Cuentos de Amistad

El sueño que pintó su destino

Lectura para 4 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Había una vez, en un pequeño pueblo lleno de colores y risas, un niño llamado Pablo. Pablo tenía cuatro años y le encantaba imaginar cosas maravillosas. Cada mañana, cuando salía al jardín de su casa, cerraba los ojos y soñaba con lugares mágicos, con animales que hablaban y con aventuras increíbles que solo él podía inventar. Pero a veces, sentía que sus sueños eran tan grandes que nadie más podía entenderlos.

Un día, mientras Pablo jugaba con sus bloques de colores en el parque, llegó su amigo Lucas. Lucas también tenía cuatro años y era muy curioso, siempre dispuesto a descubrir cosas nuevas. Tenía una sonrisa radiante y una imaginación que iba tan lejos como la de Pablo. Cuando vio a Pablo con todos esos bloques, se acercó y dijo:

—¡Hola, Pablo! ¿Qué estás haciendo?

Pablo sonrió y le explicó:

—Estoy construyendo un castillo mágico donde viven dragones y hadas. Pero me gustaría que fuera todavía más grande y colorido.

Lucas mirando los bloques, dijo:

—¿Quieres que te ayude? Podemos imaginar juntos.

Pablo se puso muy contento. No había pensado en imaginar con alguien más. Así que se sentaron juntos sobre el pasto, comenzaron a juntar los bloques y a contar historias sobre el castillo. Mientras construían, inventaron a Doña Ramona, una mariquita que cuidaba el jardín del castillo, y a Tito, el conejito blanco que siempre olvidaba dónde ponía sus zanahorias.

—Mira, Lucas —dijo Pablo—, Tito está escondiendo sus zanahorias en la torre más alta para que las proteja de los lobos traviesos.

Lucas rió y añadió:

—¡Sí! Y Doña Ramona vuela muy rápido para avisarnos cuando los lobos están cerca. Pero no son malos, solo están buscando amigos.

Pablo sintió que su imaginación se hacía más fuerte cuando la compartía con Lucas. De repente, el sol brillaba con más fuerza, y el viento parecía cantar una canción que invitaba a la aventura.

—¿Quieres que te cuente un secreto? —preguntó Pablo en voz baja.

—¡Claro! —respondió Lucas con ojos muy abiertos.

—Cuando cierro los ojos, puedo ir a lugares donde todo es posible. A veces imagino un bosque gigante que nunca termina, con árboles que hablan y flores que bailan con el viento —dijo Pablo—. Pero a veces me siento solo, porque esos lugares solo los veo yo.

Lucas pensó por un momento y dijo:

—Entonces vamos a hacer una cosa. Cuando quieras, me dices y yo cierro los ojos contigo. Así podremos viajar juntos a esos lugares mágicos. ¿Te parece?

Pablo sintió una alegría enorme. No solo tenía un amigo que entendía su deseo de imaginar, sino que ahora podían hacerlo juntos.

Desde ese día, Pablo y Lucas se reunían cada tarde para cerrar los ojos y viajar con su imaginación a mundos lejanos y fantásticos. Imaginaban una isla donde las nubes eran de algodón de azúcar, y ellos podían saltar de una a otra como si fueran camas elásticas. También soñaron con un río de chocolate donde construyeron barcos hechos de galletas.

Un día, mientras estaban en una de sus aventuras imaginarias, llegó al parque una niña llamada Sara. Sara era nueva en el pueblo y se veía un poco tímida. Pablo y Lucas la invitaron a jugar con ellos. Al principio, Sara no sabía qué hacer, pero cuando les escuchó hablar de castillos mágicos y conejitos que olvidaban zanahorias, sus ojos se llenaron de brillo.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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