Cuentos Clásicos

Elías y el valor de aprender

Lectura para 8 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Elías tenía 8 años y, como la mayoría de los niños de su edad, le gustaba jugar con sus amigos, montar en bicicleta y pasar tiempo con su mamá. Pero había algo que le preocupaba mucho: había reprobado tercero de primaria. Al ver que todos sus compañeros avanzaban al siguiente grado, mientras él debía repetir el curso, Elías se sentía triste y confundido. No entendía por qué le costaba tanto aprender cuando sus amigos parecían hacerlo sin problemas.

Una tarde, Elías llegó a casa después de su último día de clases. Su mamá, que siempre lo recibía con una sonrisa, notó que esta vez algo no estaba bien.

—¿Cómo te fue hoy, hijo? —preguntó mientras lo abrazaba.

Elías evitó mirarla a los ojos y, con un tono apagado, respondió:

—Reprobé, mamá. No podré seguir con mis amigos. Soy tonto, nunca voy a aprender como los demás.

Su mamá se agachó hasta quedar a su altura y le puso una mano en el hombro.

—Elías, cariño, no eres tonto. Todos aprendemos a ritmos diferentes, y eso está bien. Lo importante es que no te rindas. Repetir un curso no significa que no puedas hacerlo, solo significa que necesitas un poco más de tiempo para entender las cosas.

Elías suspiró. Aunque las palabras de su mamá lo reconfortaban un poco, seguía sintiéndose diferente, como si nunca pudiera ponerse al mismo nivel que los demás niños. Lo que más le dolía era la idea de no estar en la misma clase que sus amigos, especialmente su mejor amiga Yuli, con quien siempre había compartido risas y aventuras.

—Pero Yuli… Ella ya no estará conmigo en clase. Ella va a avanzar, y yo me quedaré atrás —dijo con tristeza.

La mamá de Elías sonrió con dulzura.

—Yuli sigue siendo tu amiga, y eso no va a cambiar. Los amigos verdaderos están contigo sin importar lo que pase. Además, sé que ella te apoyará, como yo lo hago.

Los días pasaron, y aunque Elías seguía sintiéndose inseguro, algo en su interior comenzaba a cambiar. Decidió que no iba a rendirse. Si iba a repetir el curso, entonces haría todo lo posible por mejorar y entender las materias que le costaban tanto.

Al comenzar el nuevo año escolar, Elías entró al salón de clases con el estómago revuelto por los nervios. Aunque algunos de los niños de su clase eran nuevos para él, se sorprendió al ver a su amiga Yuli esperando en la puerta del colegio con una gran sonrisa.

—¡Elías! —gritó mientras corría hacia él—. ¡Te estaba esperando!

Elías sonrió, aliviado de ver a su amiga. Aunque estaban en clases diferentes, Yuli seguía siendo la misma amiga alegre que siempre lo apoyaba.

—No te preocupes por nada —le dijo Yuli mientras le daba una palmada en la espalda—. ¡Sé que lo harás genial este año!

Con el apoyo de su mamá y su amiga, Elías decidió poner todo su esfuerzo en sus estudios. Al principio, no fue fácil. Las matemáticas seguían siendo confusas, y a veces, las palabras se enredaban en su mente cuando intentaba leer. Pero su mamá siempre estaba a su lado, ayudándolo con paciencia, explicando las lecciones una y otra vez hasta que Elías comenzaba a entender.

Una tarde, después de varias semanas de esfuerzo, Elías estaba sentado en su escritorio, concentrado en un problema de matemáticas. Era uno de esos problemas que el año anterior no había podido resolver. Su lápiz se movía lentamente por el papel, y, de repente, algo hizo clic en su mente.

—¡Lo entendí! —gritó emocionado, levantando el cuaderno en el aire.

Su mamá, que estaba en la cocina, corrió al oír el grito.

—¿Qué pasó, Elías? —preguntó, preocupada.

—¡Entendí el problema! ¡Finalmente lo entendí!

La sonrisa en el rostro de su mamá era tan grande que casi se le llenaron los ojos de lágrimas. Abrazó a Elías y le dijo:

—Sabía que podías hacerlo, hijo. Estoy muy orgullosa de ti.

Esa noche, mientras se preparaba para dormir, Elías se dio cuenta de algo muy importante: el hecho de haber reprobado un curso no significaba que no pudiera aprender. Solo necesitaba más tiempo, paciencia y, sobre todo, creer en sí mismo.

A medida que avanzaba el año escolar, Elías comenzó a mejorar en todas sus materias. Ya no se sentía tan perdido en las clases, y, aunque todavía había cosas que le costaban, sabía que con esfuerzo podía superarlas. Su confianza creció, y también lo hizo su amor por el aprendizaje.

Un día, cuando estaba en el recreo, Yuli se acercó a él.

—¿Sabes? —le dijo ella—. Estoy orgullosa de ti, Elías. Has trabajado muy duro, y sé que te va a ir genial este año.

Elías sonrió, sintiéndose más seguro que nunca.

—Gracias, Yuli —respondió—. He aprendido que no importa cuántas veces te caigas, lo importante es levantarse y seguir adelante.

Yuli lo miró con admiración.

—Tienes razón. Además, no estás solo. Siempre estaré aquí para apoyarte.

Elías miró a su alrededor. Sabía que las cosas no siempre serían fáciles, pero había aprendido una lección que llevaría consigo para el resto de su vida: el verdadero éxito no se mide por lo rápido que llegas, sino por tu capacidad para seguir adelante, sin importar cuántos obstáculos encuentres en el camino.

Y así, con el apoyo de su mamá y su mejor amiga, Elías siguió esforzándose cada día, sabiendo que cada pequeño paso que daba lo acercaba más a sus metas. Pero Elías pronto se dio cuenta de que no solo estaba mejorando en sus estudios, sino que también estaba desarrollando algo más importante: la confianza en sí mismo.

En las semanas siguientes, comenzaron a llegar más desafíos, pero esta vez, en lugar de sentirse derrotado, Elías los enfrentaba con una nueva actitud. Las matemáticas ya no le parecían un muro imposible de escalar, sino un desafío que podía superar con paciencia. En el aula, cuando el maestro hacía preguntas difíciles, Elías empezó a levantar la mano, aunque no siempre tuviera la respuesta correcta.

Un día, el maestro dio un examen sorpresa. Al principio, Elías sintió un nudo en el estómago. Recordó el miedo que siempre había tenido a los exámenes, pero luego respiró hondo y se recordó a sí mismo todo el esfuerzo que había puesto en sus estudios. «He trabajado mucho», pensó, «y no importa si no es perfecto, lo importante es intentarlo».

Elías se concentró, leyendo cada pregunta con calma y pensando en las lecciones que había repasado con su mamá. Cuando terminó, sintió una sensación de logro, independientemente de cuál fuera el resultado.

Unos días después, el maestro devolvió los exámenes. Elías, con el corazón acelerado, recibió su examen y, al abrirlo, vio una calificación que lo hizo sonreír. No era un puntaje perfecto, pero era mucho mejor de lo que esperaba. Había mejorado notablemente, y lo mejor de todo, ¡lo había logrado solo!

—¡Mira, mamá! —dijo emocionado al llegar a casa—. ¡Saqué una buena nota en el examen!

Su mamá lo abrazó con orgullo.

—Sabía que podías hacerlo, Elías. Esto es solo el comienzo. Lo más importante es que nunca te rindas.

Elías sonrió, sintiendo que sus esfuerzos finalmente estaban dando frutos. Pero lo más valioso que había aprendido en todo ese tiempo no era solo resolver problemas matemáticos o mejorar en sus exámenes. Había aprendido a no rendirse, a seguir adelante a pesar de las dificultades, y a creer en sí mismo, incluso cuando las cosas parecían difíciles.

Con el tiempo, Elías también empezó a ayudar a otros compañeros que, como él, tenían dificultades para aprender. Se dio cuenta de que, al haber pasado por esos desafíos, podía entender cómo se sentían. En lugar de sentirse avergonzado por haber reprobado un curso, Elías se sentía orgulloso de haber superado sus propios obstáculos.

Un día, mientras ayudaba a uno de sus compañeros a entender un problema de matemáticas, Yuli se le acercó con una sonrisa.

—¿Sabes, Elías? Eres muy bueno explicando las cosas. Creo que podrías ser un gran maestro algún día.

Elías se rió, pensando en lo mucho que había cambiado desde el comienzo del año.

—¿Yo, maestro? —dijo, todavía con una pizca de incredulidad—. Quizás, pero ahora sé que, si me lo propongo, puedo hacer lo que sea.

Yuli le dio una palmadita en la espalda.

—¡Exactamente! Ese es el espíritu. Siempre creí en ti.

Al final del año escolar, cuando llegó el momento de los exámenes finales, Elías se sintió más preparado que nunca. Ya no tenía el miedo que lo paralizaba antes. Sabía que, sin importar el resultado, había crecido mucho como persona y como estudiante.

Cuando salieron las calificaciones finales, Elías había aprobado con buenos resultados. La alegría en su corazón era inmensa, pero no solo por haber superado sus dificultades académicas. Lo que más lo llenaba de orgullo era haber aprendido a no rendirse, a confiar en sí mismo y a buscar siempre mejorar, paso a paso.

Esa tarde, mientras paseaba con su mamá por el parque, Elías reflexionó sobre todo lo que había vivido en ese año.

—Sabes, mamá —dijo mientras miraba el cielo—, este ha sido un año difícil, pero también ha sido el mejor de mi vida. He aprendido tantas cosas, no solo en la escuela, sino también sobre mí mismo.

Su mamá lo miró con ternura.

—A veces, los desafíos nos ayudan a descubrir lo fuertes que somos —le dijo—. Estoy muy orgullosa de ti, Elías.

Elías la miró y sonrió. Sabía que aún habría desafíos por delante, pero ahora estaba seguro de que podía enfrentarlos. Había aprendido una lección valiosa que lo acompañaría para siempre: con esfuerzo, paciencia y el apoyo de las personas que nos quieren, podemos superar cualquier obstáculo y alcanzar nuestras metas, sin importar lo difícil que parezcan al principio.

Y así, Elías continuó su camino, no solo como un mejor estudiante, sino como un niño que había descubierto el verdadero poder de no rendirse nunca.

Fin.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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