Cuentos de Amistad

La mermelada de la discordia

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Ana estaba de mal humor desde que se levantó aquella mañana. Tenía antojo de comer pan con mermelada, pero cuando fue a la cocina a buscarla, descubrió que la mermelada que había comprado el día anterior no era la que ella había pedido. En lugar de su favorita, la de fresa, en la despensa había un frasco de mermelada de naranja. Ana frunció el ceño y cruzó los brazos, claramente molesta. Así siempre le pasaba algo que la hacía enojar sin razón… o casi sin razón.

En la sala, Marcelo la miraba preocupado. Él había ido al supermercado con su mamá y había sido él quien llevó la mermelada al carrito. «Pero yo estoy seguro de que pedí la mermelada de fresa… aunque ahora no lo recuerdo muy bien», dijo Marcelo intentando defenderse, aunque su voz era suave y parecía incómodo con la situación. Ana no quiso escucharlo.

—¡Esto es culpa tuya, Marcelo! —exclamó Ana mientras señalaba el frasco—. Seguro que compraste la mermelada equivocada porque estabas distraído. Ahora tenemos que padecer comiendo esa cosa amarga que no me gusta nada.

Marcelo bajó la mirada y se cruzó de brazos, claramente afectado. Él no había pensado mal, realmente había creído que estaba comprando lo correcto. Sin embargo, había algo más importante que no se veía a simple vista.

Damián estaba en el sillón, con los ojos pegados a su celular. Se había metido en su propio mundo y no parecía darse cuenta de la discusión que se estaba formando. Era común que él se perdiera en su teléfono, jugando o viendo videos, mientras sus amigos hablaban o discutían. Por eso, ni siquiera levantó la vista cuando Ana comenzó a reclamarle a Marcelo.

La tensión en la habitación aumentaba por segundos. Ana cada vez estaba más enfadada, Marcelo se sentía culpable y Damián parecía que estaba en otro planeta. Pero justo entonces la puerta se abrió y apareció Sofía, una amiga de los tres que acababa de llegar a la casa para acompañarlos. Ella caminó rápido hacia el grupo y se dio cuenta de inmediato del problema.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó con atención, mirando primero a Ana y luego a Marcelo.

Ana, con la cara roja por la frustración, explicó rápidamente que la mermelada era de naranja y que no era lo que esperaba. Sofía miró el frasco en la mesa y luego miró a Marcelo.

—¿Estás seguro de que la compraste tú? —inquirió con una sonrisa amable.

Marcelo asintió.

Sofía decidió que la mejor forma de resolver el problema era con calma y sentido común. Se sentó en el suelo, invitando a los otros a hacer lo mismo. “Miren, puede que haya habido un error, pero no tiene sentido culparse. Lo importante es que nos pongamos de acuerdo y disfrutemos juntos.”

Ana estaba, sin embargo, demasiado molesta para entender el punto de Sofía. —Pero si no fuera porque Marcelo no puso atención, tuviéramos la mermelada de fresas que tanto me gusta. —dijo señalando otra vez a Marcelo.

Damián entonces levantó la vista del celular y, aunque parecía un poco distraído, dijo en voz baja: —Podríamos hacer algo para arreglar esto. ¿Por qué no probamos la mermelada de naranja antes de decir que está mala? Quizás tampoco está tan fea.

Ana lo miró con desconfianza mientras Sofía asentía con una sonrisa.

—Es cierto. A veces no sabemos si algo nos gusta hasta que lo probamos. Seguro que si lo hacemos juntos, puede ser divertido.

Ana suspiró, un poco menos tensa, y finalmente aceptó sentarse en la mesa con los otros. Marcelo sirvió pan y empezaron a untar la mermelada todos juntos. Al principio, Ana puso una pequeña cantidad, con cara de desagrado, pero cuando dio el primer bocado, algo cambió en su expresión. Lo simple y dulce del sabor combinaba bien con el pan, y no era tan diferente de la mermelada de fresa como ella había pensando.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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