Pedro, Ana, Sofía, Juan y la Abuela María eran amigos inseparables del pequeño pueblo de Villa Verde. A pesar de tener diferentes edades y personalidades, compartían una cosa en común: siempre estaban dispuestos a aprender y a ayudarse mutuamente. La Abuela María era una mujer muy querida por todos, porque siempre tenía historias fascinantes que contar y consejos sabios que dar. Además, le encantaba cuidar de todos y, especialmente, enseñarles a tener hábitos saludables.
Un día caluroso de verano, mientras los niños jugaban en el parque, Pedro empezó a quejarse de dolor de estómago. “Creo que comí demasiados dulces”, dijo llenándose de pena, mientras Ana le pasaba un poco de agua. Sofía y Juan se miraron preocupados. “¿Qué podemos hacer para ayudar a Pedro?” preguntó Juan. En ese momento, apareció la Abuela María, que había ido a buscarlos para comer juntos una merienda.
Al ver a Pedro tan incómodo, la Abuela María sonrió con calma y les dijo: “Es posible que el estómago de Pedro necesite un poco de descanso y cuidados especiales. Venid todos conmigo, que os voy a enseñar algunos secretos para mantener el estómago saludable y fuerte.” Los niños la siguieron con curiosidad hasta su casa, donde todo olía a hierbas frescas y pan recién horneado.
Al entrar, la Abuela María les pidió sentarse alrededor de la mesa y comenzó a contarles que el estómago no solo sirve para digerir la comida, sino que es un lugar muy especial donde empieza a cuidarse nuestro cuerpo. “Si comemos muchas cosas que no son buenas o no hacemos caso a nuestro cuerpo, el estómago se enferma y nos duele”, explicó con paciencia. “Pero, si aprendemos a escucharle y a darle lo mejor, estaremos sanos y felices.” Los niños prestaban mucha atención, porque nunca habían pensado en su estómago como una parte tan importante.
De repente, tocó la puerta un vecino llamado Lucas, un chico de 12 años que siempre estaba muy activo y sabía mucho de plantas medicinales. “¿Pueden ayudar? Me dijeron que la Abuela María sabe mucho sobre remedios naturales”, dijo con una sonrisa. La Abuela María lo invitó a entrar, y los cinco se acomodaron para aprender juntos.
Primero, la Abuela María les mostró un gran frasco con agua limpia y natural y les explicó que beber agua es fundamental para ayudar a que el estómago funcione bien. “Pero no cualquier bebida es buena, el agua pura es la mejor amiga de nuestro cuerpo”, dijo mientras les servía un vaso a cada uno. Pedro bebió despacio y sintió cómo un alivio comenzaba a calmar su malestar.
Luego, sacó un montón de frutas frescas: manzanas, plátanos, naranjas y algunas bayas. “Estas frutas están llenas de fibra y vitaminas que ayudan al estómago a trabajar mejor, pero no hay que comer dulces en exceso, porque el azúcar puede lastimar nuestro estómago y hacer que se enferme.” Sofía preguntó: “¿Entonces está mal comer dulces o sólo mucho dulce?” La abuela sonrió y contestó: “Comer dulces de vez en cuando está bien, pero debemos saber cuándo parar y elegir mejor cuánto y qué comemos.”
Después, la Abuela María sacó una bolsita de hierbas secas que había recogido esa misma mañana. “Estas son menta, manzanilla y anís, ideales para ayudar a que el estómago se sienta tranquilo.” Preparó una infusión y les ofreció probarla. Juan, que no había probado antes té de hierbas, se sorprendió porque estaba dulce y refrescante. “Esto ayuda si el estómago está irritado o si nos sentimos nerviosos, porque también el estrés puede afectar nuestra barriga.” Todos asintieron, comprendiendo que la salud no sólo depende de la comida, sino también de cómo nos sentimos.
Mientras bebían la infusión, Ana dijo: “Yo a veces me siento mal cuando como rápido y no mastico bien.” La Abuela María asintió con cariño y explicó: “Exacto, Ana. Comer despacio, masticar bien y disfrutar la comida es un secreto para cuidar el estómago. Cuando comemos rápido, tragamos gases y más aire, y eso puede causar dolor y malestar.”
Los niños se miraron entre sí y se rieron, recordando las veces que habían comido corriendo para salir a jugar. Pedro comentó con una sonrisa: “Creo que aprenderé a comer más despacio, así no vuelvo a tener dolor.” La Abuela María los animó a poner eso en práctica todos los días.
Para enseñarles aún más, la abuela preparó una actividad divertida: cada uno debía imaginar que su estómago era un pequeño jardín, y tenían que pensar qué plantas (alimentos) eran buenas para cuidarlo y cuáles eran malas. Sofía dijo que las verduras y frutas eran como flores bonitas, mientras que los dulces eran como piedras que lastiman la tierra. Juan añadió que el agua era como la lluvia, que ayuda a que todo crezca sano. Pedro pensó en no comer tantos chocolates ni refrescos para proteger su jardín interior.
Terminada la actividad, la Abuela María les dio a cada uno un pequeño cuaderno para que escribieran o dibujaran lo que habían aprendido. “Así, cuando sientan dolor o incomodidad, podrán recordar cómo cuidar su estómago y qué hacer para estar bien.” Lucas, que había escuchado atentamente, les dijo: “Yo también voy a tener mi cuaderno. Además, quiero aprender más sobre las plantas que pueden ayudar para otros dolores o problemas.”
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.