«¡Claro!» exclamó Lucia, mientras Paco, que había estado observando en silencio, asintió con determinación.
A medida que la tarde se convertía en noche, cada uno de los amigos tomó su rol con seriedad. Mariana organizaba, Lucia verificaba, y Paco, junto a Mateo, se encargaban de digitalizar documentos y aprender sobre la marcha. Fue una maratón de números, colores y café, mucho café.
En un momento, mientras Mateo luchaba por entender un complicado software de contabilidad, Paco se acercó con dos tazas de chocolate caliente. «Aquí tienes, amigo. A veces, un poco de chocolate es mejor que entender todos los números del mundo.»
Mateo no pudo evitar sonreír. «Gracias, Paco. No sé qué haría sin ustedes.»
Así pasaron las horas, cada minuto contaba y cada tarea completada era una pequeña victoria. Cuando finalmente llegó la medianoche, el equipo había terminado. Exhaustos pero satisfechos, se miraron unos a otros con orgullo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.