En un pequeño pueblo, olvidado por el tiempo y situado en medio de frondosos bosques, vivían cinco amigos inseparables: Lupita, Pedro, Luis, Tatiana y Luisa. Ellos crecían juntos, jugando, explorando y haciendo travesuras desde que eran muy pequeños. Cada día era una nueva aventura, llena de risas y alegría.
Una mañana soleada, mientras los rayos del sol se filtraban entre las hojas verdes, Lupita, que tenía una gran imaginación, propuso que fueran a explorar el bosque que rodeaba su pueblo. «¡Vamos a buscar un tesoro escondido!», exclamó con entusiasmo. Sus ojos brillaban con la idea de encontrar algo mágico. Pedro, siempre dispuesto a la acción, se unió al entusiasmo de Lupita. “¡Sí! ¡Vamos a ser cazadores de tesoros!”, gritó.
Luis, un poco más cauteloso, dijo: «Pero, ¿y si nos perdemos?» Tatiana, siempre optimista, respondió: «No te preocupes, Luis, si seguimos el sendero nunca nos perderemos». Luisa, la más pequeña del grupo, asintió con una gran sonrisa, emocionada por la idea de la aventura.
Después de prometerles a sus familias que volverían antes del anochecer, los cinco amigos se adentraron en el bosque. El aire estaba fresco y perfumado con el aroma de las flores silvestres. Mientras caminaban, comenzaron a escuchar susurros entre los árboles. «¿Escuchan eso?», preguntó Lupita, llenando su voz de misterio. «Quizás son los espíritus del bosque que cuidan el tesoro».
Luis, sintiéndose un poco inquieto, miró hacia atrás, pero Tatiana lo animó a seguir adelante. «No hay de qué preocuparse. Solo son cuentos. ¡Vamos, que la aventura nos espera!» Así que siguieron caminando, dejando que la emoción guiara sus pasos.
Después de un rato de caminata, llegaron a un claro donde encontraron una piedra grande, cubierta de musgo y rodeada de deliciosas fresas silvestres. “¡Un lugar perfecto para descansar y comer!”, dijo Luisa, corriendo hacia las fresas. Los otros niños se unieron a ella, disfrutando del jugo dulce que les dejaba en las manos.
Mientras estaban sentados, Pedro empezó a contar historias de tesoros perdidos que había leído en libros. Pero de repente, salió de entre los arbustos un extraño personaje. Era un anciano, vestido con una túnica desgastada y con un sombrero raído que proyectaba una sombra misteriosa. “¿Buscan un tesoro?”, preguntó con voz profunda. El grupo de amigos se quedó sorprendido y un poco asustado.
“Sí, sí, lo estamos buscando”, respondió Lupita, tratando de disimular su miedo. El anciano sonrió y dijo: “Si realmente desean encontrarlo, deben superar tres pruebas. Pero cuidado, la vanidad y la tristeza pueden hacer que lo pierdan todo”.
Los niños, intrigados, aceptaron el desafío. El anciano comenzó a explicar la primera prueba: tendrían que cruzar un puente que se encontraba más adelante, custodiado por un enorme dragón. “No temas, hay una forma de hacerlo. Cada uno de ustedes debe contar lo que les hace sentir felices, y así el dragón les permitirá pasar”, aconsejó el anciano.
Con valentía, el grupo decidió avanzar. Al llegar al puente, efectivamente, encontraron al dragón, que era más grande de lo que habían imaginado. Su aspecto no era aterrador, pero tenía una mirada sabia y profunda. “¿Quiénes se atreven a cruzar? Deben compartir su felicidad”, retó el dragón.
Lupita fue la primera en hablar. “A mí me hace feliz jugar con mis amigos y ver cómo el sol brilla en el cielo”, dijo, sonriendo. El dragón asintió. Luego fue el turno de Pedro. “Me encanta correr en el bosque y sentir el viento en mi cara”, declaró. Nuevamente, el dragón asintió.
Luis, sintiéndose un poco más inseguro, dijo: “Mi felicidad viene de aprender cosas nuevas y descubrir el mundo”. Tatiana, con su voz llena de energía, aportó: “A mí me hace feliz contar historias y escuchar las risas de mis amigos”. Finalmente, Luisa, un poco tímida, dijo: “Me hace feliz estar con todos ustedes y sentirme amada”.
El dragón, conmovido por las palabras del grupo, les permitió cruzar el puente. “Las palabras de la felicidad son más poderosas de lo que creen”, dijo mientras se retiraba. Los niños estaban emocionados y sentían que estaban un paso más cerca del tesoro.
Una vez al otro lado, los amigos se sintieron más fuertes y unidos. “¡Vamos a por la próxima prueba!”, exclamó Tatiana. El anciano los había advertido que habría tres pruebas, así que continuaron su camino.
Al poco tiempo, llegaron a un bosque oscuro y espeso donde se escuchaban lamentos y gemidos. En medio del camino había un pequeño rinconcito donde encontraron a un lobo triste. El animal no parecía agresivo, sino más bien angustiado. “¿Por qué lloras, querido lobo?”, le preguntó Luisa con voz dulce.
El lobo levantó la vista. “Me siento solo. Mis amigos se han ido y no sé cómo volver a ser feliz”, respondió con un susurro. Los niños comprendieron que la tristeza del lobo era profunda y decidieron ayudarle. “No tienes por qué estar solo. Aquí estamos nosotros. Puedo contarte una historia”, dijo Tatiana.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Tradición de la Tortillería San Bernardo: Donde la Calidad y la Pasión se Entrelazan desde 1973
María y Ramón en el Bosque Mágico
Antonio Alberto y el Partido Decisivo
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.