En un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes y brillantes, había un lugar muy especial que todos conocían pero pocos se atrevían a visitar: el Bosque Encantado. Este bosque estaba lleno de árboles altos cuyas hojas brillaban como esmeraldas bajo el sol y cuyos troncos estaban cubiertos de musgo suave y brillante. Los habitantes del pueblo contaban historias sobre criaturas mágicas y susurros misteriosos que emanaban de su interior, pero ninguna era tan emocionante como la que vivieron tres amigos: Amalia, Vicente y Gabriela.
Amalia era una niña curiosa, con cabello rizado y una sonrisa contagiosa. Siempre le había fascinado la idea de explorar el bosque y descubrir sus secretos. Vicente, su mejor amigo, era un niño aventurero, de piel morena y ojos oscuros, que nunca decía que no a una buena aventura. Gabriela, por otro lado, era un poco más cautelosa; tenía el cabello lacio y una personalidad tranquila y sabia. Ella siempre pensaba antes de actuar, pero eso no significaba que no estuviera dispuesta a seguir a sus amigos en sus locuras.
Un día, mientras estaban jugando en el parque del pueblo, Amalia miró hacia las colinas y dijo: “¡Tengo una idea! ¿Qué tal si vamos al Bosque Encantado? He escuchado que hay una fuente mágica que puede conceder deseos.” Vicente, emocionado, respondió: “¡Eso suena increíble! ¿Y si encontramos un tesoro? ¡Vamos ya!”.
Gabriela, aunque un poco preocupada, no podía negar la emoción que sentía al pensar en la idea de ver la fuente mágica. Así que finalmente, los tres amigos acordaron ir al bosque al día siguiente por la mañana.
A la mañana siguiente, con mochilas llenas de bocadillos y un mapa que Vicente había dibujado, partieron hacia el Bosque Encantado. Al llegar al borde del bosque, se enfrentaron a una entrada imponente. Los árboles se alzaban sobre ellos, creando un arco natural que los invitaba a entrar.
“¿Deberíamos entrar?” preguntó Gabriela, un poco temerosa. Pero Amalia la miró con determinación y le dijo: “¡Por supuesto! ¡La aventura nos espera!” Vicente, lleno de energía, apoyó a Amalia: “¡Vamos, Gabriela! No hay nada que temer. Solo serán unos minutos de diversión y descubrimiento”.
Con una mezcla de emoción y nerviosismo, Gabriela finalmente accedió y juntos dieron el primer paso en el bosque. Los árboles susurraban entre ellos, como si compartieran secretos antiguos, mientras los rayos de sol se filtraban a través de las hojas, creando un espectáculo de luces y sombras.
A medida que caminaban, encontraron una senda cubierta de flores de colores brillantes. “¡Mira estas flores! Son preciosas”, exclamó Amalia, agachándose para olerlas. Mientras se detenían a admirar el paisaje, un pequeño pájaro azul voló sobre sus cabezas y empezó a cantar una melodía alegre.
“Creo que el bosque está vivo”, susurró Vicente, maravillado. “Es como un mundo mágico, lleno de sorpresas”. De repente, un ligero viento comenzó a soplar, y Gabriela sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. “Esperen… ¿escucharon eso?” dijo, deteniéndose en seco.
“¿Qué pasa?” preguntaron Amalia y Vicente, mirándola curiosos. Gabriela cerró los ojos y escuchó atentamente. “Es un susurro… parece venir de aquella dirección”, señaló, apuntando a un sendero que se alejaba entre los árboles.
Sin pensarlo dos veces, los amigos decidieron seguir el susurro. A medida que avanzaban, la melodía del canto del pájaro se unió a los murmullos del bosque. Era como si todos los seres del lugar estuvieran celebrando su llegada. Con cada paso que daban, la emoción crecía en su interior.
Después de un rato, llegaron a un claro donde se alzaba una impresionante fuente de piedra cubierta de musgo y flores. El agua brotaba con una suavidad que parecía un canto en sí mismo. “¡La fuente mágica!” gritaron al unísono, corriendo hacia ella.
Amalia se acercó primero y miró el agua brillante. “¿De verdad crees que concederá deseos?” preguntó con una mezcla de asombro e incredulidad. Vicente, decidido, dijo: “¡Vamos a averiguarlo! ¿Cuál es tu deseo, Amalia?”
“Yo… deseo tener un libro que contenga todas las historias del mundo”, respondió sin dudar. Entonces, Amalia cerró los ojos, hizo una pequeña oración y arrojó una moneda en la fuente. Al instante, el agua chisporroteó y una suave brisa las rodeó.
“Ahora soy yo”, dijo Vicente, emocionado. “Deseo encontrar un tesoro escondido que me lleve a una gran aventura”. Hizo lo mismo que su amiga y lanzó su moneda al agua. Gabriela los observaba, sintiendo que su corazón latía más rápido. Aunque le gustaba la idea de los deseos, también le preocupaba lo que podría ocurrir.
Finalmente, llegó su turno. “Mi deseo… deseo encontrar un camino seguro para regresar a casa”, murmuró, casi para sí misma. Arrojó la moneda con la esperanza de que su deseo, aunque sencillo, también se hiciera realidad.
Después de que los tres hicieron sus deseos, el agua de la fuente comenzó a brillar intensamente. Los amigos intercambiaron miradas de asombro, pero de repente, un destello iluminó el claro, y en un abrir y cerrar de ojos, apareció una criatura mágica frente a ellos.
Era un duende pequeño y simpático, con grandes ojos brillantes y un gorro puntiagudo. “¡Hola, pequeños soñadores!” dijo el duende con una voz melodiosa. “Soy Timo, el guardián de este bosque encantado. ¿Acaso han hecho deseos en mi fuente mágica?”.
Los niños asintieron deslumbrados. “Sí, Timo. ¡Estamos tan emocionados!”, dijo Vicente. “¿Podemos recibir nuestros deseos?”. Timo sonrió y respondió: “Los deseos están llenos de poder y magia, pero recuerden, no siempre se cumplen de la manera en que uno espera”.
Los amigos se miraron con curiosidad. Timo continuó: “Amalia, tu deseo es profundo y sabio. Las historias son el alma de este mundo. Vicente, tu deseo de aventura es valiente, pero recuerda que a veces los tesoros no son solo materiales. Y tú, Gabriela, tu deseo es el más importante. La seguridad es lo que todos buscamos, así que ven conmigo”.
Sin duda alguna, los tres niños decidieron seguir a Timo a través del bosque. Mientras caminaban, Timo les explicó sobre el Bosque Encantado y sus secretos. Habló de los árboles que podían hablar, de las flores que brillaban por la noche y de las criaturas que habitaban en su interior.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.