Cuentos de Valores

El Universo Interior de Lúa: Un Viaje a Través de la Construcción del Ser

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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En lo profundo del universo invisible que cada persona lleva dentro, habitaba Lúa, una niña de once años cuyo mundo interior era un cosmos lleno de luces, sonidos y figuras en constante movimiento. Pero no era un universo cualquiera, era un universo animado, donde cada rincón, cada estrella y cada corriente estaba vivo con personajes que representaban partes importantes de su desarrollo y de quién estaba llegando a ser. En este mundo escondido dentro de ella, distintas fuerzas y seres trabajaban juntos o a veces discutían, mientras Lúa crecía y aprendía a entenderse un poco más cada día.

El primero en aparecer en este universo interior era Torrente, la Pulsión. Imposiblemente veloz y lleno de energía, Torrente era como un río caudaloso que nunca se detenía. Siempre llevaba a Lúa a moverse, a actuar, a querer y descubrir sin parar. Torrente jamás se cansaba; era la energía constante que la impulsaba a correr cuando veía un perro, a dibujar cuando tenía colores en las manos, a preguntar cuando tenía dudas. “¡Vamos, Lúa, vamos! –decía Torrente con voz vibrante–, el mundo está lleno de sorpresas y tú debes explotarlas todas.” Torrente era importante, porque sin él, nada cambiaría, nada se movería, y Lúa se quedaría quieta sin ganas ni fuerzas.

Pero Torrente no caminaba solo. Siempre lo acompañaban otros cuatro amigos que representaban cosas que Lúa necesitaba para lograr lo que quería: Esfuerzo, Fuente, Objeto y Meta. Esfuerzo era un personaje silencioso pero muy firme, con músculos fuertes aunque no demasiado grandes. Él le recordaba a Lúa que ni siquiera la energía de Torrente era suficiente sin querer esforzarse, intentarlo una y otra vez, sin rendirse cuando las cosas se ponían difíciles. “Cada paso cuenta,” le repetía con voz calma, “aunque te canses, sigue, porque el logro está cerca.”

Fuente, por otro lado, era un manantial claro y refrescante. No era una persona, sino un lugar –un surtidor de ideas, de fuerza– al que siempre podía volver para renovarse. Cuando Lúa se sentía agotada o triste, Fuente aparecía con agua cristalina para saciar su sed y darle ánimo. “Aquí tienes lo que necesitas,” susurraba, “bebiendo un poco de esta agua, todo será un poco más fácil.”

El Objeto, sin embargo, era una figura misteriosa, cambiante, que simbolizaba aquello que Lúa deseaba alcanzar. A veces era un juguete brillante, otras un abrazo cálido, o una palabra amable de un amigo. Representaba las cosas que podían hacer feliz a Lúa, las pequeñas o grandes recompensas que animaban a Torrente y a Esfuerzo a seguir adelante.

Y luego estaba Meta. Meta era la más especial de todos, aunque no siempre la más visible. Ella era la Satisfacción, el destino hacia donde todos los esfuerzos y energías se dirigían. Meta no apuraba ni demandaba, esperaba pacientemente y recibía con una sonrisa luminosa cada vez que Lúa lograba algo, por pequeño que fuera. “Llegaste,” decía dulce y tranquila, “disfruta de este momento que tú misma construiste.”

En ese universo, mientras Torrente tiraba de Lúa hacia nuevas aventuras, estos cinco compañeros trabajaban como un equipo, aunque no siempre sabían entenderse bien. Un día, por ejemplo, Torrente quería que Lúa saltara a un charco a pesar de la ropa mojada, pero Esfuerzo le decía que debía pensar en las consecuencias si se enfermaba. Fuente ofrecía una brisa fresca que calmaba las disputas, mientras Objeto cambiaba de forma, esperando que Lúa escogiera lo que más le gustara. Meta, tranquila, simplemente observaba todo porque al final, lo importante era que Lúa fuera feliz y satisfecha con lo que escogiera.

Pero la historia no terminaba ahí. En otro rincón del universo de Lúa parecía haber un pequeño ser curioso llamado Labio. Labio era juguetón y dedicado justamente a buscar placer a través de la boca. Amaba los sabores: el dulce de los helados, el salado de las patatas, los colores y texturas de cada cosa que Lúa ponía en su boca. Labio representaba ese deseo infantil que Lúa tenía por experimentar el mundo de forma directa, por disfrutar del contacto y el sabor, sin preocuparse mucho por nada más. Junto a Labio estaba Vigía, que era como un centinela atento y sabio. Vigía vigilaba para que la búsqueda de alimento y placer fuera segura, para que Lúa no se hiciera daño ni comiera cosas que pudieran hacerla sentir mal. Vigía aconsejaba desde las sombras, y a veces corregía a Labio con paciencia, porque sabía que buscar placer era bueno, pero también había que hacerlo con cuidado.

Cuando Lúa era más pequeña, un día llegó al universo interior otro visitante llamado Bruma. Bruma era extraña, porque le gustaba cubrir todo con un manto blanquecino que hacía difícil recordar cosas que pasaron en la niñez. La dulzura y confusión de Bruma representaba la amnesia infantil, ese velo que cubre con suavidad los primeros años de vida y que convierte en un misterio a muchos recuerdos tempranos. Bruma no quería causar daño, simplemente protegía a Lúa de algunas memorias que todavía eran muy pequeñas para entender. Así, poco a poco, Lúa aprendió a aceptar que no todos los momentos podían conservarse con claridad, y que eso también formaba parte del crecimiento.

Tras ese periodo de juegos, sabores y recuerdos envueltos en bruma, Lúa enfrentó una etapa que en su interior se siente como un pequeño duelo. Era la Fase Fálica, un momento en que surgen sentimientos de deseo y también problemas, como el llamado Complejo de Edipo. En ese rincón, esperaba un personaje extraño llamado Mentor, el Superyó, que apareció cuando Lúa tuvo que comenzar a entender que no todo se puede hacer o querer al mismo tiempo, que hay reglas, límites y responsabilidades que cumplir.

Mentor no estaba para reprimir ni para castigar, sino para enseñar con voz firme pero justa. “Lúa,” decía, “hay responsabilidades que cuidar, personas a las que respetar y momentos para pensar antes de actuar. Tu corazón es fuerte, pero también tu mente debe aprender a guiarlo.” Mentor ayudó a Lúa a renunciar a deseos egoístas o impulsivos, a reconocer que la convivencia con otros es necesaria y valiosa para vivir en armonía. A veces Mentor era estricto y Lúa se sentía frustrada, pero pronto entendió que aquel personaje era un amigo extraño que buscaba protegerla y ayudarla a ser mejor.

Tras ese tiempo un poco turbulento, el universo de Lúa se aquietó y se instaló la calma en el espacio interior. Era el Periodo de Latencia, una etapa en la que el torrente de emociones se apaciguaba, y el universo encontraba momentos de paz para sembrar ideas, aprender y descansar. Durante esta etapa, los cinco amigos –Torrente, Esfuerzo, Fuente, Objeto y Meta– seguían trabajando juntos como un equipo sólido, apoyándose mutuamente y preparando el terreno para lo que vendría. Lúa se sentía protegida y lista para avanzar.

Finalmente, después de ese tiempo de cultivo, llegó la Fase Genital, el momento en que todo el universo de Lúa comenzaba a reorganizarse para buscar un tipo nuevo de placer: uno adulto, que implicaba más que comida o juegos, más que impulsos o límites. En esta etapa, apareció una nueva figura llamada Eco, que representaba el objeto externo hacia el que Lúa comenzaba a volcar su energía y deseo. Eco era un reflejo de la vida, el amor, la conexión profunda con los demás y consigo misma.

En este cambio trascendental, los personajes del universo interior se alinearon. Torrente seguía impulsando pero ahora con más sabiduría; Esfuerzo daba constancia; Fuente renovaba fuerzas; Labio moderaba el deseo inmediato, y Mentor acompañaba la conducta con respeto y límites. Meta, por supuesto, brillaba con más fuerza, porque después de tanto trabajo, la Satisfacción alcanzaba nuevos niveles, ahora vinculados no solo a cosas o actos puntuales, sino a relaciones significativas y a la felicidad profunda.

Lúa sentía su mundo interior lleno y completo, un universo vivo y cambiante donde cada personaje, cada fuerza y cada emoción tenían un sentido, una tarea y un lugar. Aprendió que dentro de ella habitaban muchas partes, y que todas eran necesarias para crecer, para ser feliz y para llevar adelante su vida. Entendió que el universo de cada persona no es solo una mente o un corazón, sino un conjunto de fuerzas que trabajan juntas para construir el ser.

Así, en cada paso, en cada decisión, en cada sueño, Lúa pudo mirar hacia adentro y descubrir que su propio universo interior era el mayor tesoro que tenía. Un universo donde la energía, el esfuerzo, el placer, los límites y las metas se unían para hacerla única y fuerte. Y con esa certeza, Lúa continuó su camino, sabiendo que en su interior siempre habría un cosmos listo para ayudarla a ser la mejor versión de sí misma.

Y tú, lector, ¿te gustaría descubrir también el universo que llevas dentro? Porque, como Lúa, todos tenemos en nuestro interior un mundo animado lleno de personajes que nos acompañan y nos guían en el gran viaje de crecer y aprender a ser felices. Solo hace falta mirar con atención, escuchar y dejar que cada parte de ti te muestre su magia. Así, día a día, te convertirás en ese ser único y maravilloso que solo tú puedes ser.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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