En lo profundo de un bosque donde los árboles parecían susurrar secretos y las flores bailaban al compás del viento, vivía un mago solitario. Su casa era una mezcla colorida de retazos y pedacitos que parecían pegados con magia: ramas, hojas, conchas y cristales que brillaban al sol. El mago, de barba larga y ojos chispeantes, se sentía a veces triste porque, aunque tenía hechizos y conjuros, lo que más anhelaba en su corazón era encontrar el amor. La luna, grande y luminosa, era su única amiga y compañera. Cada noche, la luna llenaba el cielo de plata y le hablaba desde lo alto, dándole palabras sabias y cálidas que calmaban su soledad.
—No te rindas, mago —le susurraba la luna mientras derramaba su luz sobre el bosque—. El amor es como la luz entre las hojas, a veces escondido, pero siempre real y brillante.
Un día, mientras el mago caminaba entre los altos árboles, una luz pequeña como un destello apareció frente a él. Era un hada, pequeñita y brillante, con alas hechas de tela de colores y hojas pegadas en su vestido, como un collage vivo que bailaba con la brisa. El hada sonrió y le habló con voz dulce:
—He escuchado la tristeza de tu corazón, mago. Yo también busco compañía y alegría. ¿Quieres compartir conmigo este bosque encantado?
El mago sintió que el frío de su soledad se derretía como el hielo al sol. Los dos comenzaron a pasar sus días explorando senderos ocultos, contando historias a los árboles y descubriendo flores con formas de corazoncitos. La luna los miraba desde arriba, encantada, iluminando cada momento con su luz plateada.
Pero, en la sombra del bosque, algo oscuro y frío observaba con ojos que no reflejaban ningún brillo. Era El Mal, una sombra negra y retorcida, a la que no le gustaba ver la felicidad de los demás. Su forma parecía un remolino de pedazos rotos, como un collage desordenado de tristeza y enojo, llena de grietas y espinas. La envidia le quemaba como un fuego invisible porque deseaba tener el amor que el mago y el hada compartían.
Una noche, cuando la luna estaba oculta tras gruesas nubes, El Mal decidió actuar. Con un soplo frío y sombrío, atrapó al hada y la hizo desaparecer entre las sombras. El mago, al descubrir que su amiga querida se había esfumado, se llenó de tristeza y miedo, pero también de valentía. No podía quedarse mirando la oscuridad ganar.
—Luna, ¿qué haré? —preguntó con voz temblorosa, mirando la plata que aún brillaba aunque tímida—. Mi amiga, mi amor… ha desaparecido.
La luna, siempre sabia, le habló con calma:
—Cuando todo parece perdido, recuerda que dentro de ti hay una luz que ni la oscuridad más profunda puede apagar. Busca con el corazón abierto y con la esperanza como faro.
El mago emprendió un camino que parecía hecho de espejos y formas extrañas, un bosque surrealista donde los árboles tenían ojos y las piedras susurraban rumores. Cada paso era un enigma, cada sombra una pregunta. Pero con cada palabra de la luna, el mago sintió su corazón fuerte, como un tambor que nunca deja de sonar.
En ese extraño camino, encontró un pájaro hecho de papel de colores que cantaba una melodía invisible. El pájaro le dijo:
—Para encontrar lo perdido, primero debes dar. En cada gesto de bondad, la luz crece y las sombras retroceden.
El mago entendió que debía seguir sembrando amor y ayudar a todo lo que veía. Entonces empezó a curar flores marchitas, a dar abrigo a los pequeños animalitos y a cantar canciones que la luna le recordaba. Cada acto de amor era una chispa que iluminaba el camino.
Finalmente, en una pradera llena de luces y fragmentos de estrellas, el mago vio una figura brillante atrapada en telarañas de oscuridad: era el hada, pero su brillo comenzaba a apagarse. El Mal estaba cerca, intentando retenerla para siempre.
—¡No, no te rindas! —gritó el mago, extendiendo sus manos y enviando un remolino de luces que parecían pinceladas de colores y destellos de papel recortado. Su magia era ahora más fuerte, porque estaba hecha de amor y esperanza—. Juntos somos invencibles.
El hada, con un esfuerzo de luz, rompió las cadenas oscuras y alzó el vuelo. El Mal chilló y se deshizo en miles de fragmentos, dispersos por el viento como hojas secas.
La luna, desde lo alto, brilló con más fuerza que nunca, iluminando el abrazo del mago y el hada, que ahora juntos daban luz al bosque entero.
Desde entonces, el mago y el hada vivieron creando alegría y amor, recordando siempre que las sombras solamente pueden reinar cuando el amor se oculta. Pero si el corazón tiene esperanza y se abre a los demás, la luz siempre gana.
Y cada noche, la luna seguía hablándoles, recordándoles que la magia más poderosa no está en los hechizos, sino en el amor que se comparte y en la valentía de nunca rendirse.
Así, el bosque se convirtió en un lugar donde incluso los más pequeños fragmentos parecían contar grandes historias, y donde la luz siempre encontraba la manera de asomar entre las hojas y las sombras. Porque cuando el amor es verdadero, no hay fuerza oscura que pueda apagar su brillo.
Y colorín, colorado, este cuento de amor y magia en el bosque ha terminado.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.