Era un brillante día de primavera en el Trébol de la Amistad, un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes y frescas. En el centro de este encantador lugar vivía Pou, un pequeño zorro de pelaje anaranjado y ojos curiosos. A pesar de su tamaño, Pou siempre se había sentido valiente y con un espíritu aventurero. Sus amigos más cercanos eran Dou, el sabio búho, Capi, la traviesa ardilla y Copi, un alegre conejito que siempre hacía reír a todos.
Pou, Dou, Capi y Copi solían jugar en el prado que se extendía detrás de las casas del pueblo. Pero había un lugar al que nunca se atrevían a ir: el Bosque Susurrante. Se decía que en sus profundidades había un misterioso árbol que concedía deseos, pero también se hablaba de criaturas traviesas que podían asustar incluso a los más valientes. Sin embargo, aquella tarde, la curiosidad de Pou fue más fuerte que su miedo.
Mientras se entretenían lanzando hojas al aire, Pou, con su habitual valentía, decidió que era el momento de explorar el Bosque Susurrante. «¡Vamos a buscar el árbol de los deseos!», exclamó emocionado. Dou, que siempre había sido un poco más cauteloso, frunció el ceño. «No sé si deberíamos, Pou. Puede ser peligroso y nadie ha salido contento de ese lugar». Pero el pequeño zorro no estaba dispuesto a rendirse.
«¿Y si encontramos el árbol y le pedimos un deseo? Podríamos tener un montón de aventuras sin que nadie nos asustara», sugirió Copi, con sus grandes ojos brillantes de emoción. Capi, que nunca podía resistirse a la idea de una travesura, saltó al lado de Pou. «Tienes razón, Dou. Además, ¡sería mucho más divertido de lo que crees!».
Después de algunos minutos de convencimiento y con los corazones palpitando de emoción, los cuatro amigos se pusieron en marcha. El camino hacia el Bosque Susurrante estaba lleno de flores de colores y mariposas danzantes, lo que les hizo sentir un poco menos nerviosos. Sin embargo, a medida que se adentraban en el bosque, el ambiente empezó a cambiar. Los árboles se volvieron más espesos y las sombras más alargadas, y un silencio inquietante envolvió el lugar.
«Recuerden, amigos, mantengan los ojos bien abiertos», dijo Dou en un susurro. «Este bosque tiene sus propios secretos». Justo cuando Dou terminó de hablar, un crujido resonó entre los arbustos. Los cuatro amigos se detuvieron en seco. De pronto, una pequeña criatura saltó frente a ellos. Era un pequeño dragón de colores brillantes que parecía más asustado que ellos. Tenía alas diminutas y unos ojos que reflejaban la curiosidad.
«¡Hola!», dijo el dragón temblando. «No me coman, soy solo un pequeño guardián del bosque». Los amigos se miraron entre sí, aliviados de que no fuera una criatura aterradora. «Soy Firu», continuó el dragón, «y tengo la tarea de cuidar el árbol de los deseos. Pero hay un problema».
«¿Cuál es el problema?», preguntó Pou, intrigado. Firu dejó escapar un suspiro. «Los deseos no pueden ser concedidos si no hay amistad verdadera entre los que piden. He visto muchos intentar entrar, pero solo unos pocos han logrado pasar las pruebas del bosque». Los cuatro amigos se miraron, inseguros de lo que Firu quería decir.
«¿Qué pruebas son esas?», preguntó Capi, emocionada por la perspectiva de un desafío. «Debéis demostrar que realmente son amigos. El bosque habla, y si encuentra una falta de amistad, no les dejará pasar. Deberán resolver tres retos», explicó Firu.
Pou se puso en primera fila, decidido a demostrar su valentía y la fuerza de su amistad. «¡Estamos listos! ¿Cuáles son las pruebas?». Firu sonrió. «La primera prueba es encontrar algo en el bosque que represente la amistad».
Los amigos comenzaron a buscar rápidamente. Dou, con su sabiduría, recordó todos los momentos que habían compartido juntos. Poco después de buscar entre los arbustos, encontraron un hermoso ramo de flores silvestres entrelazadas. «¡Esto es perfecto!», exclamó Copi. Era un símbolo de su unión.
Firu sonrió satisfecho. «Hicieron bien en trabajar en equipo». La segunda prueba fue más complicada; debían construir algo que simbolizara su amistad. Se pusieron a trabajar juntos, utilizando ramitas y hojas caídas para crear un pequeño puente. Con esfuerzo y risas, lograron hacer una estructura hermosa. Firu observó con alegría. «Lo han hecho muy bien. La amistad se construye, y ustedes lo han demostrado».
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.