Había una vez un niño llamado Luke, conocido por todos porque le encantaban los dulces… pero no solo un poquito: ¡era muy, muy, pero muuuy comilón! Siempre que podía, Luke buscaba caramelos, chocolates y galletas, porque para él, nada era mejor que un dulce.
La mamá de Luke, con voz dulce y cariñosa, siempre le decía:
—Luke, solo un dulce después de comer, ¿vale? Así te sentirás bien y tendrás mucha energía para jugar.
Pero Luke, con sus ojitos brillantes y su sonrisa traviesa, casi nunca escuchaba. Cada vez que su mamá se daba la vuelta, él abría la alacena sin que nadie lo viera y se metía un dulce más… y otro… y otro, hasta que el frasco quedaba vacío.
Un día, su mejor amigo Mateo vino a visitarlo. Mateo era un niño muy simpático y cuidadoso, que siempre le contaba historias sobre animales del bosque. Ese día, mientras los dos jugaban en la sala, la mamá de Luke empezó a preparar la merienda. Luke, mirando la cocina, vio un frasco grande lleno de caramelos brillantes que nunca antes había visto porque estaba tapado con un paño.
—¡Mira, Mateo! —dijo Luke con emoción—. ¡Caramelos! Voy a comer uno.
—Recuerda, Luke, la mamá dijo uno después de comer —le dijo Mateo con una sonrisa, aunque sabía lo difícil que era para Luke esperar.
Luke no pudo resistir. Tomó un caramelo, luego dos, luego tres y hasta cuatro, sin hacer caso a las reglas. De repente, el frasco empezó a brillar con luces de colores que danzaban como pequeñas luciérnagas. Luke miró sorprendido y justo en ese momento, un caramelo saltó del frasco y, para asombro de Luke y Mateo, ¡comenzó a hablar!
—Hola, Luke —dijo el caramelo con voz suave—. Comer sin permiso no está bien. Si sigues así, te perderás cosas importantes.
Luke se asustó mucho y dejó caer el dulce que tenía en la mano.
—¿Qué cosas? —preguntó, curioso y un poco temeroso.
El caramelo mágico sonrió y, con un pequeño movimiento, apareció una nube blanca y chispeante frente a ellos. Dentro de la nube, Luke vio una imagen de sí mismo con dolor de barriga, sentado tristemente mientras sus amigos jugaban en el parque. También vio a su mamá preocupada y triste, porque él no podía salir a jugar y tampoco tenía ganas de sonreír.
Luke abrió los ojos muy grandes, sorprendido y un poco triste.
—No quiero eso… —susurró bajito.
El caramelo mágico asintió y le dijo:
—Obedecer a tu mamá te hace fuerte y feliz. Yo puedo ayudarte a recordar, pero tienes que prometer que lo intentarás.
Luke pensó un momento y luego asintió muy serio.
—Lo prometo.
El caramelo desapareció lentamente, y el frasco dejó de brillar, pero Luke se sentía diferente, ¡sentía que podía cumplir su promesa! Justo en ese momento, su amiga Hasley, una perrita alegre y juguetona que siempre estaba en casa cuando Mateo venía de visita, entró corriendo y empezó a ladrar feliz. Hasley lamió la mano de Luke y él la abrazó con ternura.
—¿Vamos a la merienda? —preguntó Mateo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.