En un barrio lleno de calles estrechas y casas coloridas, había un equipo de fútbol que todos conocían: «Los Invencibles». Estaba formado por cuatro amigos inseparables: Víctor, Poño, Starsky y Chino. Desde pequeños, habían jugado juntos en el mismo campo de tierra, y su pasión por el fútbol los había hecho inseparables. Aunque no siempre ganaban, su espíritu de equipo y su amistad los hacían los favoritos del barrio.
Víctor era el capitán del equipo. Era rápido, hábil y siempre sabía cómo motivar a sus compañeros. Poño, el más pequeño, era un torbellino de energía. Corría de un lado a otro sin cansarse jamás. Starsky, el más alto, jugaba de defensa. Su altura y su capacidad para bloquear cualquier balón lo hacían temido por sus rivales. Y luego estaba Chino, el bromista del grupo, siempre sonriendo, siempre buscando una manera de hacer que el equipo se relajara antes de los partidos importantes.
Un día, se anunció el partido más esperado del año: Los Invencibles se enfrentarían al mejor equipo del barrio, «Aplanadora». El nombre lo decía todo. «Aplanadora» era un equipo invencible hasta el momento, con jugadores más grandes y fuertes, conocidos por su habilidad para dominar el campo.
—Este será el partido más difícil de nuestras vidas —dijo Víctor, mientras los cuatro amigos se sentaban en su lugar habitual, bajo un árbol cerca del campo.
—¡Podemos ganar! —gritó Poño, siempre optimista—. ¡Solo tenemos que jugar con el corazón!
Starsky, aunque más calmado, asintió.
—Será duro, pero si jugamos como siempre, tenemos una oportunidad.
Chino, con su típica sonrisa, añadió:
—Y si no ganamos, al menos nos reímos en el intento, ¿no?
Todos rieron, pero sabían que este partido era más que solo un juego. En el barrio, ganar contra «Aplanadora» era como ganar un trofeo. Nadie lo había logrado antes.
El día del partido, el campo estaba lleno de niños y vecinos que habían venido a ver el encuentro. Los nervios estaban a flor de piel. El sol brillaba fuerte, y el silbato del árbitro sonó con fuerza, marcando el inicio del juego.
Desde el primer minuto, Aplanadora mostró por qué eran los favoritos. Eran rápidos, fuertes y no dejaban que Los Invencibles avanzaran fácilmente. Pero Víctor, con su destreza, comenzó a liderar jugadas inteligentes, pasando el balón con precisión a sus compañeros.
Poño corría sin parar, zigzagueando entre los jugadores de Aplanadora como si fuera un rayo. Logró acercarse al área, pero cuando estaba a punto de disparar, uno de los defensores de Aplanadora lo bloqueó con una patada limpia. La multitud contuvo la respiración.
Starsky, desde su posición en defensa, mantenía a raya a los delanteros rivales. Su altura y fuerza eran clave para evitar que Aplanadora marcara. Chino, por otro lado, jugaba con inteligencia, haciendo bromas entre sus compañeros para calmar los nervios y manteniendo el ambiente ligero.
A pesar de su esfuerzo, al llegar al descanso, el marcador estaba 1-0 a favor de Aplanadora. Los Invencibles se sentaron en el suelo, agotados y un poco desanimados.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Poño, respirando con dificultad—. Están jugando muy bien.
Víctor, aunque cansado, no estaba dispuesto a rendirse.
—Escuchen, hemos llegado hasta aquí porque somos un equipo. No somos los más grandes ni los más rápidos, pero tenemos algo que ellos no tienen: somos amigos, y jugamos como uno solo. Si seguimos trabajando juntos, podremos darles una sorpresa.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.