Cuentos de Amistad

El aroma que unió a Mateo, Pedrito y Palomita

Lectura para 4 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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Desde que Mateo nació, todos notaban algo muy particular en él: sus pies tenían un aroma muy fuerte que algunos niños no entendían. Mateo tenía tres años y en la guardería siempre estaba solo, en un rincón, mirando cómo los otros niños jugaban. Nadie se acercaba a él porque, sin saber cómo, sus pies olían muy fuerte, y eso hacía que sus compañeros no lo quisieran cerca. Aunque Mateo no entendía bien por qué pasaba eso, sentía tristeza porque no tenía con quién jugar.

En casa, sus papás, mamá Camila y papá Lucas, veían a Mateo triste y no querían que estuviera solo. Lo abrazaban mucho, lo mimaban y le compraban regalitos para que se sintiera feliz. A veces le daban peluches, otras veces libros con dibujos, y casi siempre le repetían que era un niño muy especial y lleno de cariño. Pero la verdad es que ni mamá, ni papá, ni los doctores sabían por qué a Mateo le olían tanto los pies. Lo habían llevado al doctor muchas veces, pero los médicos decían que estaba todo bien y no había nada malo. Solo que ese aroma no se iba.

En la guardería había cinco niños importantes en la vida de Mateo. Además de él, estaban dos hermanitos nuevos que un día llegaron y cambiaron todo: Pedrito y Palomita. Pedrito era un niño que andaba con una pierna de metal, porque había nacido sin una pierna de verdad. Esa pierna de metal parecía un robot y era muy dura y fuerte. Palomita, su hermana, tenía en su ojo derecho un antojo en forma de estrella, y por eso todos la miraban muy curiosos, y también a veces la llamaban diferente. Los otros niños decían que Pedrito y Palomita eran «bichos raros», porque tenían algo que no era igual a todos. Pero ellos nunca se enojaban. Al contrario, siempre sonreían y les decían a los demás que ellos eran muy especiales y que esos detalles los hacían únicos.

Un día, mientras Mateo estaba sentado solo en su rincón favorito de la guardería, esperando que alguien quisiera jugar con él, Pedrito y Palomita entraron al patio. Los niños los miraban de lejos, como siempre, pero Pedrito y Palomita se fijaron en Mateo, ese niño que siempre parecía muy triste. Sin dudarlo, se acercaron a él.

—Hola, ¿quieres jugar con nosotros? —preguntó Palomita con una sonrisa brillante.

Mateo se sorprendió. Nadie le había hablado tan amablemente antes.

—¿De verdad quieren jugar conmigo? —preguntó tímido.

—¡Claro! Somos los tres muy especiales y queremos divertirnos juntos —respondió Pedrito mientras movía su pierna de metal, que hacía un sonido chistoso cuando caminaba.

Los tres empezaron a jugar en el patio. Mateo se sentía feliz de tener amigos por primera vez. Pero entonces, al correr y saltar, Pedrito se acercó, se agachó cerca de los pies de Mateo y… olió los zapatos de su nuevo amigo. Los dos hermanos se miraron entre ellos y empezaron a reír.

—¡Jajajaja! Mateo, tus pies huelen igual al queso que más nos gusta en casa —dijo Pedrito entre risas.

—Sí, sí, y cuando estás cerca, ¡me da mucha hambre! —añadió Palomita mientras reía.

Mateo también empezó a reírse y a sentirse muy contento porque sus amigos no le tenían miedo ni lo rechazaban por su olor. Al contrario, lo aceptaban y hasta bromeaban con él.

Los tres siguieron jugando todos los días. Pedrito les mostraba cómo su pierna de metal podía hacer ruidos divertidos al caminar y les contaba que su pierna era fuerte porque era mitad robot. Palomita les contaba historias bonitas sobre su estrella en el ojo, como que su mamá siempre decía que cuando ella nació, una estrella tan bonita se quedó pegada en su cara para que todos la miraran y supieran lo especial que era.

Mateo, Pedrito y Palomita se convirtieron en los mejores amigos. Los demás niños poco a poco se fueron dando cuenta de que la pierna de metal de Pedrito no daba miedo, que la estrella en el ojo de Palomita hacía que se viera más linda y que el olor de los pies de Mateo no era molesto, sino divertido, porque les recordaba al queso que tanto les gustaba para sus meriendas.

Un día, mamá Camila y papá Lucas fueron a la guardería a buscar a Mateo. Al verlo jugar con sus nuevos amigos, se emocionaron mucho. Habían notado lo feliz que estaba y lo mucho que había cambiado. Ya no estaba solito en el rincón y no se veía triste, sino que corría y reía.

—Mira, papá, mamá —dijo Mateo corriendo hacia ellos— ¡estos son mis mejores amigos! Pedrito y Palomita son especiales y les gusta jugar conmigo aunque huela a queso.

Mamá Camila y papá Lucas sonrieron y entendieron que lo más importante no era quitar el olor a los pies de Mateo, sino que él encontrará amigos que lo quisieran tal como era. Aprendieron que cada niño es especial a su manera, y que las diferencias son lo que hacen única y maravillosa la amistad.

Desde ese día, la tarima del patio de la guardería se llenaba de risas de Mateo, Pedrito y Palomita. No importaba cómo caminaban, cómo olían o cómo se veían, porque lo que realmente valía era el cariño y la alegría que se tenían entre ellos. Los compañeros empezaron a jugar con ellos y a entender que ser diferentes está bien y que todos merecen tener amigos.

La historia de Mateo, Pedrito y Palomita enseña que las diferencias nunca deben separarnos, sino unirnos. Que un aroma curioso, una pierna de robot o una estrella en el ojo pueden ser la puerta para descubrir la amistad verdadera, la que no mira cómo somos por fuera, sino lo que llevamos dentro: un corazón lleno de ganas de querer y ser queridos.

Y así, con risas, abrazos y mucho juego, Mateo ya no estaba solo nunca más. Tenía dos amigos que lo querían mucho, y juntos aprendieron que ser especiales es lo más bonito que puede pasar. Porque la amistad, cuando es sincera, no tiene límites, ni olores, ni piernas de metal, ni estrellas en los ojos, solo tiene un lugar para el amor y la diversión compartida.

Desde entonces, en la guardería siempre hubo un rincón especial para tres amigos muy únicos, llenos de alegría y cariño, que enseñaron a todos que la verdadera belleza está en aceptarnos como somos y en abrirnos a la amistad sin miedo. Y Mateo, Pedrito y Palomita siguieron jugando, aprendiendo y creciendo juntos, felices de ser lo que eran: amigos para siempre.

Y colorín, colorado, este cuento ha terminado, pero la amistad de Mateo, Pedrito y Palomita continuará para siempre en sus corazones.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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