Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de verdes colinas y ríos cristalinos, vivía una niña llamada Maya. Maya tenía solo cinco años, pero ya era muy curiosa y soñadora. Tenía el pelo castaño que siempre llevaba en dos trenzas y unos grandes ojos marrones llenos de vida y curiosidad. Vivía con sus padres, Juan y Sonia, en una acogedora casita de madera con un jardín lleno de flores coloridas y árboles frutales.
Juan, su padre, tenía alrededor de 35 años y trabajaba como carpintero. Tenía el pelo moreno y siempre estaba sonriente, aunque sus manos fuertes y callosas mostraban lo duro que trabajaba cada día. Sonia, su madre, era una mujer de 30 años con el pelo castaño y una sonrisa cálida que iluminaba cualquier habitación. Sonia era maestra en la escuela del pueblo y adoraba enseñar a los niños, siempre animándolos a seguir sus sueños.
Desde muy pequeña, Maya había mostrado un gran interés por aprender. Le encantaba escuchar las historias que su madre le leía cada noche y se quedaba absorta viendo cómo su padre construía muebles con destreza. Pero lo que realmente fascinaba a Maya era el cuerpo humano y la medicina. Pasaba horas hojeando los libros de biología que encontraba en la biblioteca y siempre estaba atenta cuando algún adulto mencionaba algo relacionado con doctores o hospitales.
Un día, después de una visita al médico, Maya le dijo a sus padres: «Quiero ser médica cuando sea grande». Juan y Sonia intercambiaron una mirada de orgullo y asombro. Sabían que su pequeña hija tenía un gran corazón y una mente brillante, y estaban dispuestos a apoyarla en todo lo que necesitara para alcanzar su sueño.
Sin embargo, no todo era fácil para Maya. En la escuela, sus compañeras de clase a menudo se burlaban de ella porque siempre estaba estudiando. La llamaban «ratón de biblioteca» y se reían de sus sueños de convertirse en médica. Aunque sus palabras la lastimaban, Maya nunca dejó que la desanimaran. Sabía que para alcanzar sus metas, tendría que esforzarse mucho y nunca rendirse.
Cada día, Maya se levantaba temprano para ayudar a su madre en la cocina antes de ir a la escuela. Después de las clases, pasaba horas en la biblioteca leyendo y haciendo sus tareas. A pesar de las burlas, Maya continuó trabajando duro y sacando muy buenas notas. Sus padres siempre estaban ahí para animarla y recordarle lo orgullosos que estaban de ella.
Cuando Maya cumplió 18 años, estaba más decidida que nunca a hacer realidad su sueño. Se había graduado de la escuela con las mejores notas de su clase y había sido aceptada en una prestigiosa universidad de medicina en la ciudad. Aunque la idea de mudarse lejos de casa la asustaba un poco, Maya sabía que era un paso necesario para alcanzar su meta.
La vida en la universidad era desafiante. Maya pasaba largas horas estudiando y practicando en el hospital, pero nunca se quejaba. Sabía que cada momento de esfuerzo la acercaba más a su sueño de ayudar a los demás como médica. Además, había encontrado amigos que compartían su pasión por la medicina y juntos se apoyaban mutuamente en los momentos difíciles.
Un día, durante su último año de universidad, Maya recibió una llamada inesperada. Su madre, Sonia, había enfermado gravemente y necesitaba una operación urgente. Sin pensarlo dos veces, Maya tomó el primer tren de regreso a su pueblo. Al llegar, se dio cuenta de que su madre estaba en muy malas condiciones y que la operación era muy complicada.
Con el corazón en la mano, Maya decidió hablar con el equipo médico encargado del caso de su madre. Les explicó que era estudiante de medicina y que conocía bien el estado de salud de su madre. El equipo, impresionado por su conocimiento y determinación, permitió que Maya asistiera en la operación.
La operación fue un éxito, y Sonia se recuperó completamente. Juan y Sonia no podían estar más orgullosos de su hija. Gracias a su esfuerzo y dedicación, Maya había salvado la vida de su madre. Este evento reforzó aún más su deseo de convertirse en una excelente médica y ayudar a tantas personas como fuera posible.
Después de graduarse con honores, Maya regresó a su pueblo para trabajar en el hospital local. Quería devolver a su comunidad todo el apoyo que había recibido a lo largo de los años. Sus antiguos compañeros de clase, que alguna vez se habían burlado de ella, ahora la miraban con admiración y respeto. Habían aprendido que la dedicación y el trabajo duro siempre dan frutos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.