Había una vez, en un pequeño pueblo lleno de parques verdes y risas alegres, cuatro amigas que se conocieron gracias al deporte. Estas amigas se llamaban Kote, Madison, Rumy y Soey. Cada una tenía una sonrisa especial que iluminaba el día de todos. Todo empezó en un lugar muy divertido llamado la escuela de patinaje “k-Pop Demon Hunters”. Era un sitio donde los niños y niñas aprendían a patinar, a hacer vueltas y a jugar mientras rodaban con sus patines.
Kote era una niña muy valiente y rápida. Amaba sentir el viento en su cara cuando patinaba y siempre ayudaba a sus amigas cuando se caían o estaban cansadas. Madison era muy risueña y siempre inventaba nuevos juegos para jugar con sus amigas. Rumy era más calmada, pero tenía un corazón muy grande y le encantaba observar todo lo que pasaba desde la pista para luego contar historias fantásticas. Soey, por su parte, era la más pequeña, pero también la más decidida, y siempre quería demostrar que podía hacer muchas cosas en patines igual que las demás.
La primera vez que se vieron todas, llegó un día soleado y perfecto para patinar. “¡Vamos a hacer una carrera!” dijo Madison con energía saltando sobre sus patines. Así comenzó una amistad muy fuerte entre las cuatro. Aunque no se conocían antes, muy pronto entendieron que juntas podrían hacer magia sobre las ruedas.
En la escuela “k-Pop Demon Hunters” había mucho más que solo aprender a patinar. Allí jugaban a algo que les encantaba: al pillarse. Era un juego donde una niña tenía que correr detrás de las demás para tocarlas, y cuando tocaba a alguien, esa persona tenía que ser la que perseguía a las demás. Kote siempre era la que perseguía porque era súper rápida, pero a veces era difícil atraparla porque sabía saltar y girar de forma increíble.
También les gustaba jugar a las escondidas, un juego que en las pistas de patinaje era un poco diferente, porque tenían que encontrar lugares donde esconderse sin caerse y que nadie los viera. Rumy una vez se escondió detrás de un árbol grande al borde del parque y Madison buscó y buscó hasta que la encontró riendo y tapándose la boca para no hacer ruido.
Pero no solo jugaban. En “k-Pop Demon Hunters” aprendieron a caerse y a levantarse, a tener cuidado y a ayudar a las demás si algo les dolía. Soey aprendió que no importaba si a veces no lograba hacer algo al primer intento, lo importante era la risa y la compañía de sus amigas.
Los días pasaron, y con ellos, los meses, y luego los años. Kote, Madison, Rumy y Soey crecieron juntas en ese pequeño pueblo y siempre tenían las ruedas de sus patines listas para salir a jugar. Pero un día, las cuatro tuvieron que ir a diferentes lugares porque la escuela les pidió que siguieran su propio camino, que practicaran otros deportes o que estudiaran cosas nuevas. Se prometieron que tarde o temprano volverían a rodar juntas.
Pasaron muchos años y, aunque cada una hizo cosas diferentes y aprendió mucho, nunca olvidaron los juegos que hacían juntas, ni las risas compartidas en la pista. Kote se convirtió en una joven fuerte y segura. Madison aprendió a bailar y a cantar mientras patinaba, inventando pasos que daba en el aire. Rumy se volvió una gran narradora, contando historias llenas de aventuras y magia. Soey, que había crecido mucho en valentía, se transformó en una amiga fiel que siempre levantaba el ánimo cuando alguien estaba triste.
Un día, muy especial, las cuatro se reencontraron en el lugar donde todo había empezado: la escuela de patinaje “k-Pop Demon Hunters”. Ya no eran niñas pequeñas, y el parque parecía un poco diferente, con nuevos arbustos y algunas bancas pintadas de colores brillantes, pero la pista donde solían jugar seguía allí, esperando por ellas. Cada una llegó con sus patines antiguos en las manos, algunos un poco gastados, otras con cintas nuevas, pero todas con el corazón latiendo rápido por la emoción.
“¿Creen que todavía podamos patinar?” preguntó Soey un poquito nerviosa, mientras se ponía los patines con cuidado.
“Claro que sí”, dijo Kote con una sonrisa que iluminaba toda la pista. “Lo que no se olvida nunca es cómo nos divertíamos juntas”.
Madison empezó a moverse despacito sobre sus patines, sintiendo de nuevo la libertad que daba esa sensación de deslizarse rápido y suave. Rumy, con su mirada curiosa, observaba los movimientos de las demás y decidió unirse a la vuelta, recordando todos los trucos que había aprendido.
Pronto empezaron a jugar al pillarse, y fue divertido ver cómo, sin importar los años, sus cuerpos recordaban esos movimientos: esquivar, correr, girar y saltar. Se reían cuando una de ellas casi se cae o cuando alguien hacía una caída graciosa y las demás reían sin parar. También jugaron a las escondidas, encontrando los nuevos rincones donde podían esconderse y sorprendiendo a la que buscaba.
Mientras giraban y rodaban, recordaban los días cuando eran niñas y los juegos que inventaban para hacer el patinaje más divertido. Kote propuso hacer una carrera, y esta vez, con una sonrisa más madura, todas aceptaron. Las cuatro amigas patinaron rápido, sintiendo esa conexión especial que las unía más allá del tiempo. No importaba que fueran grandes, porque en sus ruedas rodaba la esencia de su amistad.
Al terminar, se sentaron juntas en la banca, mirando el parque y el cielo que comenzaba a ponerse rosa con la puesta del sol.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.