Cuentos de Valores

La magia del salón de clases: Cuando la empatía cambia todo

Lectura para 8 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Lucía, Carolina y Leticia eran tres amigas que estudiaban juntas en quinto grado. Compartían casi todos los recreos y hacían los trabajos en equipo con mucha alegría, pero a veces, como pasa en todos los salones, tenían sus diferencias. Aquel año, su maestra, la señora Reyes, les decía que lo más importante en la clase no era solo aprender matemáticas o leer bien, sino también aprender a ser buenos compañeros. «La empatía», decía ella, «es la llave que abre la puerta para entender a los demás y hacer que todos nos sintamos bien.»

Un lunes por la mañana, cuando el sol apenas iluminaba el patio de la escuela, Lucía llegó un poco triste y sin ganas de jugar con sus amigas. Carolina, que siempre era muy observadora, notó que su amiga no estaba igual de animada que otros días. «¿Qué te pasa, Lucía?» le preguntó en voz baja mientras se sentaban juntas para esperar a que la señora Reyes comenzara la clase.

Lucía suspiró y explicó, «Es que anoche mis papás discutieron mucho y no pude dormir bien. Tengo miedo de que todo se pueda romper en casa.» Carolina y Leticia la miraron con preocupación, pero no sabían muy bien qué decir para que su amiga se sintiera mejor. Entonces la maestra llegó con una sonrisa dulce y empezó la clase.

Durante la mañana, la clase preparaba un proyecto sobre cómo ayudarse entre todos para que el salón fuera un lugar feliz y acogedor. La señora Reyes pidió a cada grupo que escribiera ideas de qué podían hacer para que nadie se sintiera solo o triste durante el día. Lucía se quedó callada, dibujando garabatos en su cuaderno, mientras sus amigas discutían animadamente.

Al mediodía, en el recreo, Carolina y Leticia decidieron acercarse a Lucía. «¿Quieres venir a jugar con nosotras? Podemos contar cuentos o pintar con tizas», le ofreció Leticia con una sonrisa. Lucía dudó, pero al final aceptó. Mientras pintaban, Lucía empezó a contarles algo más de lo que le estaba pasando en casa. Sus amigas la escucharon con atención y sin interrumpirla, y eso hizo que Lucía se sintiera comprendida y más tranquila.

Al día siguiente, la señora Reyes propuso una actividad llamada “Las gafas de la empatía”. Les repartió a todos unos cartones con formas de gafas que podían decorar como quisieran. La tarea era ponerse esas gafas imaginarias para intentar ver el mundo desde el punto de vista de los compañeros, especialmente de aquellos con los que no se llevaban tan bien o que parecían estar tristes o solos.

Lucía, Carolina y Leticia se sentaron juntas para hacer la tarea. Mientras decoraban sus gafas, Lucía recordó a un compañero llamado Pedro, que casi nunca hablaba con nadie y se sentaba solo en el rincón del salón. «¿Por qué será que Pedro siempre está solo?», se preguntó en voz alta. Carolina, que sabía un poco más de Pedro, contó que él había cambiado de escuela ese año porque en su antiguo salón no lo trataban bien.

«Tal vez Pedro se siente triste porque lo extraña y tiene miedo de no hacer amigos,» dijo Leticia. Las tres chicas decidieron que su proyecto no estaría completo si no ayudaban a Pedro a sentirse mejor. La señora Reyes las animó a poner en práctica “las gafas de la empatía” y así lo hicieron.

Durante la semana, Lucía, Carolina y Leticia empezaron a acercarse a Pedro y se esforzaron por incluirlo en sus juegos y conversaciones. Al principio, Pedro era tímido y no decía mucho, pero poco a poco empezó a sonreír y a participar. Un día, cuando estaban en el patio, Pedro les confesó que no sabía dibujar muy bien, pero las tres amigas lo animaron a intentarlo con ellas. Entre risas y colores, Pedro se sintió parte del grupo y eso le dio mucha alegría.

Además, las tres amigas aprendieron a ponerse en el lugar de otros compañeros que a veces parecían molestos o distraídos. Por ejemplo, cuando Andrés, otro niño de la clase, llegó una mañana con cara triste porque su mamá estaba enferma, en vez de ignorarlo o molestar, se acercaron para preguntarle si quería conversar o sólo necesitaba un rato de tranquilidad. Así, el salón poco a poco se volvió un lugar donde todos se cuidaban entre sí.

Una tarde, la señora Reyes organizó una asamblea en el aula para que cada alumno contara cómo se sentía cuando los demás compañeros mostraban empatía. Lucía levantó la mano con confianza y dijo: «Antes no entendía por qué algunos compañeros se comportaban de ciertas maneras, pero ahora que me pongo sus ‘gafas’, sé que todos tenemos problemas y estamos felices cuando nos apoyan. La empatía nos ayuda a ser amigos de verdad.»

Carolina agregó: «Aprendí que a veces, no hace falta decir mucho, solo escuchar. Escuchar con atención hace que el corazón de los demás se sienta tranquilo.»

Leticia, con una sonrisa, concluyó: «Y también descubrí que cuando somos empáticos, todos ganamos. El salón se llena de alegría y nadie se siente solo.»

Desde aquel momento, el grupo de amigos se convirtió en un ejemplo para toda la clase. Cuando veía a alguien triste o aislado, se acercaban para ayudar. Cuando alguien necesitaba compartir, siempre había alguien dispuesto a escuchar. No importaba si era para jugar, dibujar o simplemente sentarse juntos en silencio, aprendieron que la verdadera magia estaba en entender y querer a los demás tal como son.

Un día, mientras terminaban de limpiar el aula antes de irse a casa, la señora Reyes les dijo: «Estoy muy orgullosa de ustedes. Ustedes son la prueba de que la empatía no es solo una palabra difícil, sino un valor que cambia todo en nuestro salón y en nuestras vidas. Recuerden siempre ponerse en el lugar del otro; así construirán un mundo mejor donde se sientan felices y seguros.»

Lucía, Carolina y Leticia miraron alrededor y vieron que su salón brillaba con una luz especial que no venía solo del sol, sino de la amistad, el respeto y la empatía que todos habían aprendido a compartir. Entendieron que cada pequeño gesto contado con cariño podía hacer que alguien sonriera, y que esa sonrisa podía ser el comienzo de muchas historias lindas.

Y desde entonces, cada vez que alguien entraba al aula y se sentía un poco perdido o triste, sabía que podía contar con sus amigos, porque en ese salón de clases, la magia estaba en los corazones que escuchaban y entendían a los demás.

Así concluyó una lección que no solo estaba en los libros, sino en cada gesto de ayuda, en cada palabra amable, y en el hermoso valor que es la empatía. Porque al final del día, todos somos compañeros y amigos para caminar juntos.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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