Había una vez, en un pequeño pueblo llamado Alegría, cuatro amigas inseparables: Marian, Jaque, Yara y Angi. Estas cuatro amigas se conocieron el primer día de prepa y desde entonces pasaban todos sus días juntas, viviendo aventuras y riendo sin parar.
Marian era una chica muy inteligente, con unos grandes lentes y rizos castaños que siempre estaban un poco desordenados. Jaque tenía el cabello negro y lacio, y era muy buena en los deportes, siempre animando a sus amigas a moverse y jugar. Yara era una chica muy alegre, con cabello rubio y ondulado, que siempre traía una sonrisa en el rostro. Angi, con su cabello rojo y corto, era muy creativa y le encantaba dibujar y contar historias.
Un día soleado, las cuatro amigas decidieron ir al parque después de la escuela. Llevaban sus mochilas llenas de bocadillos y jugos para tener un pícnic. Se sentaron en una manta grande y colorida, disfrutando del aire fresco y el canto de los pájaros.
«¿Se acuerdan de cómo nos conocimos?» preguntó Marian, mientras mordía una manzana.
«¡Claro que sí!» respondió Jaque, riendo. «Fue en la clase de matemáticas. Yo no entendía nada y tú, Marian, te ofreciste a ayudarme.»
«Y ahí estaba yo, sentada detrás de ustedes, tratando de alcanzar mi lápiz que había rodado debajo de sus escritorios,» agregó Yara, sonriendo.
«Y yo estaba dibujando en mi cuaderno y vi todo desde el otro lado del salón,» añadió Angi. «Fue como si el destino quisiera que nos encontráramos.»
Las amigas rieron, recordando aquellos primeros días de amistad. Después de comer, decidieron dar un paseo por el parque. Mientras caminaban, Jaque sugirió jugar a las escondidas.
«¡Buena idea!» dijo Yara, saltando de emoción. «Yo contaré primero.»
Yara se cubrió los ojos y comenzó a contar. Marian corrió hacia un gran árbol, Jaque se escondió detrás de unos arbustos, y Angi se metió dentro de una casita de juegos. Yara terminó de contar y empezó a buscarlas. Primero encontró a Marian, que no pudo contener la risa y salió de su escondite. Luego descubrió a Jaque, cuyos zapatos asomaban por debajo de los arbustos. Finalmente, encontró a Angi, que estaba tan concentrada en su dibujo que no se dio cuenta de que Yara estaba cerca.
«¡Te encontré!» dijo Yara, riendo. «Ahora es tu turno de contar, Angi.»
Angi cerró los ojos y comenzó a contar mientras las demás corrían a esconderse de nuevo. El parque estaba lleno de lugares divertidos para esconderse, y las chicas disfrutaban de cada momento del juego.
Después de varias rondas de escondidas, las amigas se sintieron cansadas y decidieron descansar junto al lago del parque. El sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de colores naranjas y rosados.
«Hoy ha sido un día maravilloso,» dijo Marian, mirando el reflejo del sol en el agua.
«Sí, me encanta pasar tiempo con ustedes,» agregó Jaque, estirando las piernas.
«Siempre nos divertimos mucho juntas,» dijo Yara, lanzando una piedrecita al agua.
«Y lo mejor es que aún nos quedan muchos días por vivir juntas,» concluyó Angi, sonriendo.
Las amigas se quedaron allí, viendo cómo el sol desaparecía detrás de las montañas y sintiendo una profunda alegría por tenerse las unas a las otras. Sabían que su amistad era especial y que, sin importar lo que pasara, siempre estarían juntas, apoyándose y compartiendo momentos felices.
Después de un rato, se levantaron y comenzaron a caminar de regreso a casa. Mientras caminaban, cantaban canciones y contaban historias, llenando el aire de risas y alegría.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.