Había una vez un sapo llamado Roco que, como todos los sapos, amaba las charcas y los días de lluvia. Pero Roco no era un sapo común. Tenía una curiosidad insaciable y le gustaba explorar lugares que ningún otro sapo se atrevía a visitar. Mientras sus amigos se quedaban cómodamente entre las hojas y el barro, Roco siempre estaba buscando la próxima aventura.
Un día, mientras paseaba por el jardín de una casa grande y antigua, Roco miró hacia arriba y vio algo que capturó su atención: el tejado. Era un tejado alto, con tejas de un rojo intenso que brillaban bajo el sol. Algo en ese lugar le pareció misterioso y atractivo. “¿Qué habrá allá arriba?”, se preguntó Roco mientras contemplaba el tejado desde el suelo. Nunca antes había estado en un lugar tan alto, pero la idea de llegar allí le llenaba de emoción.
Decidido a alcanzar su nueva meta, Roco empezó a saltar, impulsándose con todas sus fuerzas. Al principio, solo logró subir a una roca. Desde ahí, brincó hacia una rama baja de un árbol cercano, y luego, con un salto audaz, llegó al borde de una ventana. Después de unos minutos de esfuerzo, logró alcanzar el borde del tejado.
Una vez arriba, Roco se tomó un momento para admirar su logro. El mundo se veía diferente desde ahí. Las plantas y los árboles parecían mucho más pequeños, y el viento soplaba suavemente, haciendo que las hojas danzaran a lo lejos. Podía ver todo el jardín, el camino que llevaba a la casa y, en la distancia, el brillo plateado de una charca que siempre había sido su refugio.
Pero mientras se acomodaba en su nuevo y elevado puesto, Roco se dio cuenta de algo importante. Desde lo alto del tejado, podía observar todo, pero no había nadie con quien compartirlo. Sus amigos, siempre felices de saltar entre las charcas, no estaban allí para ver la vista ni para disfrutar de la brisa fresca que le acariciaba la piel.
“Quizás debería ir a buscar a alguien”, pensó Roco. Pero justo cuando se disponía a saltar de regreso, escuchó un sonido. Al principio, fue un leve crujido, pero luego se volvió más claro: alguien estaba subiendo al tejado. Roco se quedó inmóvil, mirando en dirección al sonido. Para su sorpresa, vio aparecer a un pequeño pájaro. Era un petirrojo de plumas brillantes y ojos vivaces.
—¡Hola! —saludó el petirrojo con una voz aguda—. ¿Qué haces aquí arriba, sapo?
Roco sonrió, contento de no estar solo.
—Me llamo Roco —dijo—. Quería ver el mundo desde aquí arriba. ¿Y tú?
El petirrojo se acercó dando pequeños saltos.
—Yo vengo aquí todos los días —respondió—. Es mi lugar favorito para descansar y mirar el paisaje. Pero nunca había visto a un sapo en el tejado. Es algo inusual.
—Me gusta explorar lugares nuevos —dijo Roco—. Pero es verdad, no es común ver a sapos en los tejados.
El petirrojo se sentó al lado de Roco y ambos se quedaron en silencio por un momento, disfrutando de la vista. Desde allí arriba, podían ver cómo el día iba cambiando poco a poco. Las sombras de los árboles se alargaban a medida que el sol descendía en el horizonte. Una ligera brisa movía las hojas de los árboles, y el aire olía a tierra húmeda y flores.
—¿Sabes? —dijo Roco tras un rato—. He estado en muchos lugares, pero nunca había visto algo tan bonito como esto. Creo que es mejor cuando tienes a alguien con quien compartirlo.
El petirrojo asintió.
—Es cierto. A veces, estar solo puede ser agradable, pero compartir una vista como esta con un amigo lo hace especial.
Roco sonrió y, por primera vez, no sintió la urgencia de seguir explorando. Estaba contento allí, en el tejado, con su nuevo amigo. Pasaron el resto del día charlando sobre sus aventuras. El petirrojo le contó a Roco sobre los lugares a los que volaba, sobre los árboles más altos y los prados más lejanos. Roco, a su vez, le habló de los estanques llenos de nenúfares, de las cuevas frescas donde se refugiaba en los días calurosos y de las travesuras que solía hacer con sus amigos.
La luna ya empezaba a asomar en el cielo cuando el petirrojo dijo que debía irse.
—Tengo que volver a mi nido antes de que oscurezca por completo —dijo—. Pero si alguna vez vuelves al tejado, búscame. Me encantaría seguir conversando.
Roco asintió, agradecido por la compañía.
—Gracias por compartir esta tarde conmigo —dijo el sapo—. Fue mucho más especial de lo que imaginé cuando subí aquí.
El petirrojo extendió sus alas y, con un elegante vuelo, se despidió de Roco. El sapo, por su parte, decidió que era hora de regresar al suelo. Con una serie de saltos ágiles, volvió a la seguridad del jardín.
Esa noche, mientras descansaba bajo una hoja grande, Roco pensó en su aventura. Había aprendido que, aunque explorar nuevos lugares siempre sería emocionante, era mucho mejor cuando encontraba a alguien con quien compartir esos momentos.
Y así, Roco se quedó dormido, con la promesa de volver al tejado algún día, sabiendo que, cuando lo hiciera, no estaría solo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.