Cuentos de Amistad

La Niña que No Podía Pedir Disculpas y sus Amigos

Lectura para 4 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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Había una vez, en un bosque mágico y colorido, una niña llamada Katita. Ella tenía el cabello rizado y castaño, y siempre llevaba un vestido brillante y alegre. Vivía en una casita acogedora junto a sus tres mejores amigos: Chetix, un conejo regordete y feliz con orejas largas; Alfred, una tortuga sabia y anciana con gafas; y Ritchi, una ardilla juguetona con una cola esponjosa.

Katita era una niña muy amable y siempre estaba dispuesta a ayudar a sus amigos. Sin embargo, tenía un pequeño problema: le costaba mucho pedir disculpas cuando cometía un error. Sus amigos, que la querían mucho, sabían que esto era difícil para ella, pero también querían ayudarla a aprender la importancia de decir «lo siento».

Un día, Katita y sus amigos decidieron hacer un pícnic en el claro del bosque. Prepararon una canasta llena de deliciosos bocadillos: zanahorias crujientes para Chetix, hojas frescas para Alfred, nueces para Ritchi y sándwiches para Katita. Todos estaban muy emocionados y felices de pasar un día juntos.

Mientras disfrutaban del pícnic, Ritchi, la ardilla, vio un hermoso globo rojo atado a una rama alta de un árbol cercano. Quiso mostrárselo a sus amigos, así que corrió hacia el árbol y comenzó a trepar. Katita, preocupada por la seguridad de Ritchi, gritó: «¡Ten cuidado, Ritchi! ¡No subas tan alto!»

Pero Ritchi, entusiasmado por el globo, siguió subiendo sin escuchar. De repente, una rama se rompió y Ritchi cayó, aterrizando justo en el medio de la canasta de pícnic. Los bocadillos se desparramaron por todas partes y la canasta quedó destruida. Katita, muy molesta, gritó: «¡Ritchi, mira lo que has hecho! ¡Has arruinado nuestro picnic!»

Ritchi, con los ojos llenos de lágrimas, se sintió muy mal por lo sucedido. Chetix y Alfred intentaron consolarlo, pero Katita seguía muy enojada. Al darse cuenta de que había herido los sentimientos de su amigo, Katita comenzó a sentirse triste también. Sabía que debería pedir disculpas, pero las palabras no salían de su boca.

Esa noche, mientras todos regresaban a sus casas, Katita no podía dejar de pensar en cómo había tratado a Ritchi. Se sentía muy mal y quería arreglar las cosas, pero no sabía cómo. Decidió hablar con Alfred, la tortuga sabia, para pedirle consejo.

Alfred, con su voz suave y calmada, le dijo: «Katita, a veces cometemos errores y es importante reconocerlos. Pedir disculpas es una forma de mostrar que nos importa cómo se sienten los demás. Sé que es difícil, pero si lo haces, Ritchi sabrá que realmente lo sientes.»

Katita escuchó atentamente y decidió que al día siguiente hablaría con Ritchi para disculparse. Cuando amaneció, fue al árbol donde vivía Ritchi y lo encontró triste, sentado en una rama. Con el corazón latiendo rápido, Katita tomó una profunda respiración y dijo: «Ritchi, lo siento mucho por lo que te dije ayer. No debí haberte gritado así. ¿Me perdonas?»

Ritchi, al escuchar las sinceras palabras de Katita, sonrió y saltó de la rama para abrazarla. «Claro que te perdono, Katita. Sé que no quisiste hacerme sentir mal.»

Katita se sintió aliviada y feliz de haber pedido disculpas. Desde ese día, prometió ser más cuidadosa con las palabras que decía y siempre tratar de arreglar las cosas cuando cometiera un error.

A lo largo de las semanas, Katita, Chetix, Alfred y Ritchi continuaron disfrutando de sus aventuras en el bosque. Un día, decidieron construir una casita en un árbol grande y fuerte para que todos pudieran jugar y descansar juntos. Trabajaron en equipo, utilizando ramas, hojas y flores para hacer la casita más bonita del bosque.

Mientras construían, Katita accidentalmente dejó caer una rama pesada que casi golpea a Chetix. «¡Cuidado, Katita!» gritó Chetix, asustado. Katita, recordando lo que había aprendido, se apresuró a decir: «Lo siento, Chetix. No quise asustarte.»

Chetix sonrió y dijo: «No te preocupes, Katita. Sé que no fue tu intención.»

Los amigos continuaron trabajando juntos, ayudándose mutuamente y aprendiendo a disculparse cuando algo salía mal. La casita en el árbol se convirtió en su lugar favorito, donde pasaban horas jugando, contando historias y disfrutando de la compañía de sus amigos.

Un día, mientras estaban en la casita del árbol, vieron a un grupo de animales del bosque acercándose. Eran animales que no conocían bien, como un mapache llamado Ricky, una lechuza llamada Olivia y un ciervo llamado Bruno. Los nuevos animales parecían curiosos y un poco tímidos.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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