Cuentos Clásicos

La Luna que Ilumina la Oscuridad de mi Vida

Lectura para 10 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas y campos verdes, una familia que vivía en una casita antigua, un lugar que, a simple vista, parecía tranquilo y apacible, pero en su interior guardaba muchas tormentas invisibles. En aquella casa, una noche de luna llena que iluminaba el cielo con un brillo plateado, nació una niña llamada Luna. No llegó a nacer en un hospital porque sus padres, en ese momento, estaban enfrascados en una fuerte discusión y no se dieron cuenta de que el tiempo apremiaba. Fue la abuela, que vivía en la casa vecina, quien ayudó a que la bebé viniera al mundo con mucho amor y cuidado. Por eso, y por la luna resplandeciente que aquella noche brillaba en el cielo, decidieron llamarla Luna.

Desde su nacimiento, Luna tuvo una vida muy particular. Su hermano Mateo nació cuatro años después, en mejores condiciones, pues para entonces sus padres ya llevaban algo más de calma. Mateo fue el hermano que Luna más quiso y protegió desde que él era un bebé. Sin embargo, pese a que Luna siempre soñó con tener una familia feliz, su realidad no fue tan sencilla ni tan dulce como la luna que acompañaba su nombre.

Luna creció observando cómo sus padres no lograban encontrar paz entre ellos. Sus discusiones eran constantes y fuertes, como tormentas que estallaban sin aviso en las tardes y noches. Intentaba ayudar, intentaba unirlos, inventaba juegos para que todos se rieran juntos, preparaba pequeñas sorpresas y trataba de hacer que las sonrisas llenaran la casa, pero nada funcionaba. Cada vez que parecía que todo mejoraría, comenzaban de nuevo las peleas, las palabras duras, los reproches, y el silencio frío que seguía después.

Su madre era una mujer muy joven, que a veces parecía perdida en un mundo diferente. Luna no entendía por qué pasaba tanto tiempo con otros hombres y, en ocasiones, veía cosas que no le gustaban: cosas peligrosas, que hablaban de drogas y preocupaciones que una niña de su edad no debía conocer. La mamá vendía cosas para ganar dinero, decía, pero Luna sentía miedo y tristeza cuando veía cómo aquello afectaba a su familia. Su padre no estaba mejor. Cuando ya no pudieron estar juntos, él comenzó a salir con otra mujer que no era amable. Luna presenció momentos dolorosos en los que esa chica trataba mal a su padre, y aunque él intentaba ocultar su sufrimiento, Luna sentía ese dolor profundo que a veces no podía explicar con palabras.

La abuela, caritativa y dulce, siempre fue un refugio para Luna y Mateo. Ella contaba historias, cantaba canciones y trataba de llenar los días con esperanza. Sin embargo, la abuela no vivía con ellos, y la casa a menudo se quedaba en silencio o llena de discusiones.

Los años fueron pasando y, aunque Luna creció fuerte, valiente y optimista, su esperanza de que la familia se uniera no se apagaba. Imaginaba que algún día, bajo una noche de luna llena como la que la vio nacer, todo cambiaría y la felicidad reinaría en su hogar. Pero la tristeza parecía ser una sombra constante que no se desvanecía.

Una tarde, después de un episodio muy fuerte en la casa de su padre, Luna decidió que era hora de contar su verdad. Había guardado mucho tiempo en silencio lo que pasaba y cómo se sentía viendo la violencia, las peleas y el dolor. Fue a la escuela, habló con la maestra y con la directora, y finalmente una persona cercana a ella la acompañó a un juzgado para contar lo que ocurría en su vida diaria. Luna explicó con voz firme y con lágrimas en los ojos que nadie se estaba ocupando de ella ni de Mateo de la manera que ellos merecían, que la casa donde vivían no era un lugar seguro y que sus padres ya no podían cuidarlos.

El juzgado escuchó atentamente, y después de algunos días, tomó una decisión pensando en el bienestar de Luna y su hermano. Mientras tanto, un equipo de personas amables se acercó a ellos, y Luna fue enviada a un orfanato donde otros niños también vivían, acompañado de maestros y cuidadores que se preocupaban por ayudar a quienes, como ella, necesitaban un lugar seguro y un poco de amor.

Aunque al principio Luna extrañaba mucho a su familia, pronto empezó a comprender que el amor también podía encontrarse en otros lugares y personas. La abuela, que siempre había estado a la distancia, siguió visitándola, trayéndole cuentos, abrazos y palabras de ánimo. Mateo y ella se mantuvieron cerca también, compartiendo sus sueños y esperanzas en las tardes tranquilas bajo la luz de la luna.

Con el tiempo, Luna aprendió que a veces las familias cambian, y que está bien buscar la felicidad donde sea posible. Nuevas familias aparecían en el orfanato, y la directora les contaba que cada niño tenía la posibilidad de encontrar un hogar donde pudiera ser amado y protegido. Luna soñaba con ese día, con la luna llena iluminando un nuevo comienzo.

Los años no fueron fáciles, pero Luna nunca perdió su luz interna, esa fuerza que la ayudaba a ser valiente y a creer en los días mejores. La luna, siempre presente en sus noches, le recordaba que, aunque la oscuridad parezca grande y triste, siempre hay una luz que nos guía y nos acompaña.

Así, Luna comprendió que aunque su historia no había sido perfecta, ella tenía el poder de escribir su futuro y de encontrar personas que la amaran por quien era. Mateo y ella no estaban solos, y juntos, con la ayuda de su abuela y las nuevas personas por las que ahora se rodeaban, empezarían a construir un camino lleno de esperanza.

Y es que, al final, la luna no solo alumbraba el cielo, sino también la oscuridad que había en la vida de una niña llamada Luna, transformando su tristeza en fuerza y su soledad en amor.

La vida de Luna enseñó que a veces las circunstancias familiares pueden ser difíciles y dolorosas, pero siempre hay esperanza y ayuda. No importa cuán oscura parezca la noche, siempre hay una luz que puede iluminar nuestro camino hacia la felicidad. A través del valor, la verdad y la búsqueda de apoyo, cada persona puede encontrar su lugar seguro y construir un futuro lleno de amor y alegría. Luna, con su nombre y su corazón lleno de sueños, nos recuerda que nunca debemos perder la esperanza.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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