En la curiosa ciudad de Ñampazampa, donde ningún humano podría vivir, se alzaba una inmensa montaña de basura en el centro de todo. Cáscaras de plátano, envases de yogurt, montones de papeles y cartones decoraban el paisaje de un modo peculiar y desordenado.
Plastilín, Papelina y Comilona eran tres amigos inseparables que compartían un problema en común: un hambre insaciable y un hogar lleno de basura, pero no de cualquier tipo. Plastilín, un pequeño monstruo de colores vivos y brillantes, adoraba masticar trozos de plástico. Papelina, con su cuerpo hecho de papeles arrugados y cartones, se deleitaba con cada pedazo de papel que encontraba. Y Comilona, siempre alegre, no podía resistirse a las mondas de frutas y vegetales que se escondían entre los desechos.
Un día, mientras exploraban una nueva pila de desechos recién llegada, Plastilín propuso una idea audaz. «¿Y si limpiamos nuestra ciudad y hacemos de Ñampazampa un lugar más bonito para vivir?» sugirió con entusiasmo.
Papelina, siempre la más práctica del grupo, aplaudió la idea. «¡Podríamos construir cosas nuevas con todo lo que recogemos! Imagina, muebles de papel y plástico, ¡y hasta una casa para cada uno!» exclamó, imaginando las posibilidades.
Comilona, que nunca decía que no a una aventura, saltó de felicidad. «¡Y seguro que encontraremos más comida en el proceso!» agregó, pensando en las delicias que podrían descubrir bajo la basura menos reciente.
Así comenzaron su misión. Día tras día, los tres amigos separaban los desechos: plásticos para Plastilín, papeles para Papelina y restos orgánicos para Comilona. A medida que limpiaban, la montaña de basura se reducía, y en su lugar comenzaban a aparecer coloridos edificios reciclados que ellos mismos diseñaban y construían.
Poco a poco, otros habitantes de Ñampazampa empezaron a notar el cambio. Atraídos por la transformación, se unieron al esfuerzo. Insectos, roedores y aves, cada quien aportaba lo suyo. Los pájaros tejían nidos con tiras de plástico y papel, mientras que los ratones organizaban pequeñas colecciones de semillas y frutos secos.
Después de varias semanas de arduo trabajo, Ñampazampa se había transformado. Ya no era una ciudad de basura, sino un ejemplo vibrante de reciclaje y comunidad. Plastilín, Papelina y Comilona, exhaustos pero satisfechos, miraban su obra desde lo alto de la última pila de basura, ahora convertida en un hermoso parque.
«Lo hemos logrado,» dijo Plastilín, «hemos convertido nuestro hogar en un lugar hermoso y sostenible.»
Papelina asintió, orgullosa de su nuevo entorno. «Y lo mejor de todo, cada uno de nosotros ha ayudado a su manera,» agregó.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.