En una granja muy bonita, vivía una ovejita llamada Nubecita. Nubecita era blanca como una nube y tenía un pelito muy suave. Todos los días, jugaba feliz con sus amigos, comía hierba verde y corría por el campo bajo el sol. Pero un día, Nubecita no se sentía bien. Se estaba quedando muy quietita, con los ojitos cerrados y la cabecita apoyada.
—¿Qué te pasa, Nubecita? —preguntó su mamá con voz dulce, preocupada por su hijita—. ¿Estás enferma, mi amor?
Nubecita no podía contestar casi nada porque le dolía mucho la cabecita. —Me duele mucho la cabecita —murmuró bajito, intentando abrir los ojitos para mirar a su mamá y al granjero, que estaba al lado, con cara de preocupación.
El granjero, que cuidaba la granja y a todos los animalitos, sacó un termómetro para medir la temperatura de Nubecita, pensando que podía tener fiebre. Puso el termómetro bajo la boca de la ovejita y esperaron unos minutos. Cuando lo miraron, vieron que no tenía fiebre.
—¡No sabemos qué será! —dijo la mamá de Nubecita con una voz preocupada—. Lo mejor será llamar al veterinario para que la revise bien.
El granjero tomó el teléfono y llamó al veterinario, que llegó rápidamente y con una sonrisa amable. Miró muy bien a Nubecita, la escuchó, la tocó suavemente y le preguntó muchas cosas.
—Vamos a ver qué está pasando con tu cabecita, Nubecita —dijo el veterinario—. A veces, cuando alguien se siente así, no es que tenga fiebre, sino que quizás necesita algo para ayudar a sus ojos o a su vista.
El veterinario puso unos aparatitos, le preguntó a Nubecita si veía bien las cosas y luego sonrió.
—¡Ya sé! —exclamó—. Nubecita, tú no estás enferma, lo que pasa es que necesitas lentes. Tus ojitos necesitan ayuda para ver mejor.
Nubecita escuchó con atención, aunque un poco nerviosa. Nunca había usado lentes y no sabía cómo sería. El veterinario le mostró unas gafitas con cristalitos cuadrados y colores bonitos.
—¿Quieres probarte estos lentes? —preguntó el veterinario.
Nubecita, con un poquito de miedo, se puso los lentes y de repente todo se veía más claro, las flores, la hierba y hasta las caritas de su mamá y del granjero.
—¡Qué bonito veo ahora! —dijo feliz.
Pero cuando salió al campo con sus lentes cuadrados puestos, algo pasó. Los otros animalitos la miraron y comenzaron a reír. La cabra con sus cuernos largos, el pato con su pico amarillo, el conejo con orejas largas y la gallina con sus plumas. Todos decían cosas como:
—¡Mira a Nubecita con esos lentes tan extraños!
—¿Por qué usas esas cosas en tu carita?
—¡Se ve muy diferente!
Nubecita se sintió triste. Bajó la cabeza y se quitó los lentes, pensando que igual podría ver sin ellos. Pero sin los lentes, veía todo borroso y tenía que caminar con cuidado para no tropezar.
Un día, mientras caminaba cerca del establo, Nubecita tropezó sin querer con una piedra que no había visto. Casi se cae. La vaquita, que estaba cerca, la vio y se acercó con cariño.
—¡Ay, Nubecita! —dijo la vaquita con voz suave—. Perdón por no haberte entendido antes. No sabía que esos lentes te ayudaban a ver mejor. De verdad, no debimos burlarnos de ti.
Nubecita, todavía un poco triste, miró a la vaquita y dijo:
—Gracias, vaquita. A veces me siento diferente y eso me hace sentir sola.
La vaquita miró a Nubecita con ternura y dijo:
—Nosotros, los animales de la granja, aprendimos algo muy importante. Debemos cuidar y respetar a nuestros amigos, aunque sean diferentes o tengan cosas especiales. Tus lentes son bonitos y te hacen ver mejor.
Entonces, la vaquita llevó a Nubecita frente a los otros animales y les dijo con voz firme:
—¡Amigos, vamos a pedirle perdón a Nubecita y a ser buenos con ella!
Los animales se acercaron uno a uno y dijeron:
—Perdón, Nubecita.
—Tus lentes son preciosos.
—Queremos jugar contigo y ayudarte.
Nubecita sonrió contenta y se puso sus lentes otra vez. Esta vez, sin miedo ni tristeza, porque sabía que sus amigos la querían de verdad.
Desde aquel día, todos los animales en la granja aprendieron a ser más amables y a comprender cuando alguien necesita algo diferente. Cuando veían a Nubecita, no solo veían sus lentes, sino a una amiga feliz y valiente.
La mamá de Nubecita y el granjero estaban muy contentos de ver lo bien que estaba su ovejita. Y el veterinario les visitaba de vez en cuando para asegurarse de que todo siguiera bien.
Nubecita también aprendió algo muy valioso. Se dio cuenta de que ser diferente no es malo, y que a veces necesitamos ayuda para ver mejor, para crecer y para ser felices. También entendió que la amistad verdadera es cuando los amigos se cuidan, se apoyan y no se burlan, sino que respetan lo que hace especial a cada uno.
Así, en la granja todos vivieron más felices, unidos y con mucho cariño. Y Nubecita siguió corriendo y jugando, ahora con sus lentes cuadrados muy bonitos, que eran un regalo para su vista y para su corazón.
Porque la empatía, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro y entender cómo se siente, hizo que todos en la granja fueran un poquito mejores cada día. Y esa es la mejor lección que pudo aprender Nubecita y sus amigos. Fin.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.