Cuentos de Amistad

Pedro y Emma en la Búsqueda Mágica de Brujilda

Lectura para 8 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Brujilda era una bruja buena que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques encantados. Aunque su apariencia era un poco espeluznante, con su nariz puntiaguda y un sombrero alto y arrugado, todos en el pueblo la querían. Brujilda siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás, desde traer buenas cosechas hasta curar a los animales enfermos con sus pociones mágicas.

Un día soleado, mientras volaba sobre el laberinto mágico, su escoba se descontroló debido a un fuerte viento y cayó en el interior del laberinto. Brujilda intentó encontrarla, pero el laberinto era muy grande y complejo, lleno de altos muros cubiertos de plantas trepadoras y caminos que parecían cambiar cuando no mirabas. Frustrada y desesperada, decidió pedir ayuda a los niños del pueblo, Pedro y Emma, que eran conocidos por su valentía y astucia.

Ese mismo día en el pueblo, Pedro y Emma estaban jugando a las escondidas, cuando de repente vieron a Brujilda aterrizar frente a ellos. Su rostro estaba pálido de preocupación, y los niños supieron que algo no iba bien.

—Hola, Brujilda. ¿Qué sucede? —preguntó Emma, segura de que la bruja tenía un problema que necesitaba resolver.

—Oh, mis queridos niños, he perdido mi escoba dentro del laberinto y no puedo encontrarla —dijo Brujilda con un suspiro—. Es un lugar muy complicado y necesito su ayuda.

Pedro miró a Emma, y ambos se sintieron emocionados ante la idea de ayudar a la bruja.

—No te preocupes, Brujilda. Te ayudaremos a encontrar tu escoba —dijo Pedro con determinación.

—¡Sí! Vamos a hacerlo —añadió Emma.

Brujilda sonrió agradecida y, usando un poco de su magia, los llevó al umbral del laberinto. Cuando llegaron, los niños quedaron asombrados por la belleza y el misterio del lugar. Grandes plantas, flores de colores brillantes y sonidos de criaturas mágicas llenaban el aire, pero los altos muros hacían que se sintieran un poco intimidados.

—Recuerden, no se asusten. El laberinto puede parecer confuso, pero si permanecemos juntos y confiamos en nuestra amistad, encontraremos la escoba —les recordó Brujilda.

Los tres entraron al laberinto, y pronto se encontraron en un cruce de caminos.

—¿Por cuál deberíamos ir? —preguntó Emma, mirando a su alrededor.

Brujilda frunció el ceño; no estaba segura.

—Creo que deberíamos seguir el camino hacia la derecha —dijo Pedro, señalando una senda cubierta de flores azules.

A medida que avanzaban, el lugar se volvía más y más intrincado. A cada paso, los muros parecían moverse y cambiar de lugar, como si el laberinto jugara con ellos. En un momento, se dieron cuenta de que estaban perdidos.

—Oh, ¿qué haremos ahora? —exclamó Emma, un poco asustada.

Brujilda suspiró pero mantuvo la calma, pues sabía que debían mantener la confianza unos en otros.

—Vamos a recordar por dónde hemos venido —sugirió Brujilda—. Quizás podamos encontrar una pista.

Así que los tres se sentaron y recordaron el camino que habían tomado: habían pasado por un túnel de flores amarillas y escuchado el canto de un pájaro en la esquina de un giro. Tras recordar estos detalles, comenzaron a caminar de nuevo, esta vez con más firmeza.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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