En un pequeño pueblo rodeado de colinas y ríos cristalinos, vivían tres niños: Leo, Ana y Jesús. Leo era un chico de cabello castaño y ojos vivaces, conocido por su sensibilidad y gusto por actividades consideradas tradicionalmente femeninas. Ana, por otro lado, era una chica de pelo corto y rizado, amante de los deportes y juegos que muchos consideraban solo para chicos. Jesús, un niño de fuerte carácter y pelo negro como la noche, a menudo se burlaba de Leo y Ana por no ajustarse a lo que él consideraba normal para su género.
Leo, a pesar de las burlas, amaba la jardinería y el arte. Pasaba horas cuidando su jardín y creando hermosas pinturas. Ana, entusiasta y enérgica, destacaba en el fútbol y en juegos de estrategia. Sin embargo, las palabras hirientes de Jesús les causaban dolor y confusión.
Un día, durante un partido de fútbol en el colegio, Jesús se burló abiertamente de Ana por jugar «como un chico». Ana, con lágrimas en los ojos, abandonó el juego. Leo, que estaba cerca, se acercó para consolarla. Compartieron sus experiencias y decidieron que no dejarían que las palabras de Jesús definieran quiénes eran.
Mientras tanto, Jesús comenzó a notar que sus burlas habían alejado a Leo y Ana, y también a otros compañeros. Empezó a preguntarse si realmente estaba en lo correcto.
La maestra del colegio, al notar la situación, organizó una actividad especial. Invitó a un grupo de jóvenes de diferentes edades y estilos de vida para hablar con los niños sobre la diversidad, la aceptación y el respeto. Jesús escuchó atentamente las historias de personas que, como Leo y Ana, habían sido juzgadas por ser diferentes.
Conmovido por lo que escuchó, Jesús se dio cuenta de su error. Entendió que las etiquetas de género son limitantes y que cada persona es única. Decidió pedir disculpas a Leo y Ana.
Al día siguiente, se acercó a ellos en el jardín donde Leo cuidaba sus flores y Ana leía un libro sobre tácticas de fútbol. Con lágrimas en los ojos, Jesús pidió perdón por su comportamiento. Explicó cómo la charla en el colegio había cambiado su forma de pensar.
Leo y Ana, sorprendidos pero contentos por el cambio en Jesús, aceptaron su disculpa. Le enseñaron sobre sus intereses y, a cambio, Jesús compartió su pasión por la música, algo que había ocultado por miedo a ser juzgado.
Con el tiempo, los tres se convirtieron en grandes amigos. Aprendieron juntos que lo importante no es ajustarse a las expectativas de los demás, sino ser fieles a sí mismos. El pueblo empezó a notar el cambio en ellos y poco a poco, las actitudes comenzaron a cambiar.
La amistad entre Leo, Ana y Jesús se convirtió en un ejemplo de tolerancia y aceptación. Demostraron que más allá de las etiquetas de género, todos tenemos algo valioso que ofrecer.
El cuento de Leo, Ana y Jesús enseña que más allá de las etiquetas, todos somos seres humanos únicos y maravillosos. Nos recuerda la importancia de la aceptación, la empatía y, sobre todo, el valor de ser uno mismo.
Fin
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.