Cuentos Clásicos

La Sonrisa del Futuro Brillante de Mateo

Lectura para 8 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Mateo era un niño de nueve años que cursaba cuarto grado en la escuela primaria del pueblo. Siempre llevaba una sonrisa brillante, tan alegre que parecía iluminar cualquier lugar en el que estuviera. Su cabello castaño y sus ojos grandes y curiosos hacían que todos en la escuela lo consideraran no solo un chico guapo, sino también muy simpático. Más allá de su apariencia, Mateo era un niño independiente: podía atarse las agujetas, preparar sus útiles escolares y organizar sus tareas sin ayuda. Además, tenía una inteligencia especial que lo llevaba a entender las cosas rápidamente y a inventar juegos divertidos con sus compañeros.

Un día, mientras caminaba hacia la escuela, Mateo recordó una historia que su abuela le contaba cada noche antes de dormir. Era un cuento clásico, de esos que han pasado de generación en generación, llamados «El Jardín Secreto». Esa historia hablaba de una niña que, a través de la curiosidad y el amor por la naturaleza, encontraba un jardín abandonado que, al cuidarlo, volvía a florecer hermosamente. Mateo decidió que él también quería encontrar un lugar especial donde pudiera aprender, explorar y ayudar a que las cosas mejores.

Ya en clase, su maestra, la señora Clara, les pidió que el fin de semana escribieran sobre un lugar mágico donde les gustaría pasar un día entero. Mateo pensó en el jardín secreto del cuento y se lo contó a sus dos mejores amigos: Sofía y Luis. Sofía era una niña creativa que amaba dibujar, siempre vestía con colores brillantes y llevaba el cabello recogido en dos coletas; Luis, por su parte, era valiente y le encantaban los animales. Los tres decidieron que, después de la escuela, saldrían a buscar un lugar mágico en su propio barrio.

El viernes llegó, y Mateo, Sofía y Luis se encontraron en el parque central. Caminaron entre los árboles, exploraron detrás de los arbustos, y hasta buscaron dentro de las pequeñas cuevas formadas por las rocas. Sin embargo, no encontraron nada que pareciera un jardín secreto. Ya casi al comenzar a cansarse, Mateo miró hacia una calle poco transitada y notó que había una puerta antigua, con la pintura desconchada y un pequeño cartel que decía “Prohibido pasar”. Pero, ¿no era acaso esa una señal de que ahí podría haber algo especial? Los tres amigos miraron sus rostros y decidieron, con mucho cuidado, asomarse por la rendija.

Lo que vieron los dejó sin aliento: un jardín olvidado y cubierto de hojas secas y ramas caídas, pero entre ellas asomaban pequeñas flores de colores, mariposas volando, y un enorme árbol en el centro que parecía contar historias con sus ramas. Mateo recordó que su abuela había dicho que los lugares mágicos a veces necesitan a alguien que los cuide para recuperar su belleza y secretos.

Entonces, los tres niños tomaron una decisión: cuidarían de ese jardín para devolverle la vida. Cada tarde, después de la escuela, llevaban agua, barrían, plantaban semillas y cantaban canciones para que el jardín se sintiera feliz. Mateo, con su inteligencia, diseñó un plan para que todos en el barrio pudieran ayudar. Sofía dibujó carteles coloridos para invitarlos, y Luis se encargó de contarles a los vecinos sobre la idea de recuperar ese lugar tan especial.

Poco a poco, el jardín comenzó a transformarse. Las flores crecían más fuertes, los árboles parecían más verdes, y hasta los pájaros regresaron a cantar sus melodías. La gente del barrio, contagiada por la felicidad y el entusiasmo de Mateo y sus amigos, comenzó a pasar tiempo en el jardín, a tener picnics, a jugar y a cuidar de las plantas.

Un día, la directora de la escuela vino a visitarlos. Ella se sorprendió al ver lo que habían logrado y les dijo a los niños que ese jardín podría ser un espacio para aprender. Así, la escuela organizó talleres sobre plantas, mariposas y hasta cuentos al aire libre, justo donde Mateo, Sofía y Luis habían trabajado con tanto cariño. La sonrisa de Mateo brillaba más que nunca, porque sabía que su idea había cambiado no solo un lugar, sino la forma en que todos veían el mundo a su alrededor.

A medida que pasaban los meses, Mateo siguió creciendo como un niño alegre, independiente e inteligente, pero además aprendió el valor de la paciencia, el amor por la naturaleza y la importancia de trabajar en equipo. Su vida estaba llena de momentos felices y nuevas aventuras, siempre con la sonrisa que eclipsaba cualquier nube gris.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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