Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas nevadas, cuatro amigos inseparables: Lucas, Marta, Pablo y Ana. Cada año, el espíritu navideño llenaba el aire con alegría y magia, pero ese año sería diferente, muy diferente.
Era una fría tarde de diciembre cuando los cuatro amigos se reunieron en la casa de Lucas para planear sus aventuras navideñas. Lucas, con su cabello castaño alborotado y su bufanda roja, lideraba el grupo. Marta, con sus coletas rubias y su abrigo verde, siempre tenía las mejores ideas. Pablo, el chico de gafas y chaqueta azul, era el cerebro del equipo. Y Ana, con su cabello rizado negro y su gorro amarillo, aportaba valentía y determinación.
«Ese año, debemos hacer algo especial,» dijo Marta mientras sorbía una taza de chocolate caliente. «Escuché que hay una vieja casa abandonada en el bosque. Dicen que está encantada.»
«¿Una casa encantada?» preguntó Ana, sus ojos brillando de emoción. «¡Eso suena perfecto para una aventura navideña!»
Pablo, siempre el más cauteloso, ajustó sus gafas y dijo: «No estoy seguro, chicos. He oído historias sobre esa casa. Dicen que está habitada por el espíritu de una Navidad perdida.»
Lucas se levantó y con una sonrisa desafiante dijo: «¡Vamos! No podemos dejar pasar esta oportunidad. Además, juntos podemos enfrentarnos a cualquier cosa.»
Y así, abrigados hasta las orejas y con linternas en mano, los cuatro amigos se adentraron en el oscuro y helado bosque. La nieve crujía bajo sus pies y el viento silbaba entre los árboles, creando sombras inquietantes a su alrededor. Después de caminar por lo que parecieron horas, finalmente llegaron a la vieja casa. Era una estructura de madera desgastada, con ventanas rotas y una puerta que colgaba de una bisagra.
«Esto da miedo,» murmuró Pablo.
«Es perfecto,» dijo Marta con una sonrisa.
Con cuidado, empujaron la puerta y entraron. El interior estaba oscuro y frío, y el polvo cubría cada superficie. Sin embargo, lo más inquietante era el silencio. No había sonido alguno, ni siquiera el del viento. Avanzaron lentamente por la casa, explorando cada habitación. En una de las habitaciones encontraron un viejo árbol de Navidad, decorado con adornos antiguos y luces apagadas.
«¿Quién decoraría un árbol aquí?» preguntó Ana, mientras examinaba un adorno en forma de estrella.
De repente, las luces del árbol se encendieron por sí solas, y una voz suave y melancólica llenó la habitación. «¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué han venido aquí?»
Los amigos se quedaron paralizados, mirando a su alrededor en busca del origen de la voz. Entonces, apareció una figura etérea, una niña con un vestido blanco y ojos tristes. «Soy el espíritu de la Navidad perdida,» dijo. «Hace muchos años, esta casa estaba llena de alegría y risas. Pero una noche, algo terrible sucedió y desde entonces, la Navidad nunca volvió a ser la misma aquí.»
«¿Qué sucedió?» preguntó Lucas, dando un paso al frente.
«Un hechizo fue lanzado sobre esta casa,» explicó el espíritu. «Un hechizo que atrapó la Navidad en un ciclo eterno de tristeza. He estado sola aquí, año tras año, esperando a alguien que pueda romper el hechizo.»
«¿Cómo podemos ayudarte?» preguntó Marta, con el corazón conmovido por la historia del espíritu.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.