Érase una vez en un pequeño pueblo llamado Sabiduría, donde la gente vivía en armonía y siempre se ayudaban entre sí. En este pueblo habitaban cuatro amigos inseparables: Estrepsíades, un curioso y soñador niño; Fidípides, un atleta lleno de energía; Sócrates, un sabio que siempre tenía una frase que dar a sus amigos; y Acredor, un inventor con un talento innato para crear cosas útiles. Juntos, formaban un equipo extraordinario que resolvía problemas en su comunidad, siempre armados con valores como la amistad, la responsabilidad y el respeto.
Un día, mientras jugaban cerca del río verdoso que atravesaba su pueblo, recibieron una noticia preocupante. La anciana señora Antonia, la más querida de Sabiduría, había convocado a todos los vecinos en la plaza. Con el rostro demacrado y la voz temblorosa, explicó que su casa, que había sido su hogar durante más de cincuenta años, necesitaba reparaciones urgentes. Las lluvias habían dañado el techo y las paredes estaban comenzando a agrietarse. La señora Antonia, viuda y sin hijos, se sentía sola y preocupada por no poder arreglar su hogar.
Al escuchar esto, Estrepsíades no dudó en decir: “¡Debemos ayudarla! No podemos dejar que su casa se caiga a trozos”. Fidípides, siempre dispuesto a actuar, asintió con fuerza. “¡Claro! ¡Nosotros podemos hacer un plan y reunir a todos los chicos del pueblo!”. Sócrates, con su habitual serenidad, levantó su mano y dijo: “Es un magnífico gesto, amigos. Pero no sólo deberíamos pensar en ayudar, también debemos aprender de este acto de bondad y responsabilidad”.
Acredor sonrió y añadió: “Yo puedo diseñar un sistema que facilite las reparaciones. Tal vez una especie de máquina que recoja materiales de construcción de manera más rápida”. Así, entusiasmados y llenos de energía, los cuatro amigos decidieron llevar a cabo un plan para ayudar a la señora Antonia.
Durante los días siguientes, cada uno se encargó de una tarea específica. Fidípides se convirtió en el portavoz que motivaba a sus compañeros y reclutaba a los niños del pueblo. Estrepsíades se encargó de crear carteles coloridos que invitaran a los demás a unirse a la causa. Sócrates dirigió los ensayos para explicar la importancia de la responsabilidad y la compasión hacia quienes más lo necesitan. Por último, Acredor trabajaba en su nuevo invento en su taller, diseñando la máquina que facilitaría el transporte de materiales.
El día del gran evento llegó, y todos en el pueblo se reunieron en la plaza. Los niños estaban emocionados, listos para ayudar. Cuando Estrepsíades habló, su voz resonaba con optimismo y determinación: “¡Vamos a ayudar a la señora Antonia y a aprender sobre la importancia de cuidarnos unos a otros!”. Al oír sus palabras, la multitud se llenó de energía y se dispuso a trabajar.
Juntos comenzaron a reparar la casa de la señora Antonia. Con risas y alegría, los niños levantaban tablones, traían cemento y pintaban las paredes. A medida que el día avanzaba, Acredor presentaba su máquina, llamada “La Recolectora de Suministros”.
Sin embargo, durante la actividad, algo inesperado sucedió. Una gran tormenta comenzó a acercarse al pueblo. El viento soplaba ferozmente y se presagiaba una fuerte lluvia. Los niños, por un momento, se sintieron frustrados. “¿Qué vamos a hacer ahora?”, se preguntó Fidípides. “No podemos trabajar en estas condiciones”.
Sócrates, con su sabia tranquilidad, sugirió: “La tormenta nos recuerda que la naturaleza siempre debe ser respetada. Es mejor ser responsables y protegernos a nosotros mismos en lugar de arriesgarnos”. En ese momento, Acredor, viendo la preocupación en los rostros de sus amigos, decidió poner en práctica su ingenio. “¡Espere! Puedo usar mi máquina para construir un pequeño refugio aquí mismo, en el patio de la señora Antonia. Así podremos continuar trabajando cuando pase la tormenta”.
Todos se pusieron en acción. Con la ayuda de la máquina de Acredor, rápidamente levantaron un refugio donde se resguardaron de la lluvia. A medida que caían las gotas, los niños aprovechaban ese tiempo para hablar sobre lo que habían aprendido. Cada uno compartió historias sobre la importancia de la responsabilidad, el trabajo en equipo y la generosidad. La lluvia se convirtió en un momento de unión, un recordatorio de que siempre podían contar los unos con los otros.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.