Había una vez un niño llamado Ray que vivía en un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes y flores de colores brillantes. Ray era un chico muy curioso y le encantaba explorar el jardín de su abuela, donde podía encontrar mariposas, pájaros y muchos tipos de plantas. Pero lo que más le llamaba la atención era una planta peculiar que crecía en una maceta vieja en una esquina del jardín. Esa planta era una margarita, pero no una margarita común, sino una margarita mágica que podía hablar.
Un día, mientras Ray regaba las flores, escuchó una voz suave que decía: “Hola, Ray, ¿podrías prestarme un poco de agua?” Sorprendido, Ray se inclinó hacia la margarita y la vio mover sus pétalos como si respondiera a su saludo. “¿Eres tú, la planta que habla?” preguntó Ray con los ojos muy abiertos. “Sí, soy yo,” respondió la margarita con una sonrisa radiante. “Me llamo Margarita, y quiero ser tu amiga. Además, quiero enseñarte cómo cuidarme para que siempre esté feliz y sana.”
Ray estaba encantado. Nunca había tenido una amiga tan especial, y decidió que aprendería todo sobre cómo cuidar de Margarita. “¿Qué debo hacer primero?” preguntó entusiasmado. “Te daré diez sabios consejos que me ayudarán a crecer fuerte y hermosa,” dijo Margarita con voz amable. “Si los sigues, nuestro amigo jardín será el mejor de todo el pueblo.”
El primer consejo fue el más importante: “Dame agua, pero no demasiada. Yo necesito beber todos los días, aunque solo un poquito, porque demasiada agua puede hacer que mis raíces se enfermen.” Ray pensó en ese consejo mientras buscaba la regadera. Se dio cuenta de que no debía llenar la maceta hasta el tope, sino darle justo lo suficiente para que la tierra estuviera húmeda, pero no encharcada.
El segundo consejo fue: “Ponme donde reciba luz del sol. A mí me gusta el sol de la mañana porque no es muy fuerte, y a veces una sombra amiga en la tarde me ayuda a descansar.” Ray recordaba que la maceta estaba en un lugar algo oscuro, así que la movió cerca de una ventana para que la luz entrara con suavidad.
El tercer consejo fue sobre el aire: “Me gusta que el viento me acaricie, pero no que me sacuda con mucha fuerza. Si hay aire fresco, eso me ayuda a respirar y a estar feliz.” El niño comprendió que la planta también necesitaba espacios abiertos y no estar en un rincón cerrado todo el tiempo.
“Cuarto,” siguió Margarita, “tómate tiempo para observarme y hablar conmigo. Aunque soy solo una planta, saber que alguien me cuida y me habla me hace sentir especial. Además, podrás ver cuando mis hojas se vuelvan tristes y entonces sabrás que algo me falta.” Ray cada día hablaba un poco con Margarita, le contaba sobre su escuela, sus amigos y sus sueños.
“El quinto consejo es sobre la tierra,” continuó Margarita con seriedad. “Yo necesito una tierra buena, rica en nutrientes y que deje pasar el agua sin que se quede estancada. Si quieres, puedes ayudarme añadiendo un poco de abono de vez en cuando.” Ray prometió investigar cómo hacer eso con la abuela.
“En sexto lugar, ten paciencia,” dijo Margarita con una sonrisa. “No siempre creceré rápido, ni siempre floreceré todos los días. A veces puedo tardar un poco, pero con tu cuidado iré mejorando poco a poco.” Ray aprendió que las cosas valiosas necesitan tiempo y que tenía que ser constante para cuidar bien de su amiga.
“El séptimo consejo es para cuando piense que tengo bichitos que me hacen daño,” explicó Margarita. “Si veo que alguna hoja está comida o mis colores no están bonitos, avísale a un adulto para que te ayude a poner algo que me proteja de esos pequeños visitantes malos.” Ray entendió que no debía tocar con manos sin limpiar ni usar productos sin permiso.
“El octavo es para los días de frío o lluvia fuerte,” dijo la margarita al notar que Ray iba a salir con ella sin paraguas. “Si hace demasiado frío o mucho viento, lo mejor es que me lleves a un lugar protegido para que no me lastime el clima.” Así, Ray la cogía con mucho cuidado y la ponía en el refugio cuando el tiempo se ponía feo.
“En noveno lugar,” siguió Margarita, “debes aprender a conocerme bien. Mírame todas las semanas y verás si necesito algo distinto. Quizá un poquito más de agua, o un poco menos, o que me arreglen la tierra. Cada planta es diferente y yo te enseñaré a entenderme.” Ray se sentía cada vez más orgulloso de conocer a su amiga y de ser un buen cuidador.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.