Borja era un niño muy especial, aunque nadie en el mundo lo había visto aún de la forma en que él realmente era. Ahora, en un lugar muy distinto al que solía conocer, Borja estaba viviendo una aventura maravillosa. Desde el momento en que llegó a ese nuevo lugar, supo que algo mágico le estaba por suceder.
—Mamá Andrea —comenzó a contar Borja con mucha emoción—, quería decirte que este lugar donde estoy viviendo ahora es un lugar muy lindo. Hay tantos niños de mi edad, y todos son tan diferentes, pero eso es lo que lo hace tan divertido. Algunos tocan la batería con tanta alegría que parece que el ritmo nunca termina; otros juegan fútbol con una pasión que contagia y otros más aman bailar, se mueven al ritmo de una música que todavía no dejo de escuchar en mi corazón. Y yo, mamá, yo juego a todo eso con ellos. Corro, bailo, juego al gol y hasta intento tocar la batería. ¿Sabes? Me estoy divirtiendo muchísimo.
Borja suspiró, y una luz suave parecía brillar a su alrededor mientras recordaba todo lo vivido.
—Mamá, te tengo una sorpresa más —continuó—. Me encontré con mi hermana Cata, y ¡qué alegría fue verla! Nos pusimos súper felices cuando nos volvimos a ver. Ella es la que me cuida acá, igualita a ti en tantas cosas. Me recuerda a ti cuando sonreís, cuando me abrazás fuerte y cuando me hablas con esa voz tan dulce que tiene mamá Andrea. Me encanta saber que ella está cerca de mí, cuidándome y acompañándome en este lugar tan mágico.
Borja cerró los ojos un momento, porque quería sentir todavía más fuerte ese cariño, ese amor que lo unía con su familia, aunque todos estuvieran separados por algo que nadie puede explicar con palabras comunes.
—Quiero que sepan algo, mamá y papá Mati —dijo con voz suave como una brisa—. Siempre los estoy viendo y los siento en cada instante. Estoy cerca de ustedes, aunque no me puedan tocar ni ver. Y aunque parezca extraño, les tomo las manos, las que ustedes no pueden ver, para darles mi fuerza y decirles que nunca están solos. Soy yo, su Borja, aquí, siempre junto a ustedes.
El lugar donde ahora se encontraba Borja era un sitio lleno de nubes blanditas y colores brillantes, como si el cielo se hubiera convertido en su nuevo hogar. Allí corrió tan rápido que casi parecía que volara, y a veces pensaba que, si su mamá y su papá pudieran verlo, estarían muy sorprendidos.
Borja se impulsaba con fuerza, saltaba y, aunque sus pies nunca tocaban el suelo porque ya no estaba en ese mundo, él sentía como si sus movimientos lo elevasen cada vez más alto. Volar era lo que más le gustaba. El viento acariciaba su rostro y las risas de los niños con los que jugaba le llegaban como un eco suave que lo llenaba de felicidad.
En un momento, Borja se detuvo para observar todo a su alrededor. Allí estaban los niños de bata negra que tocaban la batería con entusiasmo y la pequeña Maya, una niña de sonrisa contagiosa que bailaba alrededor de ellos con tanta gracia que parecía flotar sin gravedad. También estaba Tomás, un niño que no paraba de correr y patear la pelota mientras sonreía. Todos tenían algo especial, como Borja, y juntos formaban una familia sin que ninguno lo supiera.
—A veces, pienso —dijo Borja en voz alta— que este lugar está hecho para niños como nosotros, para los que todavía no han terminado de aprender algo muy importante.
Y entonces apareció Hermana Cata, una niña con ojos llenos de ternura y unos brazos que parecían hechos para dar los abrazos más fuertes y seguros del mundo.
—Borja, ¿quieres que te enseñe algo? —preguntó ella, sonriendo.
—¡Claro que sí! —respondió Borja con entusiasmo.
Cata se acercó y, tomando la mano de Borja, le mostró cómo cerrar los ojos y sentir el viento que los rodeaba.
—Para aprender a volar de verdad —explicó— hace falta algo más que correr rápido o saltar. Hace falta aprender a confiar en uno mismo y en el amor que nos rodea.
Borja lo intentó una y otra vez. Respiraba profundo, sentía cómo su corazón latía fuerte y, de repente, sus pies ya no tocaban nada, y él estaba flotando más alto que nunca. Podía ver el mundo desde arriba, los árboles, las casas de su mamá y papá, y los campos donde solía jugar. Todo se veía tan pequeño, tan frágil y a la vez tan lleno de vida.
—Mamá Andrea, papá Mati, ¡miren! —gritó Borja con alegría—. Estoy volando, estoy volando, justo aquí, arriba, donde las nubes hacen un colchón suave para mis sueños.
Sus palabras se perdían en el viento, pero sentía que llegaban hasta ellos, que les llegaban, aunque fuera en sus corazones y en el silencio.
Borja aprendió que volar no significaba solo moverse por el aire. Volar era sentir la libertad de ser él mismo, de no tener miedo y de amar sin límites. Era entender que aunque ahora estuviera lejos, nunca dejaría de estar cerca de sus seres queridos.
A veces, cuando la tristeza invadía el corazón de mamá Andrea o papá Mati, Borja les enviaba un beso que viajaba por el cielo, tan lento y suave que parecía una caricia que llegaba para decirles: “Estoy bien, los quiero tanto”.
Hermana Cata y Borja corrían juntos de un lado a otro, y en cada carrera descubrieron cómo la felicidad podía ser tan simple como una risa compartida o una canción que nace sin palabras. El lugar donde estaban era un lugar para soñar, para crecer y para nunca olvidar que la fuerza más poderosa en el universo es el amor.
—No quiero que ustedes lloren tanto —pensaba Borja cada día—. Entiendo que tengan pena, pero también sé que la tristeza se puede convertir en esperanza. Porque aunque ahora no me puedan abrazar, nos tenemos en los recuerdos, en las palabras y en los silencios que hablan más fuerte que cualquier cosa.
Un día, mientras volaban juntos sobre una montaña de nubes rosas, Borja miró hacia abajo y vio un arcoíris que parecía unir el cielo con la tierra.
—Ese arcoíris es nuestro puente —dijo Borja a Cata—. Un puente que nunca se romperá, porque está hecho de amor, recuerdos y sueños.
Hermana Cata asintió y tomó la mano de Borja con fuerza, como si ese lazo fuera lo más valioso que tenían.
Y así, entre nubes y recuerdos, Borja el niño que aprendió a volar descubrió que la verdadera magia no está en lo que uno puede ver, sino en lo que siente y en la esperanza que nunca se pierde. Que aunque a veces los caminos se separen, el amor siempre los une y que, incluso en el lugar más inesperado, se puede encontrar la felicidad.
Borja sabía que algún día, mamá Andrea y papá Mati lo volverían a ver, y que hasta entonces, él seguiría jugando, corriendo y bailando con sus nuevos amigos, porque ahora era un niño que había aprendido a volar no solo con el cuerpo, sino con el corazón. Y eso, pensó mientras se elevaba más alto que nunca, era el regalo más hermoso que podía compartir con su familia.
Y con esa certeza en su alma, Borja siguió su vuelo, libre y feliz, cuidando y amando desde las alturas a todos los que lo esperaban con los brazos abiertos. Porque el amor verdadero siempre encuentra la manera de volar.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.