En la pequeña ciudad de Canterlot, vivían cinco amigos inseparables: Jhoan, Hellen, Celeste, Mateo e Iker. La noche anterior, habían pasado horas estudiando en la casa de Jhoan para un examen escolar muy importante. Repasaron matemáticas, historia y ciencias, pero la falta de sueño los había dejado agotados y con la sensación de que no estaban preparados.
Jhoan bostezó mientras se estiraba en su cama. —No puedo creer que tengamos que hacer el examen hoy. No dormí nada —dijo con voz cansada.
Hellen, que estaba sentada en el borde de la cama, asintió. —Yo tampoco. Me siento como un zombi —respondió, frotándose los ojos.
Celeste, siempre optimista, trató de animarlos. —Vamos chicos, hemos estudiado mucho. ¡Podemos hacerlo!
Mateo, sin embargo, no parecía tan convencido. —Espero que no sea muy difícil. No quiero reprobar —dijo mientras se levantaba lentamente.
Iker, quien miraba por la ventana, de repente sonrió. —¡Miren eso! —exclamó, señalando hacia afuera—. Está nevando ligeramente.
Los demás se acercaron a la ventana y vieron los pequeños copos de nieve caer suavemente. Fue entonces cuando a Iker se le ocurrió una idea brillante.
—¿Y si tomamos un pequeño descanso y jugamos en la nieve? —sugirió Iker—. Nos despejaremos un poco y después podremos repasar una última vez antes del examen.
A los demás les pareció una excelente idea. Se abrigaron bien con sus chaquetas, gorros y guantes, y salieron al jardín. La nieve fresca crujía bajo sus pies mientras corrían y reían, lanzándose bolas de nieve y haciendo ángeles en el suelo. El aire frío y el ejercicio les ayudaron a despejar sus mentes y a sentirse más despiertos.
Después de un rato, Hellen, que tenía una risa contagiosa, propuso hacer un muñeco de nieve. —Será nuestro guardián de los estudios —dijo con una sonrisa.
Los cinco amigos trabajaron juntos, moldeando la nieve y creando un gran muñeco con una bufanda vieja y un sombrero que encontraron en el garaje de Jhoan. Le pusieron una zanahoria como nariz y botones de carbón para los ojos y la boca. Cuando terminaron, se sintieron orgullosos de su creación.
—Este muñeco de nieve nos dará suerte en el examen —dijo Mateo, chocando los cinco con sus amigos.
Regresaron a la casa de Jhoan, donde la madre de Jhoan les había preparado chocolate caliente. Se sentaron alrededor de la mesa, disfrutando de la bebida caliente mientras repasaban los últimos temas para el examen. Se sentían mucho mejor y más seguros de sí mismos.
Finalmente, llegó la hora de ir a la escuela. Se despidieron de la madre de Jhoan y caminaron juntos, hablando sobre lo bien que lo habían pasado en la nieve. El aire fresco y el tiempo compartido habían fortalecido su amistad y les había dado el ánimo que necesitaban.
Cuando llegaron a la escuela, se dirigieron al aula y se sentaron en sus lugares. El examen comenzó y, aunque era difícil, cada uno de ellos recordó lo que había estudiado y se esforzó al máximo. Se miraban de vez en cuando y sonreían, sabiendo que estaban juntos en esto.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.